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Por Shirley Gómez Valdez y Camilo Caballero

Para una comprensión amplia de la ciencia, con una valoración de todas sus dimensiones y todas las áreas científicas.

Sobre la controversia ocurrida hace unas semanas en relación a la gestión y al desarrollo de la ciencia en Paraguay, este artículo pretende contribuir a una mayor rigurosidad en la discusión. Esto mediante la exposición de una serie de aspectos y datos que son inherentes a cualquier proceso de desarrollo y administración de la ciencia en un país y que consideramos deben ser tenidos en cuenta.

Se abordarán brevemente el contexto social de la ciencia en Paraguay, reflexiones sobre ciencia y desarrollo y por último se aportará a la comprensión de la dimensión de la ciencia como política pública.

Contexto público

En Paraguay, según dos investigaciones demoscópicas (Caballero, 2017; Conacyt 2016) existe un alto porcentaje de personas que desconoce el funcionamiento de la ciencia, sin embargo, tiene una alta valoración de la misma. Este dato no es menor, estamos ante un contexto en el cual se valora mucho algo, pero no se sabe cómo funciona.

Ello configura un escenario propicio para informaciones tendenciosas y también para las desinformaciones.

La ciencia sigue siendo una caja negra para la mayoría de la población paraguaya. La principal barrera es no tener una noción del cómo se investiga, no conocer una noción de la dimensión institucional ni la dimensión política de la ciencia, o de cómo son los mecanismos de influencia de la ciencia sobre la sociedad. Esta situación produce un alto riesgo de prejuicios y expectativas equivocadas.

Esta falencia es comprensible, ya que nuestro sistema educativo desde un inicio y hasta el momento es bastante pobre en cuanto a aprendizajes orientados hacia una pedagogía crítica e indagadora, que genere capacidades y prácticas de investigación en los alumnos. En la universidad la cosa no cambia mucho.

En un contexto de tener -comprensiblemente- muy pocas personas bien informadas sobre la ciencia y sus múltiples dimensiones es importante recordar a Manuel Castells, un sociólogo contemporáneo que se dedicó a estudiar la sociedad actual, estableciendo una teoría sociológica de la Sociedad Red a lo largo de su obra principal: La era de la información Vol. 1, 2 y 3.

Según el estudio, de una manera muy general podemos hablar de la existencia de estratos sociales y estratos de poder según el nivel de información al cual se acceda. Existiría entonces, de una forma genérica, un estrato social desinformado, con nulo o escaso acceso al conocimiento, un estrato social relativamente informado que accede a una cantidad importante de información pero carece de la capacidad de filtrar.

Por otro lado, en un nivel superior, existe un estrato social informado el cual es posible relacionar a un nivel alto, con buen acceso al conocimiento y con capacidad de interpretarlo críticamente.

Quienes pertenecen al estrato más alto deben ser cuidadosos en el trato con los estratos inferiores, evitando desinformar desde una posición ubicada en un estrato con posibilidad de acceso al conocimiento. Hacerlo deliberadamente es despreciable. Teniendo la posibilidad de acceder a una noción más informada sobre la ciencia, hay un deber ético-científico de informar correctamente sobre ello.

Nos preocupó que hace unas semanas se suscitó un debate en redes sociales -bajo el supuesto lema de la transparencia- sobre la necesidad de invertir o no en determinados proyectos de investigación. Los criterios expuestos para reclamar a determinados proyectos de investigación mayor transparencia, ilustran una noción sesgada de la ciencia.

Al leer los argumentos, nos dimos cuenta que hay desinformación, intencional o no, y esto es aprovechado por algunos sectores que sí pueden tener conocimiento de cómo funciona la ciencia en diversas dimensiones, pero ningún interés en sus resultados cuando éstos no son atractivos para sus actividades económicas o políticas.

Considerar el valor o el rigor científico de una investigación, o de una disciplina científica por su potencialidad económica inmediata es el epítome de la mercantilización de la ciencia.

Aunque puedan sonar relacionados, el camino a la economía del conocimiento no pasaría por la mercantilización de la ciencia. Al contrario, son caminos totalmente diferentes. Es por ello que creemos necesario aportar más datos de manera a que el público pueda estar mejor informado.

Castells: Network society
En la Sociedad Red el estrato más alto deben ser cuidadoso en el trato con los estratos inferiores, evitando desinformar desde una posición ubicada en un estrato con posibilidad de acceso a la información y el conocimiento. (Alexander von Humboldt Institute for Internet and Society)

Para sacudir el sentido común: Si queremos una sociedad sana, no invertimos únicamente en hospitales, médicos o medicamentos y miramos el valor de mercado de los mismos. Así no se le gana al dengue… mejor invertimos en salud pública y en educación para la salud.

Análogamente, si queremos una sociedad científicamente culta que camine hacia una sociedad y economía del conocimiento, no invertimos únicamente en investigaciones en la búsqueda de patentes y rentabilidad para ciertos sectores económicos, así no generamos ni distribuimos riqueza basada en el conocimiento…

Mejor invertimos en todo el amplio abanico de las disciplinas científicas, puras y aplicadas, y a igual nivel de importancia, invertimos en educación científica.

Ciencia, desarrollo y globalización

La globalización obligó a los países a buscar otros motores económicos. Es así que a través de lo que se conoce como “economía del conocimiento” la inversión en investigación e innovación cobró mayor relevancia a nivel mundial. Esto implica que la industrialización ya no tiene el mismo protagonismo que antes, es decir, que los retos que hoy enfrentamos a nivel mundial ya no pueden ser respondidos con la misma lógica que dio lugar a la economía industrial.

Autores como Daniel Bell y Alain Touraine explicaron esto y comenzaron hace muchos años a hablar de “sociedades postindustriales”. Para Daniel Bell, la nueva lógica de esta sociedad postindustrial gira en torno ya no a la necesidad de inversiones sino a la importancia de la codificación del conocimiento. Esta “codificación” del conocimiento significa la capacidad de generar nuevos conocimientos, para transmitir a otras personas y que se vuelvan operativos, es decir que sirvan para resolver problemas presentes o futuros.

Bajo esta idea se desarrolla una nueva lógica del desarrollo económico, que promueve la generación de modelos teóricos de conocimiento. Es decir, ya no sólo se trata de resolver los problemas actuales para mejorar una situación concreta sino de impulsar el avance de nuevos conocimientos teóricos, aunque de momento parezca que no tienen utilidad práctica.

Un ejemplo: en el año 1905 cuando Albert Einstein publicó sus estudios, éstos podrían haber parecido totalmente inútiles e inaplicables para cualquier empresa. Sin embargo, sus teorías, que podrían haber sido consideradas poco prácticas hoy sirven a los científicos para entender mejor el Universo y además permitir, entre otras cosas, por citar sólo un caso, el desarrollo de tecnologías como la del posicionamiento del GPS tan utilizadas en la actualidad.

En la sociedad industrial, la actividad principal era la producción (la persona frente a la máquina) pero en la actualidad, en la sociedad del conocimiento, la actividad principal es el intercambio de información entre personas. La extracción y la producción pasaron y la cuestión económica central ahora es la generación de conocimiento y su posterior transmisión como información en diversas formas.

Esta transformación tuvo consecuencias en la configuración de las sociedades y por ende, la investigación ha adquirido trascendencia vital en la agenda de los gobiernos.

En los países más desarrollados la inversión en investigación e innovación tiene un retorno de hasta 7 veces. Tanta es su importancia que actualmente para medir la capacidad de un país uno de los indicadores clave es la inversión en I+D. Por esta razón, las universidades e instituciones dedicadas a la investigación adquieren un papel destacado dada su capacidad de generar conocimiento.

Paraguay entendió esta nueva dinámica, y por ello, formalmente en el Plan Nacional de Desarrollo se marcó como uno de sus objetivos para el año 2030 pasar de una economía basada en recursos naturales a una economía del conocimiento.

La ciencia como política pública

El movimiento Marcha por la Ciencia también llegó a Sudamérica para exigir mejores presupuestos para investigación y desarrollo. En la imagen, el evento de Santiago de Chile, en 2018. (Alejandra Recalde/CdS)

América Latina se encuentra en una situación de desventaja en relación a los países centrales debido a diversos obstáculos particulares de la región. Sin embargo, tiene la oportunidad de desarrollar un nuevo paradigma para insertarse en un mundo tendiente a las económicas basadas en el conocimiento (Bortagaray, 2018).

A pesar de contar con aproximadamente medio siglo de estudios de relaciones entre ciencia, tecnología, sociedad, innovación y desarrollo en América Latina, todavía existe una desconexión entre la teoría y la práctica de la política científica y tecnológica (Sagasti, 2013).

La ciencia ocupa una posición de reconocimiento en la sociedad actual y por ello adquiere un carácter político y de poder. Frecuentemente se pretende concebir a la ciencia ubicándola en un plano incuestionable y de verdades objetivas.

Análogamente, las políticas científicas y tecnológicas suelen adquirir tal perspectiva, en la cual las capacidades y las vinculaciones entre los actores (gobierno, individuo y empresas) deben seguir un único modelo en el cual prima un criterio económico para la definición del valor de la ciencia. Esto caracterizado como “pensamiento único” en el campo de estudios de ciencia y poder (Albornoz, 1997) frente al cual es necesario realizar una reflexión crítica poniendo en la balanza otras problemáticas.

Los estudios CTS1 que abordan las políticas públicas (Albornoz, 1997) la colocan en una esfera amplia comparable con cualquier política pública, tales como la educativa, la económica u otras. Por ello, se debe realizar un análisis de la historia, las relaciones entre intereses, los valores sociales o culturales y las tensiones que pueda haber en la política pública de un país, y todas las intervenciones a la misma deben pasar por la misma rigurosidad multifactorial.

El término “política científica” hace referencia al conjunto de políticas que pueden adoptar los estados y en particular los gobiernos en relación a la ciencia. Es el proceso de decisión a través del cual individuos e instituciones asignan los recursos intelectuales y fiscales. (Albornoz, 2007).

De esa manera también se supera la idea de una política científica que, de manera análoga a algunos paradigmas científicos, pretenda ser autónoma y autorregulada. Es una práctica que siempre estará orientada según intereses, a diversos objetivos de diversos niveles socioeconómicos e involucra a un número variante de actores.

No debemos perder nunca esta perspectiva al momento de manifestar opiniones sobre la política científica. Ni mucho menos debemos perder esa perspectiva al momento de pensar políticas públicas y modelos de gestión.

Vemos que existe una inseparabilidad de la ciencia de sus contextos institucionales (Einsiedel, 2000). Las creencias, reglas, roles y elementos simbólicos de las empresas y las instituciones científicas influyen (Scott. 2005).

Se debería evitar que, por más que exista una política científica establecida como política de estado, los gobiernos puedan cambiar los outputs de la misma. Actualmente, el funcionamiento de los organismos de ciencia y tecnología en Paraguay cumplen un rol distributivo, no redistributivo ni restrictivo.

Se están generando resultados muy alentadores y, además de cuidarlos, tenemos que saber acompañar los cambios que se vayan generando.

En los últimos 30 años en Latinoamérica se dieron procesos paralelos aunque dispares de institucionalización de políticas científicas siguiendo de una manera u otra el modelo propuesto por la UNESCO. La relación entre investigación, ciencia, tecnología y desarrollo social es multidimensional y compleja, y por sobre todo, sigue siendo débil.

La aplicación de conocimientos adquiridos en el extranjero a necesidades locales, y una estructura productiva sin fuerte apuesta al conocimiento y la innovación son obstáculos mayores en políticas públicas científicas amplias (Sebastián, 2007). Por lo tanto, existe aún necesidad de seguir profundizando en ello.

La ciencia en Paraguay y su proceso acelerado

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El Conacyt otorga fondos de ProCiencia y PRONII a los investigadores paraguayos en los últimos años. (Ciencia del Sur)

En Paraguay se da actualmente un proceso reciente de empuje de la ciencia como factor de desarrollo en sentido amplio. Ese empuje se da de manera rauda y tardía en comparación con el promedio de la región, más aun en promedio con el resto del mundo.

El monto de inversión pública en el sector está en un rápido aumento a pesar de contar con pocos recursos de infraestructura, una cantidad muy baja de recursos humanos dedicados a la ciencia y una economía poco favorecedora a un desarrollo de la ciencia por poseer escasa demanda de conocimiento.

Aparentemente la sociedad general estaría disociada del proceso de desarrollo de la ciencia y la tecnología o de un desarrollo con la ciencia y tecnología.

Si damos una mirada a los indicadores institucionales estatales relacionados a la CyT nos encontramos que algunos datos contextuales nos indican que Paraguay cuenta actualmente con 7 millones de habitantes, el 56% es menor a 30 años y la inversión en educación es de alrededor del 4% del PIB.

El primer programa estatal de becas (Becal) puesto en funcionamiento en los últimos dos años ha enviado personas al exterior a realizar carreras de posgrado y ya se enviaron 1.174 estudiantes a diversas carreras de posgrado profesionalizantes e investigativas mientras que cada año se matriculan aproximadamente 160.000 paraguayos a diversas universidades públicas o privadas (informe accesible en Becal).

Existe hace unos pocos años un escalafón de investigadores denominado PRONII (Programa nacional de científicos remunerados y escalonados) el cual cobró impulso también hace breve tiempo, y ha pasado de tener 320 científicos escalafonados en el año 2015 a tener más de 742 en el año 2017, es decir un aumento de más de 132%.

El programa ProCiencia, de financiamiento a proyectos de investigación científica, ha financiado actualmente más de 3 millones de dólares en proyectos de I+D entre el año 2015 al 2018, según el informe del Conacyt.

Es un proceso raudo y de monumental tamaño, se configura un escenario en el cual no sería oportuno centrarse en pequeñas falencias con el objetivo de poner frenos, o de tratar de direccionar el proceso hacia algún interés ajeno al desarrollo científico amplio, mucho menos antes de llegar a una masa crítica o a una inercia propia.

Si ponemos en contexto latinoamericano los números aún distan del promedio de la región. Según la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología durante los años 2012, 2014 y 2015, se registró un aumento significativo en la inversión en Investigación y Desarrollo (I+D); al igual que en actividades relacionadas a la Ciencia y Tecnología (ACT), en relación con el Producto Interno Bruto (PBI), con un porcentaje final correspondiente al año pasado de 0,13% en el I+D y el 0,36% en ACT.

Mientras tanto, el promedio de la región iberoamericana es de 1,2% del PIB en ambos casos.

Los últimos datos, según la misma fuente, indican que en el año 2015 en Paraguay se contaba únicamente con 0,35 investigadores por cada 1000 habitantes de la P.E.A (Población Económicamente Activa), en el mismo año, el promedio de América Latina y el Caribe fue de 0,93 investigadores por cada 1000 habitantes de la P.E.A.

En cuanto a los recursos humanos, según la misma red de indicadores de ciencia tecnología y sociedad, en América Latina y el Caribe en el año 2015 el 0,091% de la P.E.A contaba con título de doctorado, y 0,6% contaba con título de maestría. En Paraguay, para el mismo año, apenas el 0,012% de la P.E.A contaba con título de doctorado (412 personas sobre aproximadamente 3.500.000), y 0,07% contaba con título de maestría (2.642 personas sobre la misma base).

Finalizamos estas exposiciones de conceptos y datos con la intención de haber aportado suficiente información para no perder el norte (o al menos, tratar de ponernos de acuerdo en un norte) al momento de pensar el desarrollo de la ciencia y tecnología en Paraguay.

Como resumen, vale recordar que la ciencia es más que la suma de investigaciones, la ciencia es más que diversas áreas científicas, y debemos buscar que las diversas dimensiones del desarrollo científico sean parte de la cultura general.

Referencias

-Caballero Ocariz, C. J. (2017). Percepción Pública de la Ciencia, Tecnología e Innovación en Jóvenes de Asunción y cuatro ciudades principales el interior del País. Asuncion, Paraguay: Arandurâ. ISBN: 978-99967-53-34

-Consejo Nacional de Ciencia y Tecnologia – Conacyt. (2016). Primera encuesta nacional de Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología – Paraguay 2016. Asuncion.

-Bortagaray, I. (Septiembre de 2018). América Latina: la deuda pendiente con los sistemas de ciencia, innovación y tecnología. (A. Calix, Entrevistador) Buenos Aires, Argentina. Nueva Sociedad.

-Sagasti, F. (2013). Ciencia, Tecnología, Innovación. Políticas para América Latina. Lima: Fondo de Cultura Económica. ISBN 978-9972-663-76-5

-Albornoz, M. (Octubre de 1997). La política científica y tecnológica en América Latina frente al desafío del pensamiento único. Revista Redes, Vol 4 Num 10, pp95-115.

-Albornoz, M. (Abril de 2007). Los problemas de la ciencia y el poder. Revista CTS, Vol 3 Num 8, pp 47-65.

-Sebastián Audina, J. (2007). Claves del desarrollo científico y tecnológico de América Latina. Madrid, España: Fundación Carolina/Siglo XX1. ISBN 9788432313059

-Einsiedel, Edna F. 2000. “Understanding ´publics´ in the public understanding of science”. Capítulo de libro en Between understanding and trust: the public, science and technology. Editado por Meinolf Dierkes y Claudia von Grote, pp 205-216. Routledge, 2005 . ISBN 978- 1135288068 398pp

-Scott, W. Richard. 2005. “Institutional theory: contributing to a theoretical research program”. Capítulo de libro en Greats minds in management: The process of theory development, Editado por Ken G. Smith and Michael A. Hitt, 460-484. Oxford, UK: Oxford University Press ISBN 978-019927681

-Dagnino, R., Thomas, H., & Amilcar, D. (1996). El pensamiento en ciencia, tecnología y sociedad en Latinoamérica: una interpretación política de su trayectoria. Revista Redes, Vol. 3 Num 7.

-González García, M. I., López Cerezo, J.A. Y Luján López, J. L. Ciencia, tecnología y sociedad: una introducción al estudio social de la ciencia y la tecnología. Madrid: Technos, 1996. 324 p. (ISBN: 84-309-2797-2).

-Castells, M. La era de la información. Volumen 1. La sociedad Red, 592p, Siglo XXI Editores, Año 2000 ISBN:9789682321689

-Castells, M. La era de la información. Volumen 2. El poder de la Identidad, 566p, Alianza Editorial, Año 2003, ISBN:9788420647401

-Castells, M. La era de la información. Volumen 3. Fin de Milenio, 488p. Siglo XXI Editores, Año 2004 ISBN:9789682323379

1 Los estudios de Ciencia Tecnología y Sociedad (CTS) podrían caracterizarse como una convergencia de visiones sociológicas, filosóficas e históricas que haciendo énfasis en la dimensión social de la ciencia y tecnología se orientan hacia un posicionamiento de oposición a una concepción intelectualista de la ciencia, realizan una crítica a la noción de la tecnología como ciencia aplicada y neutral, y son críticas a la tecnocracia (López Cerezo et al, 1996). En Latinoamérica existen bases de un paradigma en los estudios CTS que abordan el campo problemático del desarrollo de los países como debate central. Los estudios latinoamericanos de CTS parten de la premisa de que los desafíos económicos y sociales que enfrentan los países en vías de desarrollo son obstáculos graves que convierten en utopías las esperanzas basadas en la ciencia y la tecnología de una mejor calidad de vida de los países latinoamericanos (Dagnino et al, 1996).

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