La estética y teoría del arte son disciplinas filosóficas, no campos científicos

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Retrato de Lisa Gherardini. Obra más conocida como La Gioconda, también rotulada como La Mona Lisa, obra de Leonardo da Vinci. (Wikicommons)
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El profesor Gustavo Romero, en una entrevista concedida a Ciencia del Sur, señala que es posible un estudio científico de lo que denomina como estética o teoría del arte. Así al menos lo manifiesta a propósito de un reciente trabajo, donde expone las ideas que defiende en la entrevista. El arte no es ciencia pero su estudio sí, que es atribuido por Romero a la psicología, la sociología y las neurociencias.

Afirma Romero que «La ciencia puede estudiar los procesos realizados por los humanos en cualquier orden. El arte en sí no es científico, pero el estudio de cómo es producido y en qué se basa sí puede serlo». Asimismo, señala que esta disciplina que postula que ha sido fundada para responder a preguntas tales como: «¿Qué es la experiencia estética? ¿Qué es una obra de arte? ¿Cómo se producen esas obras? ¿Son objetos materiales o conceptuales? ¿Pueden existir independientemente de los seres humanos? ¿Qué condiciones debe satisfacer algo para que digamos que es bello?».

Pero estas preguntas no son de por sí científicas, sino que hacen referencia a algún tipo de concepción que, aun presuponiendo cierto ordenamiento o estado del mundo aportado por las ciencias, lo desbordan. Son preguntas en suma filosóficas.

De hecho, Romero considera implícitamente que la estética y la teoría del arte son lo mismo, cuando ello es discutible. Así lo señala cuando afirma, respecto a individuos de lo más diverso, desde los escultores griegos clásicos, Einstein, Robert de Niro u Oscar Wilde, que «han producido objetos, ya sea materiales como esculturas, o conceptuales como teorías y obras literarias, que han provocado experiencias estéticas en muchas personas. Lo mismo puede decirse de las actuaciones e interpretaciones de un actor».

Esta afirmación ya supone que «Hay un valor estético que se puede asignar al resultado del trabajo de esas personas», y parte de un dualismo, el existente entre objetos «materiales», se supone que corpóreos, y «conceptuales», se supone que obra de alguna mente o conciencia. Esto presupone una filosofía adecuacionista, donde determinados estados mentales o conceptuales han de corresponderse con ciertos estados «materiales», corpóreos.

Pero las teorías y las obras literarias también son elementos materiales, no meramente conceptuales, no existentes en un mundo ideal sino que toman referencia precisamente en el mundo corpóreo. No son una adecuación de un modelo con el mundo, sino parte del mundo mismo.

Teoría del arte y estética no son lo mismo

Y asimismo, como señalábamos al comienzo de este párrafo, la estética y la teoría del arte no son lo mismo, cuando la primera, la estética, es una invención de Baumgartem, en referencia a una suerte de «Gnoseología inferior», un estudio de cómo se nos presentan los objetos de la experiencia y su conformación a nuestros ojos.

De hecho, afirma, dentro de esa identificación, que «La experiencia está en la base de nuestro juicios de valor artísticos. La clarificación de la naturaleza de esta experiencia requiere usar, entre otras, las herramientas de la ciencia». La estética tiene que ver con el arte, pero la primera tiene un radio de alcance mucho mayor que el segundo.

¿Cómo interviene la ciencia en el estudio del arte, según el profesor Romero? Pues investigando «la clase de procesos cerebrales asociados a la experiencia estética. Ésta tiene patrones comunes que pueden ser revelados a través de estudios no invasivos utilizando resonancia magnética y encefalografía de sujetos expuestos a diferentes estímulos estéticos».

Esto representa un reduccionismo sumamente grosero, puesto que nuestras experiencias son elementos analizables dentro de la conducta observable, no reductibles a estudios neurocientíficos. Reducir la experiencia estética a la encefalografía sería tan absurdo como reducir la conducta de caza de un depredador a su desarrollo cerebral y los impulsos que transmiten sus nervios al desencadenarse su carrera para cazar a su presa.

De hecho, el propio Romero reconoce que «La experiencia estética parece ser extremadamente compleja, con diferentes niveles, y altamente dependiente del estado del sujeto».

Póster de la película El exorcista, de 1973.

El propio Romero, añadiendo más confusión, afirma que su teoría estética se basa en la tradición filosófica, concretamente materialista, porque considera que el arte es un producto humano que «no existe independiente de los individuos que lo producen y aprecian».

Y es ficcionalista, porque considera que los valores estéticos son ficciones creadas por los seres humanos para guiarse en sus apreciaciones estéticas. Considera que no hay cosas bellas en sí, sino que hay cosas estimadas bellas por alguien respecto a algún sistema de valores estéticos. Pero esto pide el principio, ya que habrá que definir precisamente qué valores son los que resultan dignos de ser considerados como estéticos.

Difícilmente un materialista podría aceptar una película como El exorcista (William Friedkin, 1973), donde se postula la existencia del demonio y se descalifica a las ciencias médicas para analizar la dolencia de la persona «poseída».

Asimismo, también pide el principio la definición de los valores estéticos como «ficciones creadas por los seres humanos para guiarse en sus apreciaciones estéticas». Porque una cuestión es que el arte sea ficción o represente algo que no ha sucedido pero que es composible con las cosas existentes (que pudo suceder), y otra que esas ficciones tengan como fin guiar nuestras apreciaciones estéticas.

Serán más bien nuestras apreciaciones estéticas previas, nuestro marco ontológico de referencia, el que nos sirva para guiarnos sobre qué puede ser considerado arte y qué ha de ser considerado delirio (caso de la película El exorcista ya citada).

Por último, su definición del arte como «el resultado de una actividad humana tendiente a producir experiencias estéticas», aparte de ser «provisional y perfectible a la luz de la experiencia», es una explicación similar a la que define el opio como sustancia que duerme por disponer de virtus dormitiva.

Ni las neurociencias, ni la sociología ni la psicología nos sirven para definir lo que sea el arte, que no es reductible a algo tan genérico como la percepción o experiencia estética que podemos tener sobre cualquier sujeto, sin que por ello sea artística.

 

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2 Comentarios

  1. Estoy de acuerdo que entre Estética y filosofía del arte no hay sinonimia. La primera es más general que la segunda, hay experiencia estética en la contemplación de la naturaleza por ejemplo. Dicho esto, diré también que en general es un error pensar que si uno es materialista no podría apreciar una obra de ficción como «El exorcista» ya que el arte no tiene compromisos ontológicos en su creación, justamente el arte lo que hace es crear posibles mundos y formas que no están en la realidad. Hacer arte no es hacer filosofía. Y un filósofo materialista debiera tener esto muy claro. El artista puede usar cualquier forma o mundo posible como lienzo para pintar su obsesión o punto de vista sobre la realidad humana. Si uno quiere mostrar la angustia o el miedo hacia lo desconocido, incluso la xenofobia, mostrando un monstruo del espacio que represente esto, no solo creando dramas «realistas». Y también diré que en particular en la película «El exorcista» la junta médica que trata a Regan no dictamina que la lleven a un exorcista porque creyeran en ello, sino porque creen que Regan cree en demonios, y piensan que haciendo un exorcismo se lo pueda ir esa ilusión. Me parece al contrario, una conclusión racional y de acuerdo a lo que se esperaría de una junta médica. Saludos

  2. El arte sí tiene compromisos ontológicos. No podemos reducir la experiencia estética a una cuestión basada en aterrorizar al público y dar por bueno lo que ahí se cuenta, porque eso es reducir el arte a psicología. Un racionalista no puede aceptar que a una persona se le gire el cuello trescientos sesenta grados sin rompérsele, ni que en El exorcista se presente a los médicos como unos pobres e imberbes chamanes, que con sus aparatos no pueden lograr lo que la fe sí logra, que es salvar el alma de la pobre infeliz. Eso ya es el colmo de los colmos. A partir de ahora, todos a curarnos con el chaman, porque los médicos no nos sirven. Por favor.

    Y si hablamos de mundos posibles, hemos de restringir aquellos donde aparezcan cosas absurdas, que no encajen con el nuestro. No podemos aceptar un mundo posible donde no exista la ley de la gravedad, por ejemplo.

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