La inteligencia artificial reconfigura la experiencia universitaria en Paraguay

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Vista del fondo de una clase de la Universidad Nacional de Asunción. Inteligencia artificial universidad paraguay
La IA ya es parte estructural del ecosistema universitario en Paraguay, aunque todavía no se haya decidido del todo qué lugar darle (Foto: Universidad Nacional de Asunción).
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En la universidad paraguaya, la inteligencia artificial (IA) dejó de ser una promesa del futuro para convertirse en una práctica cotidiana: una nueva forma de leer, escribir y aprender. Según un estudio realizado en junio de 2025 con estudiantes universitarios de instituciones públicas y privadas del país, más de la mitad de las y los encuestados afirmó utilizar herramientas de IA “siempre” o “casi siempre” en actividades académicas, mientras que su uso disminuye notablemente fuera del ámbito educativo.

El trabajo de la investigadora Soledad Cardozo, publicado en la Revista científica en ciencias sociales de la Universidad del Pacífico, identifica a ChatGPT como la herramienta más conocida y utilizada; cerca del 59 % de los estudiantes declara un uso frecuente, en contraste con un bajo nivel de conocimiento sobre otras opciones.

Sobre los usos de la IA, los estudiantes revelan una mezcla de sensaciones entre las que conviven la cautela, el miedo, la utilidad y el entusiasmo. De las 108 personas encuestadas, el 56 % señala que la inteligencia artificial les ayuda directamente a aprender, mientras que el 34 % destaca la optimización del tiempo y el 30 % el acceso rápido a información relevante. Pero siete de cada diez expresa temor a una dependencia excesiva de la tecnología, el 69,4 % advierte sobre una posible pérdida del pensamiento crítico y el 62,9 % identifica el plagio como una amenaza concreta en el uso académico de la IA.

El mismo estudio expone que la mayoría de los estudiantes reconoce no haber recibido capacitación formal sobre IA, aunque manifiesta una alta disposición a aprender más sobre su uso y sus implicancias. En las respuestas abiertas, aparecen con fuerza demandas vinculadas a la formación docente, la verificación de fuentes, el establecimiento de normas claras de uso ético y una mayor discusión institucional sobre los límites y responsabilidades asociados a estas tecnologías.

Pero el debate sobre la IA ya no se reduce al plagio ni a los usos “correctos” de la herramienta, sino a la forma en la que estas moldean el pensamiento. La vida académica transcurre hoy en ese entorno digital, que se encuentra dominado por algoritmos diseñados por grandes corporaciones tecnológicas como Meta, Google y Microsoft, que vienen decidiendo por nosotros qué vemos y ahora cómo escribimos y pensamos.

Cómo usan estudiantes los asistentes de IA

inteligencia artificial universidad paraguay
La irrupción de la inteligencia artificial se inscribe como un nuevo hito en una transformación más amplia de las prácticas de lectura y escritura (Foto: Universidad Nacional de Asunción).

Rue Bennett está sola en su habitación. La luz de la pantalla le ilumina el rostro en la oscuridad. No hay música ni diálogo; solo el brillo intermitente de la pantalla. Escribe un texto largo, lo borra, vuelve a escribir. El mensaje es para Jules. Rue quiere decirle muchas cosas: que la necesita, que no sabe cómo estar sin ella, que tiene miedo de perderla. Pero nada de esto la convence. La pantalla se convierte en un espacio de ensayo donde van tomando forma sus ideas.

En la primera temporada de la serie Euphoria, Rue (Zendaya) lucha contra un consumo problemático de drogas al tiempo que se enamora de Jules (Hunter Schafer), una joven recién llegada a la ciudad. La relación entre ambas es intensa, ambigua y profundamente mediada por lo digital. Sus protagonistas, al igual que muchos otros jóvenes de su generación, crecieron con smartphones, redes sociales y exposición a las pantallas.

Ese es el mundo del que provienen las y los jóvenes que llegan a la universidad. Como escribe César Garrido, investigador de la española Universidad Pontificia Comillas, quienes no encuentran sentido en lo que aprenden, buscarán atajos para superar evaluaciones sin preocuparse por el aprendizaje real. Pero la búsqueda de soluciones rápidas no surgió con la IA ni con los smartphones.

“Algo similar sucedía con Google o los buscadores o sitios web como Monografias.com o Rincón del Vago”, dice a Ciencia del Sur Francisco Albarello, doctor en Comunicación Social de la Universidad Austral y docente investigador de la Universidad Nacional de San Martín. Porque, en el fondo, el problema se centra en que el sistema sigue fallando en cultivar la pasión por el conocimiento.

“En la escuela, en Argentina, el sistema está en crisis hace años: los intereses de los chicos van por un lado, y no tiene nada que ver con lo que la escuela le provee”, cuenta.

Albarello dedicó más de una década a estudiar la comunicación digital interactiva, las narrativas transmedia, la lectura en las pantallas y la educación. En su opinión, la irrupción de la inteligencia artificial se inscribe como un nuevo hito en una transformación más amplia de las prácticas de lectura y escritura.

Valeria Giangiácomo es estudiante de medicina en la Universidad Católica de Asunción y tiene 23 años. Todos los días convive con una gran carga de información, temas difíciles y la presión constante de que siempre hay algo más por aprender.

“(ChatGPT) no es solo una herramienta digital, es un compañero de estudio: alguien a quien puedo acudir en cualquier momento, sin horarios ni límites, para pensar, entender y ordenar ideas. No lo uso como una fuente de respuestas rápidas ni como un atajo. Para mí, ChatGPT es un espacio de diálogo. Me permite  hacer preguntas, equivocarme, volver a preguntar, hacer quizzes y construir el conocimiento de a poco, respetando mis propios tiempos de aprendizaje”, comparte con Ciencia del Sur.

conversación de ChatGPT, gentileza de Valeria Giacomo
Conversación entre Valeria y ChatGPT sobre temas de medicina (Gentileza).

Algo que valora especialmente la alumna del octavo semestre es que puede estudiar a partir de los mismos libros que usan en la carrera. “De esta manera, lo que aprendo no queda desconectado de la realidad académica. (ChatGPT) funciona así como un puente: une el contenido de los libros con el razonamiento, ayudándome a transformar información en comprensión real”, expresa.

Albarello, sin embargo, advierte: “Se habla de aprendizaje personalizado porque el bot es un asistente virtual, que está muy bueno para algunas cosas, pero ahí no hay una persona que media críticamente. Es un algoritmo que se va adaptando a tus usos, y te puede llevar a un lugar que tal vez no está bueno porque el algoritmo no tiene una conciencia moral”, reflexiona.

Para el investigador argentino, el principal error a la hora de analizar el impacto de la IA en la universidad es abordarla como una ruptura absoluta. “Cada vez que aparece una tecnología nueva en educación hay un pánico moral”, explica. “Pasó con la calculadora, pasó con Internet, pasó con Wikipedia. Siempre hay una primera reacción que es prohibir o alarmarse, y después viene una etapa de incorporación más reflexiva”.

Entre la precariedad y el algoritmo

La evaluación universitaria sigue como si la inteligencia artificial no existiera (Foto: Universidad Nacional de Asunción).

En un país donde ocho de cada diez personas se conectan a Internet, la llegada de la IA se superpone a condiciones de acceso desiguales y redefine, en la práctica, qué significa estudiar, pensar y reflexionar hoy. Son las y los jóvenes quienes encabezan esta apropiación: casi 9 de cada 10 personas entre 20 y 34 años acceden a la red, mientras que en niños y adolescentes de 10 a 14 años la proporción se reduce a la mitad.

La IA ya es parte estructural del ecosistema universitario en Paraguay, aunque todavía no se haya decidido del todo qué lugar darle. La pregunta es cómo aterriza en un país donde la infraestructura, la desigualdad y la regulación tienen otros tiempos. Mientras muchos alumnos y alumnas ya no necesitan ir a la biblioteca, revisar archivos o estudiar de una fotocopia, las instituciones se debaten cómo atraer a una nueva generación de estudiantes que aprende combinando IA generativa para estudiar, escribir, entender conceptos y resolver tareas.

José Manuel Silvero, investigador en educación, ética y cultura digital, opina que el impacto de la IA en la educación no es lineal ni unívoco. Entre las primeras preocupaciones aparece una que no es nueva, pero que se vuelve más visible en el contexto actual: la dificultad para sostener la concentración o una argumentación propia sin apoyos externos. 

“Cuando hay una petición de la cátedra para desarrollar una idea en un texto ensayístico, sin el auxilio de ninguna tecnología, ahí se complica la cuestión”, explica.

Un estudio del Massachusetts Institute of Technology (MIT) liderado por Nataliya Kosmyna y colegas, publicado como preprint el 10 de junio de 2025, advirtió que el uso continuado de asistentes como ChatGPT en tareas de redacción puede tener un “costo oculto” para la mente humana. En el experimento, 54 participantes fueron asignados a tres grupos (uno que usó únicamente IA, otro que usó motores de búsqueda convencionales y un tercero que escribió sin herramientas externas) y completaron una serie de ensayos mientras se registraba la actividad cerebral con electroencefalografía, una prueba que registra la actividad cerebral.

Quienes dependieron de la IA para la elaboración del ensayo presentaron conectividad neuronal más débil, menor participación de redes cerebrales asociadas con memoria y pensamiento crítico, y una menor sensación de propiedad sobre sus propios escritos, en comparación con quienes escribieron sin asistencia. Incluso cuando se les pidió escribir sin IA tras haberla usado, su actividad cognitiva seguía reducida, un fenómeno que los autores describen como “deuda cognitiva” —la acumulación de costos mentales por delegar repetidamente tareas complejas a sistemas algorítmicos— y que podría tener implicancias educativas a largo plazo si no se reflexiona sobre cómo se integra la IA en procesos de aprendizaje.

Pero Silvero se apura en marcar el otro lado de la escena. La IA, sostiene, también puede ser una herramienta poderosa e incluso puede ayudar a potenciar al máximo el conocimiento si se la utiliza con criterio. Hay estudiantes que no solo cumplen con lo que se les pide, sino que van más allá con ayuda de estas tecnologías.

Su perspectiva coincide con la de Albarello: el análisis no consiste en demonizar la tecnología sino en comprender el cambio de época y adaptarla adecuadamente al uso en las universidades. “Esto no es solo un desafío para los estudiantes; también lo es para las instituciones y  para las familias”, advierte.

En ese marco, Silvero subraya una cuestión que suele darse por sentada: la alfabetización digital. “Estamos suponiendo que todo el mundo utiliza inteligencia artificial, y no es así”, aclara. En Paraguay, recuerda, hay un grupo amplio de estudiantes que todavía no puede acceder a estas tecnologías por razones estructurales. La primera es la conectividad. “Todavía hay lugares donde el Estado social de derecho tiene que llegar con internet. El acceso a una buena conexión ya no es un lujo. Hoy es un derecho humano contar con una buena conectividad”, afirma. 

Pero no todos acceden desde las mismas condiciones ni con la misma estabilidad. Según la Encuesta TIC 2022, uno de cada cuatro hogares todavía no cuenta con conexión a internet. Para muchos estudiantes universitarios, esto implica estudiar desde el celular, depender de datos móviles o conectarse donde se pueda. En zonas rurales, menos de un tercio de los hogares cuenta con conexión propia.

A eso se suma un segundo factor: el costo. “No es lo mismo usar una inteligencia artificial paga que una gratuita, que se corta o se limita cuando le pedís algo más riguroso”, explica Silvero. Esa diferencia también produce desigualdad en las posibilidades de aprendizaje.

Un debate histórico que recién empieza

charla de Raúl Acevedo en el Ateneo Paraguayo
Raúl Acevedo considera que lo que ocurre hoy en las aulas con la IA no es un fenómeno aislado ni pasajero (Foto: Samuel Acosta).

En una clase de filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, Raúl Acevedo, docente universitario, observa cómo sus estudiantes interactúan con la IA como si fuera un compañero silencioso: toman una foto del pizarrón, copian un fragmento del texto y lo pegan en el chat del modelo para pedirle una explicación “más clara”, “con ejemplos”, “como si fuera para un examen práctico”.

“La filosofía implica tiempo. Implica estar sentado leyendo hasta que te duela todo, tratando de entender qué quiso decir el autor”, refiere Acevedo. En su opinión, la formación filosófica exige un tipo de relación con el tiempo que hoy resulta cada vez más difícil de sostener. No se trata solo de acumular información, sino de un ejercicio corporal y mental prolongado que habilita otra forma de pensar. La lectura lenta, dice, no es un ritual nostálgico, sino la base de una práctica intelectual que requiere presencia.

“Algo que noto mucho es la atención. Vos estás explicando teoría, epistemología, y el estudiante está con el celular en la mano”, relata. A diferencia de otros años, la escena ya no desemboca en preguntas o intercambios: “Antes, cuando terminabas la explicación, aparecían preguntas. Hoy la interacción es mucho más pasiva”, refiere.

Aunque no acompaña el discurso prohibitivo, Acevedo describe que la presencia del celular en sus clases altera los modos de escucha, de espera y de elaboración conceptual. También observa que muchos estudiantes ya no leen directamente los textos; delegan esa tarea a herramientas automáticas. “En filosofía hay cuestiones muy puntuales que la inteligencia artificial no acierta, alucina”, apunta. 

Cuando luego dialoga con los estudiantes, la dificultad se vuelve evidente. “Conocés su lenguaje, su jerga, y te das cuenta de que no se condice con un ensayo pulido y rigurosísimo. Hay una discontinuidad clara”, opina el docente. Esa distancia entre el texto presentado y la comprensión real del estudiante es, para Acevedo, uno de los principales desafíos actuales de la evaluación universitaria.

Frente a ese escenario, insiste en la necesidad de discutir colectivamente qué lugar darle a estas herramientas, cómo evaluar los aprendizajes y qué tipo de formación sostener en un contexto atravesado por tecnologías cada vez más presentes. De hecho, considera que lo que ocurre hoy en las aulas no es un fenómeno aislado ni pasajero, sino que estamos asistiendo al inicio de un debate histórico.  

Fronteras difusas entre autor y lector

Francisco Albarello, investigador argentino
Para Francisco Albarello, hoy en día lectura y escritura se mezclan y las fronteras entre autor y lector se vuelven cada vez más difusas (Foto: Investigar en Red).

Lo que pasa en Paraguay forma parte de una ola mucho más grande a nivel mundial. Un estudio emblemático publicado en junio de 2025 en Scientific Reports, del grupo Nature, mostró a partir de un ensayo controlado aleatorizado con estudiantes de Harvard, que un tutor de IA bien diseñado puede lograr mejores resultados de aprendizaje que una clase presencial con aprendizaje activo en una materia de ciencias. En el experimento, los estudiantes que utilizaron el tutor algorítmico aprendieron más, en menos tiempo y reportaron mayor compromiso con el proceso de aprendizaje.

Un metaanálisis publicado en mayo de 2025 en Humanities and Social Sciences Communications (Nature) analizó 51 estudios sobre el uso de ChatGPT en contextos educativos y concluyó que, en promedio, su uso mejora el rendimiento, la percepción del aprendizaje y algunas formas de pensamiento de orden superior, aunque con resultados muy variables según el contexto y el acompañamiento pedagógico.

La clave está ahí: en el contexto. La IA no funciona igual en todos lados ni para todos. “No es lo mismo usar inteligencia artificial en contextos con buena conectividad, dispositivos adecuados y acompañamiento docente, que en contextos donde el acceso es precario”, señala Albarello. “Ahí los efectos pueden ser muy distintos”. En países como Paraguay, donde una parte importante de los estudiantes universitarios depende de datos móviles y conexiones inestables, esta diferencia no es menor.

En su artículo “De la lectura a la conversación”, Albarello sostiene que hoy ya no se trata solo de leer en pantallas, sino de conversar con otros y con el software a través de ellas, en un ecosistema donde lectura y escritura se mezclan y las fronteras entre autor y lector se vuelven cada vez más difusas. En este entorno digital y relacional, el texto deja de ser una entidad fija y lineal para convertirse en una red abierta, que se despliega en función de las interacciones del lector.

La IA generativa, y en particular, los sistemas conversacionales como ChatGPT o Claude, profundizan esta lógica: el acceso al conocimiento ya no ocurre solo mediante la lectura silenciosa sino a través del diálogo, recuperando una forma de intercambio cercana a la oralidad. Albarello advierte que esta transformación no implica que se lea ni se escriba menos, sino lo contrario, pero fuera de la hegemonía del libro impreso, en prácticas fragmentadas, colectivas y mediadas por interfaces que tienden a invisibilizar su propia materialidad.

“La inteligencia artificial no viene a reemplazar la educación. Lo que hace es reorganizar prácticas que ya estaban ahí: resumir, explicar, corregir, acompañar procesos de escritura”, afirma Albarello. En ese punto, su lectura dialoga directamente con lo que ocurre en las aulas paraguayas: estudiantes que usan la IA para entender un texto difícil o revisar la coherencia de un ensayo.

Existen universidades de la región que ya están experimentando con modelos piloto de uso que intentan convertir a la IA en un compañero de aprendizaje y no solo en una herramienta de consulta aislada.

En Argentina, la Universidad de Buenos Aires (UBA) puso en marcha, desde el segundo cuatrimestre de 2025, una iniciativa que involucra a más de 300 docentes y 3.000 estudiantes en el uso de chatbots entrenados con contenidos específicos de cada materia, con el objetivo de potenciar la reflexión crítica y ampliar las formas de enseñanza y aprendizaje más allá de las clases tradicionales.

Por su parte, la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC) está desarrollando un proyecto denominado Ayudantía, que busca integrar la IA directamente al plan de estudios como una herramienta de acompañamiento pedagógico, fomentando el uso responsable y contextualizado de estas tecnologías en las aulas.

El pensamiento y el atajo, una falsa dicotomía

El debate sobre la inteligencia artificial en la universidad suele formularse en términos morales: si las y los estudiantes “hacen trampa” o si toman atajos indebidos. Para Albarello, ese encuadre resulta limitado. El foco, sostiene, no debería ponerse en el comportamiento individual, sino en la manera en que la academia concibe la escritura.

“Muchas veces se piensa que escribir con ayuda de la inteligencia artificial es hacer trampa, pero escribir siempre fue un proceso de borradores, de correcciones, de versiones”, explica. “La diferencia es que ahora ese diálogo con el texto se vuelve más explícito”.

Desde esa perspectiva, el conflicto está en el desfase institucional que produce. “El problema no es que los estudiantes usen inteligencia artificial, sino que la evaluación siga pensada como si no existiera”, advierte Albarello. “Ahí se genera una tensión que todavía no está resuelta”. La observación dialoga con la mirada de José Manuel Silvero, quien insiste en que la universidad no puede confundir velocidad con excelencia académica ni renunciar al tiempo de reflexión que exige cualquier proceso formativo serio.

Esa tensión se replica también en el plano jurídico. Según el artículo “Plagio e inteligencia artificial: identificación y limitaciones”, publicado por la organización paraguaya TEDIC, la IA generativa vuelve mucho más compleja la identificación del plagio y tensiona los marcos tradicionales de autoría. Estas herramientas pueden producir textos completos, coherentes y verosímiles sin una fuente identificable, lo que dificulta distinguir entre producción original y contenido generado algorítmicamente.

Al mismo tiempo, el análisis advierte que las tecnologías de detección de contenidos hechos con IA presentan límites importantes: no comprenden el contexto ni el sentido del texto, funcionan a partir de patrones estadísticos y pueden reproducir sesgos o arrojar falsos positivos. En ese escenario, el problema ya no es solo quién escribe sino cómo se evalúa la originalidad en un entorno para el que las reglas actuales no fueron diseñadas.

Para Maricarmen Sequera, directora ejecutiva de TEDIC, esta discusión deja al descubierto una crisis más profunda. “La inteligencia artificial vuelve a poner en quiebre la propiedad intelectual”, afirma. Lejos de verlo únicamente como una amenaza, sostiene que esa ruptura expone los límites de un sistema que no protege realmente a los autores.

“Desde el derecho de autor, la inteligencia artificial nunca va a ser autora de una obra. Los derechos de autor protegen personas, no máquinas”, refiere. El conflicto, aclara, no está en la autoría algorítmica, sino en cómo los sistemas de IA se entrenan con enormes volúmenes de datos y obras preexistentes, muchas veces sin transparencia ni consentimiento.

Política pública: datos, poder y decisiones estratégicas

José Manuel Silvero
José Manuel Silvero señala que Paraguay es uno de los pocos países que no cuenta con política nacional sobre inteligencia artificial (Foto: David Galeano).

El debate sobre inteligencia artificial no se agota en el aula ni en la evaluación académica. Para Sequera, uno de los errores más frecuentes es discutir IA sin atender una condición básica: los datos.

“Si querés usar inteligencia artificial, necesitás datos actualizados”, señala. En Paraguay, explica, gran parte de la información pública está desfasada. “Estamos usando datos viejos, de hace más de diez años. Entonces la inteligencia artificial no te va a dar la verdad: te va a dar algo verosímil a partir de información vieja”. Hablar de innovación sin fortalecer el acceso a la información pública y las políticas de datos abiertos, advierte, es una contradicción de base.

A esa limitación se suma una desigualdad menos visible que la conectividad, pero igual de decisiva: la capacidad de analizar y procesar datos. “Hoy el sector privado tiene mucha más capacidad de analizar datos que el propio Estado”, afirma Sequera. Esa asimetría condiciona la forma en que se implementan tecnologías y refuerza la dependencia de infraestructuras y modelos desarrollados por grandes empresas tecnológicas. En ese escenario, el Estado llega tarde y con menos herramientas para regular o decidir estratégicamente.

Silvero coincide en que pensar una política de inteligencia artificial exige decisiones estructurales. Invertir en formación especializada, crear carreras de posgrado y, sobre todo, discutir la soberanía sobre los datos. “Todos los datos que se generan a nivel país, ¿pertenecen al país o a las multinacionales que los recogen?”, se pregunta.

Lejos de cargar la responsabilidad únicamente sobre estudiantes o familias, Silvero subraya que el uso de la IA atraviesa a todo el sistema educativo. “Los docentes la usamos muchísimo, los administradores la usan, las autoridades también. Todo el mundo la está utilizando porque es una herramienta súper eficiente”, reconoce.

La pregunta, entonces, no es si se va a usar o no, sino cómo. Y ahí aparece una deuda central: la ausencia de una política nacional. “Argentina, Brasil, Uruguay y Chile ya la tienen. Paraguay y Bolivia son los dos únicos países de la región que todavía carecen de una política estratégica en este tema”, señala. Para que esa discusión sea real y efectiva, insiste, la academia debe cumplir un rol central y participativo.

Sequera agrega una advertencia más: la IA también se volvió un discurso atractivo para gobiernos e instituciones. “El Estado quiere estar dentro de la tendencia, porque hoy se vende muy bien la inteligencia artificial”, observa. El riesgo, dice, es adoptar la retórica de la innovación sin reformas estructurales profundas —en educación, acceso a la información y capacidades técnicas— y sin discutir qué problemas concretos se buscan resolver ni a quién beneficia realmente esa adopción.

Volver a a la humanidad

Maricarmen Sequera
Según Sequera, conocer cómo funciona la inteligencia artificial ya es un acto de rebeldía (Foto: TEDIC).

Más allá de lo técnico y lo normativo, el debate sobre inteligencia artificial en educación abre una pregunta más profunda. En un contexto de uso intensivo de pantallas, empiezan a aparecer preocupaciones vinculadas a la salud mental y al desarrollo cognitivo de niños y jóvenes. Para Silvero, esta discusión no puede reducirse a una cuestión instrumental.

“Hay aristas estratégicas, políticas y económicas, pero también aristas antropológicas y existenciales”, afirma. La pregunta de fondo es qué tipo de formación humana se quiere promover en un contexto donde la tecnología tiende a acelerar todo.

Frente a ese escenario, propone recuperar algo que parece evidente, pero muchas veces no lo es: el diálogo. “Tenemos que reivindicar el valor de la deliberación y de la comunidad en tiempos de hiperindividualismo”, enfatiza. “Los seres humanos tenemos que conversar entre nosotros”.

En lugar de prohibiciones, Sequera insiste en la necesidad de comprensión crítica. “Entender cómo funciona la inteligencia artificial hoy ya es un acto de rebeldía”, afirma. En un contexto donde las tecnologías se presentan como inevitables y opacas, conocer sus lógicas, límites y modelos de negocio se vuelve una forma de resistencia y de educación política.

Para Albarello, estamos en un momento de transición, donde todavía no sabemos bien cuáles son las mejores prácticas. Lo que sí sabemos es que prohibir no funciona, y dejar hacer sin orientación tampoco. La inteligencia artificial no es el fin de la universidad ni la respuesta mágica a sus problemas. Es una tecnología que amplifica desigualdades, acelera procesos y obliga a repensar qué significa aprender, escribir y evaluar en un mundo donde pensar frente a una pantalla ya es parte de la experiencia cotidiana.

Los estudiantes paraguayos ya viven dentro de ese ecosistema algorítmico. Navegan entre el celular y el aula, entre lo que explica el profesor y lo que sintetiza el modelo. Se forman en un país donde la brecha digital convive con una curiosidad intensa y una creatividad marcada por la urgencia. El desafío de la universidad paraguaya no es decidir si adopta o no la inteligencia artificial: eso ya ocurrió. El desafío real es acompañar, formar y reflexionar en conjunto, para que la IA no reduzca el pensamiento, sino que ayude a expandirlo.

 

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Lic. en Comunicación Social por la Universidad Austral (Argentina) y Mg. en Periodismo de Investigación por la Universidad del Salvador (Argentina). Realizó parte de sus estudios en Sciences Po (Francia). Periodista especializada en ciencias y derechos humanos. Actualmente, se desempeña como reportera del medio paraguayo El Surti, corresponsal de noticias en Agencia Presentes y miembro de Emancipa Paraguay.

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