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De acuerdo con datos oficiales, cada día un asunceno produce 1,22 kilos de residuos. El 60,5% de los residuos son orgánicos, es decir, restos de comida. 38,75% son residuos inorgánicos, de los cuales un cuarto podrían ser reciclables. La gran mayoría de estos residuos terminan en lo que se conoce como Cateura, un lugar que nació como vertedero en 1984 y que desde entonces solo ha crecido. Casi desde su nacimiento también han existido diferentes políticas públicas, planes pilotos, proyectos de cooperación internacional y de las ONG para gobernar la basura que parece desbordar la capital de Paraguay.

Entre 2018 y 2023, la investigadora Jennifer Tucker, de la Universidad de New México (EE. UU.), estudió junto a su equipo de investigadores en el país estos proyectos, entrevistó a las autoridades y funcionarios públicos a cargo, a los técnicos que trabajaron en crearlos, a activistas ambientales, consultores de las ONG y a quienes trabajan de manera formal e informal recogiendo, reciclando y recuperando en la ruta entre las bolsas que dejamos afuera de nuestras casas y su destino en Cateura. Buscaba responder una pregunta:

¿Por qué ciudades como Asunción fracasan en incluir a los recicladores informales en su gestión de la basura?

El resultado es Barriers to Inclusive Recycling in Asunción, Paraguay: A Just Transition? (“Barreras al reciclaje inclusivo en Asunción, Paraguay: ¿Una transición justa?”), un artículo científico publicado recientemente en la revista Development and Change, editada por el Instituto Internacional de Ciencias Sociales y una de las principales en la disciplina de desarrollo y cambio social.

El estudio de caso concluyó que “las propuestas para incluir a recicladores” en las numerosas reformas y proyectos a través de los años “no entendieron dinámicas esenciales de su trabajo informal” y “no consideraron cómo se organizan” los dos grandes grupos de trabajadores de residuos: los gancheros, quienes trabajan en Cateura, y los carriteros, quienes recogen materiales reciclables recorriendo la ciudad.

El estudio también concluyó que muchas de las soluciones propuestas buscan crear cooperativas, “un modelo prometedor pero que podría excluir a gran parte de los trabajadores de residuos que prefieren trabajar de manera individual” y que son necesarias “inversiones significativas en el sector para realmente incluirlos” como requisito para no repetir los errores del pasado.

Según la autora, las dificultades de Asunción existen en otras ciudades del Sur Global y pueden servir de insumo en dichos procesos. Estas son tres lecciones que tu ciudad puede aprender de lo que Asunción hizo mal.

1. Los recicladores informales son parte de la solución

Fotografía de gancheros descansando cerca de la basura en Cateura
Los organismos internacionales y las ONG tienen una larga historia de proyectos con errores conceptuales (Foto: Nicolás Granada).

“Nosotros hacemos el trabajo de la ciudad”, dice Elisa Barrios. “Es un trabajo ambiental que no se valora”. Elisa fue durante años lo que se conoce como ganchera: una de las 600 personas aproximadamente que sacan su sustento de darle una segunda vida a las toneladas de residuos que Asunción tira en el vertedero de Cateura. Al sol. A la sombra. Sin agua para beber y con inundaciones que le llegaban hasta las rodillas.

Allí, Elisa convirtió desodorantes vacíos en guampas para tereré, botellas de plástico en planteras y el cobre de cables en dinero para comprar el uniforme y los útiles de sus hijas cada año escolar.

Esa transmutación que no solo realizan los gancheros, sino también los carriteros que recorren la ciudad, crea una cadena de valor del reciclaje de la cual viven familias enteras en Asunción. Además, alivia parte de las amenazas que la capital de Paraguay sufre por malgestionar su propia basura.

Entonces, ¿por qué son vistos como parte del problema y no de la solución?

Para Tucker, el concepto de perspectiva de déficit es esencial para entender cómo se construyen las reformas de residuos propuestas en los últimos 30 años.

Cuando los funcionarios públicos y los especialistas en políticas de desarrollo analizan a los recicladores informales, tienden a resaltar las vulnerabilidades o deficiencias de los recicladores “antes que sus capacidades y conocimientos”.

No solo es el Estado. Los organismos internacionales y las ONG tienen una larga historia de proyectos y propuestas con “errores conceptuales” que “no entienden las dinámicas del trabajo informal de residuos”, según la investigadora.

Por ejemplo, el documento del proyecto “Asunción, Ciudad Verde de las Américas” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) solo se enfoca en las vulnerabilidades de los gancheros, haciendo énfasis en el uso de drogas y la violencia entre jóvenes y comentando que “la mayoría de los adultos consume alcohol” —una observación que, según Tucker, “es aplicable a toda la sociedad paraguaya, pero aquí es enmarcada como un signo de deficiencia”.

Cuando uno encuadra una fotografía, por ejemplo, decide qué dejar fuera de la imagen. Para la científica, lo mismo pasa con estas reformas: “El acto de enmarcar es político, incluso cuando quienes realizan estas reformas intentan hacer pasar su mirada como técnica y objetiva”.

“Esta perspectiva de déficit pasa por alto la cantidad de capacidades que son requeridas para vivir y trabajar en condiciones de extrema precariedad”, argumenta Tucker.

Capacidades como las de Elisa de ver en un desodorante vacío una guampa de tereré, de buscar a quién vender el cobre de los cables en desuso a mejor precio para pagar la escuela de sus hijas, de cómo un bidón de plástico puede ser la clave para su nuevo proyecto de huerta en el Bañado —todo ello en un día de 40 grados sin baño en Cateura.

En el caso de los carriteros, que recorren la ciudad buscando el mismo tipo de materiales antes de que las bolsas de basura lleguen al vertedero, la contradicción es incluso más plausible.

El Plan Nacional de Gestión de Residuos Urbanos Sólidos no distingue entre los trabajadores en el vertedero y los recicladores informales en la calle, cuando existen diferencias sustanciales entre ambos grupos”, señala la investigadora. Mientras que los gancheros se encuentran en organizaciones, con sus problemas y disputas, el sector de los carriteros está signado por trabajadores independientes y poco coordinados.

Y lo que es peor: un decreto que reglamenta ese plan —vigente hasta la fecha— prohíbe directamente el trabajo de los carriteros.

2. Mejorar la percepción no basta

Un carritero cruza frente a un cúmulo de basura en Cateura. Foto de Nicolás Granada
Varios proyectos han buscado mejorar la percepción de los trabajadores pero sin lograr mejorar las condiciones materiales (Foto: Nicolás Granada).

En toda Sudamérica, décadas de esfuerzo organizado lograron cambiar la percepción que la sociedad tiene de quienes trabajan con los residuos. En Argentina, los trabajadores desafiaron la criminalización y lograron ser reconocidos como recuperadores urbanos con derechos laborales.

En Colombia, lograron pasar de ser los desechables y basuriegos a ser reconocidos como los recicladores. Es un fenómeno que, en otro contexto, la filósofa Judith Butler llama “insurrección ontológica”, una reconceptualización que también significa mayor capacidad de incidencia.

“Aunque el cambio de narrativa es menos pronunciado en Asunción”, Tucker analiza, un experto entrevistado por ella concluye que “los trabajadores de residuos no son vistos hoy como ladrones, bandidos o adictos”.

Mejorar la percepción social ha sido el objetivo de varios proyectos. Uno fue “Mi barrio sin residuos” una iniciativa impulsada en el marco de “Asunción, Ciudad Verde de las Américas” y que contó con la participación de oenegés y reconocidas empresas locales y multinacionales. El proyecto organizaba por WhatsApp la recolección de residuos, en hogares que se anotaban voluntariamente, por parte de la Asociación de Recicladores del Barrio San Francisco.

Pero el proyecto fue diseñado por la ONG sin participación de los recicladores, revela la investigadora.

El PNUD identificó como logros la “dignificación” del trabajo de reciclaje y el aumento de la confianza entre los hogares y los recicladores, “incrementando el sentido de orgullo” de los trabajadores.

Sin embargo, los recicladores informaron que los hogares actuaban como si les estuvieran haciendo un favor en vez de respetarlos por los valiosos servicios ambientales que prestan. La falta de involucramiento de los trabajadores significó un mal diseño de las rutas para recoger los residuos; no solo los recicladores no aumentaron sus ingresos, sino que en varios casos se redujeron debido al costo de combustible.

Aunque esto fue subsanado después, problemas mayores fueron las dificultades de organización y las distancias de los propios recicladores. Y esto es, de acuerdo con Tucker, porque la asociación se formó tras la relocalización de los carriteros que vivían en asentamientos cercanos al centro de Asunción hasta el barrio San Francisco, un proyecto de viviendas subsidiadas con numerosos problemas de acceso a la ciudad.

Además, el proyecto San Francisco no consideró algo esencial para el trabajo de los carriteros: espacios en las viviendas para un depósito de lo que reciclan.

3. Victorias ambientales sí, pero sin olvidar a la gente

Vista del cerro Lambaré desde Cateura. Foto de Nicolás GRanada
La municipalidad y el Gobierno central toman decisiones muchas veces a espaldas de los trabajadores de la basura (Foto: Nicolás Granada).

El vertedero de Cateura, como muchos otros en Latinoamérica, fue creado de una manera y en un tiempo que no consideraba los grandes peligros ambientales y sanitarios de la acumulación de basura cerca de cauces hídricos y humedales. Corría 1984 cuando el intendente de Asunción, Porfirio Pereira Ruiz Díaz, un militar que había sido puesto en el cargo por el dictador Alfredo Stroessner, eligió un zanjón en un terreno público al lado del río Paraguay.

El anuncio en 2022 de su cierre definitivo como lugar de disposición final de residuos en Asunción puede verse —y hasta cierto punto es— una victoria ambiental, pero “el proceso creó incertidumbre para los gancheros”, documenta Tucker.

Los gancheros negociaron transformar Cateura en un centro de transferencia, un lugar donde pueden seguir recogiendo reciclajes de la basura antes de que cruce el río y termine en un nuevo vertedero asunceno en Villa Hayes.

Así, lograron mantener sus puestos de trabajo cerca de donde viven. “Los residentes del bañado valoran sus raíces comunitarias, su espacio para jardines y proximidad al centro de la ciudad” donde hay mayor acceso a servicios de salud y educación, resalta Tucker.

Pero la disputa contra los prejuicios no acaba. “Muchos reformadores no pueden entender por qué los gancheros prefieren trabajar” en Cateura, documenta la investigadora. Un desarrollador de políticas públicas admitió que uno de los objetivos era “sacarlos de ahí”.

La realidad es que, aún con toda la precariedad, trabajar de ganchero paga en general mejor que otras ofertas laborales disponibles, como atender minimercados o ser trabajadora doméstica, concluyó la investigación de Tucker.

Otra gran incomprensión es sobre cómo se organizan los gancheros, quienes no escapan a la Matrix del país: relaciones clientelares con el Partido Colorado, modelos verticalistas y poca tolerancia al disenso entre sus miembros. Estas relaciones, explica Tucker, se dan a través del “abandono organizado”, un concepto de la geógrafa Ruth Wilson Gilmore que explica mucho más de Paraguay que solo los residuos. El “abandono organizado” es la desinversión intencional en comunidades como estrategia política. Acuerdos temporales de mutuo beneficio se enmarcan por períodos en que los funcionarios públicos los dejan en visto.

Para empeorar la desconfianza, la Municipalidad de Asunción anunció el cierre de Cateura como vertedero antes de licitar el centro de transferencia de la empresa El Farol en Villa Hayes, en medio de un nuevo capítulo de la historia del negocio de la basura.

“En otras ciudades paraguayas, los funcionarios municipales gobiernan a los trabajadores informales a través de la incertidumbre” notó Tucker, quien también investigó el manejo de los llamados mesiteros en Ciudad del Este.

Un ejemplo son los propios planes urbanos que son incompatibles con el proyecto negociado de mantener a Cateura como un “centro de transferencia”. El Plan Nacional de Residuos Sólidos plantea que los residuos sean separados por tipo en las casas, mientras que el Estado propone convertir a toda la zona en un parque nacional.

Para cambiar la realidad hay que entender toda su complejidad

Para Tucker, “Asunción ilumina un dilema central que tienen todas las ciudades que lidian con el legado de culturas políticas autoritarias”, una realidad que describe a gran parte de la región.

Esto, sumado a un negocio de la basura repartido entre intereses privados y aliados políticos, significa que las políticas de residuos “tienden a priorizar lograr ganancias de los reciclajes al mismo tiempo de renegar del trabajo, necesidades y conocimientos de los trabajadores” escribe Tucker.

Las propuestas de reforma siguen sin considerar la enorme variedad y complejidades del mundo de los gancheros y los carriteros, apostando por apoyar un modelo cooperativo sin mucha claridad —ni presupuesto— sobre cómo apoyar ese proceso y qué hacer con quienes sigan trabajando de manera independiente.

Sin embargo, evalúa la investigadora, hay signos positivos: “Lo más importante es que se siguen organizando. Y hay un creciente reconocimiento de la necesidad urgente de considerar a los trabajadores de residuos en el sistema”.

Tucker subraya la importancia del “nuevo discurso que enmarca a los recicladores como trabajadores ambientales. Esto anuncia un mayor reconocimiento del valor que proveen a la ciudad. Incluso si todavía no es dominante y ellos no se identifican a sí mismos como trabajadores con derechos”, concluye.

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gráfica del proyecto Políticas Recicladas con logos de Ciencia del Sur y Consenso

Políticas Recicladas es un reportaje especial de difusión científica de Ciencia del Sur y Consenso con el apoyo de la Universidad de Nuevo México, Estados Unidos.

Texto: Maximiliano Manzoni

Edición: Daniel Duarte

Fotografías: Nicolás Granada

Podcast: Nicolás Granada y Maximiliano Manzoni

Diseño e ilustraciones: Sofía Amarilla & David Bueno

 

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Ciencia del Sur & Consenso
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