5 críticas a “Nadie nace en un cuerpo equivocado­”

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nadie nace en un cuerpo equivocado
Uno queda con la idea de no haber leído un análisis riguroso sino las quejas de una generación pasada (Foto: YouTube).
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Los temas vinculados a la población trans casi siempre son materia de feroces intercambios. El libro publicado por los profesores de psicología José Errasti y Marino Pérez, Nadie nace en un cuerpo equivocado (2022, Ediciones Deusto), cumple bien esta regla y —me atrevo a decir— a propósito.

El libro constituye una crítica a la teoría queer (TQ) y sus productos derivados, tales como la idea de haber nacido en el cuerpo equivocado, el enfoque afirmativo, los múltiples géneros o el lenguaje inclusivo. Dado que el libro toca muchos temas, conviene organizar los argumentos.

Salvo algunos puntos claves que pudieron sintetizarse en un artículo de 8 mil palabras, Nadie nace en un cuerpo equivocado se caracteriza por su retórica conspirativa, su concepción conservadora del sexo, su tratamiento inadecuado de la transexualidad, su calificación inapropiada del enfoque afirmativo y sus constantes quejas.

  1. Una retórica conspirativa

Lo más notorio del libro de Errasti y Álvarez (E&P) es el manejo de una retórica conspirativa efectista y semejante a otros libros escritos por autores que no poseen los mismos pergaminos académicos.

Según E&P, la TQ se apoya en el “constructivismo posmoderno” y conforma una especie de “constructivismo aplicado”. Para los autores, la TQ no remite a conocimientos científicos de medicina, psicología o neurociencia sino que consolida un “fantasma” que recae en “concepciones retrógradas”.

Aunque la TQ resulta criticable, E&P no ofrecen argumentos apropiados. A esta carencia se suma lo más problemático: la representación que los autores hacen de la TQ, viéndola como la responsable de todos los males de la civilización occidental.

Apenas en las primeras páginas, E&P afirman que la TQ ha generado el “borrado de la mujer como sujeto político”, el aumento de la disforia de género en niños/adolescentes, la consagración de un discurso “antirracionalista, relativista, subjetivista, nominalista”, formas de censura como el lenguaje políticamente correcto y la “infantilización” de la universidad.

Para los autores, la TQ ha creado un “contexto hostil y punitivo” donde lo políticamente correcto se sobrepone a lo “correcto científicamente”. Este ejemplo de retórica deja muy claro en qué balcón se sitúa el texto. Cualquier parecido con el fraseo típico de la intellectual dark web no es coincidencia.

La presencia de un innecesario pero útil lenguaje belicista —mediante frases como “batalla del lenguaje” o “bombardeo mediático”— ponen al texto a la altura de El libro negro de la nueva izquierda de Agustín Laje y Nicolás Márquez. Esto resulta sorprendente para una obra que, según sus autores, parte desde la ciencia racional.

Si el lector busca más ejemplos de esta retórica conspirativa, a veces apocalíptica, que no se respalda en evidencias de ninguna clase, los hallará. En lo que concierne a esta reseña, dicho lenguaje es un punto negativo que termina por ahogar muchos de los puntos válidos discutidos en el libro.

  1. Una concepción conservadora del sexo

Un aspecto clave del libro es su tratamiento del concepto de sexo. Dicha concepción, que resulta conservadora, se apoya en dos argumentos: a) la reproducción es la función del sexo humano y b) el sexo humano es naturalmente binario.

Por un lado, E&P señalan que el sexo tiene como función la reproducción de la especie: “el sexo tiene que ver ante todo con la reproducción”. Aunque podría decirse que la reproducción es la función biológica del sexo en muchas especies, el sexo humano no se agota en la reproducción.

contratapa de Nadie nace en un cuerpo equivocado
(Imagen: Deusto).

De hecho, la sexualidad humana se comprende mejor si descentramos la reproducción. Es obvio que, como organismos biológicos, necesitamos reproducirnos para sobrevivir. No obstante, el ser humano no es un organismo como cualquier otro, sino una especie cultural (Henrich, 2016).

Definirnos como una especie cultural implica que la cultura —ese conjunto de normas, creencias y valores aprendidos y transmitidos socialmente— puede moldear la conducta reproductiva (Newson, 2013). Esta influencia no solo se muestra en conductas exóticas sino que llega hasta nuestro dimorfismo sexual (Morales, 2021).

Reconocer lo previo nos hace ver que el sexo humano es esencialmente cultural. Esto disputa cualquier vínculo apresurado entre sexo y reproducción (un equivalente del vínculo gen-conducta). De hecho, diversos estudios muestran que, en seres humanos, sexo y reproducción son independientes (Benagiano et al., 2010).

Si no admitimos que el ser humano es una especie distinta por su particular historia evolutiva, pensaremos que la función del sexo es la reproducción, ignorando su inherente complejidad. Aquí E&P podrían decir que hablaron de función biológica; no obstante, el libro trata sobre conductas culturales, no sobre instintos reproductivos.

Desconocer el aspecto no reproductivo del sexo humano hace que el conservadurismo de E&P se asemeje mucho al impulsado por ciertos políticos de la derecha eclesiástica, quienes afirman que “la función biológica del sexo es la reproducción y no el placer” (Perú21, 2019). Nótese que las palabras son exactamente las mismas.

Postular que la reproducción es la función del sexo permite a E&P sugerir que “el sexo es funcionalmente binario”. Este parece un argumento lógicamente consistente: si el sexo tiene por finalidad la reproducción, aquel debe ser necesariamente binario.

Por todo ello, los autores señalan que el término intersexual es erróneo pues “las personas intersexuales no están entre sexos”, sino que son de un sexo u otro. Por ejemplo, según E&P, una mujer con síndrome de Turner no es 90 % mujer y 10 % varón, sino 100 % mujer.

¿Es esto cierto?

En la discusión sobre la naturaleza del sexo, hay tres modelos: binario (solo hay dos sexos), espectral (el sexo es un espectro de matices) y bimodal (hay dos sexos, más un conjunto amplio de rasgos combinados) (Morales, 2019). Actualmente, buena parte de la comunidad científica rechaza el modelo binario (Coyne, 2018; Fuentes, 2022).

No obstante, sin discutir las aristas del debate, E&P afirman que las críticas al modelo binario no son científicas sino “políticamente motivadas”. Para respaldar este punto, los autores citan al biólogo Colin Wright, conocido por sus artículos ideológicamente conservadores en la revista digital Quillette.

E&P rechazan el modelo bimodal afirmando que su defensa implica aceptar que hay “mujeres más mujeres que otras y varones más varones que otros”. No obstante, dicho modelo no habla de mujeres más mujeres, sino de rasgos típicos masculinos/femeninos. El fraseo impuesto por E&P resulta equívoco.

Apenas rascando la superficie del debate, E&P descalifican el modelo bimodal y asumen que el sexo es binario porque así lo creen. Este no es un análisis detallado, sino un argumento de fuerza. Quien busque una discusión académica no la encontrará.

Si el sexo realmente fuera binario, la intersexualidad simplemente no existiría. Pero resulta que existe. El modelo teórico más apropiado para comprender la complejidad del desarrollo sexual humano y su diversidad no es otro que el bimodal (Fuentes, 2022).

Más aún, conforme a su retórica conspirativa, E&P culpan a la TQ del alejamiento entre reproducción y sexo, lo cual genera que el sexo quede “desquiciado”. Esta es una tesis que no tiene nada de científica y resulta muy similar a tesis religiosas que lamentan el divorcio entre sexo y reproducción (Benagiano & Mori, 2009).

Lamentablemente para los autores, la separación entre sexo y reproducción no es un fenómeno nuevo sino que existe desde hace varios miles de años —es parte de nuestra evolución como especie cultural (Dunsworth, 2016). Esto explica por qué nuestra conducta reproductiva es gobernada por valores culturales y no por nuestros genes. Claramente, la TQ es libre de toda acusación.

  1. Un tratamiento inadecuado de la transexualidad

nadie nace en un cuerpo equivocado
los cerebros de personas transgénero son más próximos a su identidad de género que a su sexo biológico (Imagen: Pixabay).

Según E&P, la disforia de género es un “problema” que “amenaza” a niños/adolescentes y cuyo aumento desmesurado puede atribuirse a la TQ. Esta es una de las afirmaciones más importantes de Nadie nace en el cuerpo equivocado. Vamos por partes.

La disforia de género refiere a los sentimientos de angustia experimentados por una persona por la incongruencia entre su identidad de género y su sexo biológico. No obstante, la disforia de género de inicio rápido (o ROGD) fue una categoría empleada para referir al surgimiento temprano de disforia de género en niños/adolescentes.

Según Littman (2018, 2019), quien empleó el término en un estudio descriptivo, diversos padres reportaron que sus hijos tuvieron disforia después de haber pasado mucho tiempo en redes sociales. Aunque fue materia de amplia discusión, varios especialistas rechazaron la ROGD porque no se respalda en datos clínicos (Bauer et al., 2022). Como fenómeno psicológico, la ROGD no existe (Ashley, 2018).

Con un pie en este consenso, E&P afirman que la ROGD no es un trastorno mental. No obstante, con el otro pie en el bando contrario (por si las moscas), los autores defienden que la ROGD es un “fenómeno social”. Esta tesis va muy acorde con lo propuesto por Littman (2018, 2019), quien refirió al “contagio social” como causa de la ROGD.

Aunque muchos problemas psicológicos son fenómenos sociales, la sociologización cometida por E&P muestra un tono diferente. En esta perspectiva, decir que la ROGD es un fenómeno social implica que es causada no por factores sociales como violencia o marginalidad sino por el contagio (la misma idea de Littman).

Esto implica que los sentimientos experimentados por niños/adolescentes no son productos psicológicos sino imitaciones, consecuencia de pasar mucho tiempo en internet. Pese a que E&P exponen su argumento de forma convincente, los autores no presentan evidencia alguna (salvo los cuestionados estudios de Littman).

Aun si fuera cierto que el contagio social aumentó la disforia de género infantil/adolescente, este no sería un “problema” que “amenaza” la civilización occidental sino la revelación de que la sexualidad humana es más plástica de lo que creíamos. Dudo que esto sea algo negativo.

Para comprobar la tesis del contagio no basta con señalar que los niños/adolescentes que la sufren pasan mucho tiempo en internet leyendo temáticas trans. Faltaría complementar que cualquier niño/adolescente próximo a esas temáticas podría volverse transgénero/transexual. Mi sospecha es que ello no ocurre ni ocurrirá.

En vez de atribuir la disforia de género a las redes sociales, cabría indicar por qué, en principio, un niño/adolescente se siente atraído hacia esas temáticas. A mi juicio, como pasa con elementos similares (videojuegos, poesía, música o pornografía), las redes sociales, en lugar de crear algo nuevo, develan lo que estaba ahí.

Justamente por esta invalidación del sentir transgénero, originado por confiar en una categoría calificada de “mala ciencia” (Ashley, 2018), E&P sugieren que la idea de haber nacido en el cuerpo equivocado es “enteramente engañosa”. La forma en que los autores tratan dicha experiencia subjetiva resulta metodológicamente inadecuada.

Según E&P, la idea del cuerpo equivocado es errónea porque, entre otros motivos, es una tesis “dualista” (esto, en mención al dualismo alma-cuerpo). El problema con esta afirmación yace en creer que la experiencia subjetiva puede verificarse como si fuera un enunciado lógico.

El ejercicio de E&P para cuestionar la idea del cuerpo equivocado es, hablando antropológicamente, un sinsentido. Cuando un antropólogo estudia las experiencias de un grupo sobre seres sobrenaturales jamás afirmaría que tales experiencias son falsas porque la ciencia ha demostrado que los seres sobrenaturales no existen.

Pues bien, E&P hacen exactamente ello: cuestionar la experiencia transexual del cuerpo equivocado solo porque constituye un enunciado dualista contradicho por la filosofía contemporánea. Es como si cada testimonio citado por los autores fuera verificado con textos de filosofía de la psicología, a ver si son correctos.

E&P no notan ello sino que reafirman esta praxis al decir que “la expresión atrapado en un cuerpo equivocado no es un hallazgo científico, ni un concepto propiamente dicho”. Evidentemente no lo es; no es una hipótesis por comprobar, sino la experiencia subjetiva de un individuo.

Para respaldar su argumento, E&P citan los estudios neurocientíficos de Gina Rippon, Daphna Joel y otras que cuestionan la existencia de “cerebros masculinos” y “cerebros femeninos”. La teoría del cerebro mosaico (que enmarca tales estudios) rechaza el modelo binario y defiende la intersexualidad cerebral (Joel, 2021).

Confirmando tales resultados, E&P señalan que “no hay tal diferencia” entre cerebros de hombres y mujeres. No obstante, los autores van más allá. Considerando la falta de diferencias, E&P afirman que la transexualidad “no viene de una identidad preconcebida ni de un cerebro de mujer atrapado en un cuerpo de varón o al revés”.

Esta es una lectura inadecuada, pues la teoría del cerebro mosaico no llega a tal extremo.

Por ejemplo, Rippon (2019) sostuvo en The gendered brain que el derrumbe del mito de los cerebros masculinos y femeninos tiene implicaciones positivas para la comunidad transgénero. Si la lectura de E&P fuera correcta, tales implicaciones no serían positivas.

Los estudios que postulan una base neurológica de la transgeneridad rechazan el modelo binario y tratan los rasgos cerebrales masculinos y femeninos como un continuo (Kurth et al., 2022). Si la lectura de E&P fuera correcta, estos estudios y la teoría del cerebro mosaico no concebirían el cerebro de la misma forma.

Los estudios de Littman no son los únicos que muestran un incremento de las identidades transgénero. Otra literatura reporta lo mismo, pero claro está, sin atribuirla a las redes sociales (Nolan et al., 2019). Posiblemente, su aumento se deba a su mayor visibilidad. Al volverse un tema con menos tabúes, más personas transgénero tienden a expresarse.

Su objeción al dualismo alma-cuerpo hace que E&P rechacen todo lo que se le parezca, poniendo la filosofía por delante de la ciencia. Hasta cierto punto, ello es razonable. Pero si los estudios científicos indican que cerebro y cuerpo pueden ir por caminos distintos (Kurth et al., 2022), lo que debe actualizarse es la filosofía.

Apoyándose en testimonios de personas transgénero/transexuales, E&P defienden que, si la identidad de género no es un “hecho biológico”, la transexualidad tampoco lo es. No obstante, esta afirmación resulta falaz, pues la identidad de género posee una base biológica (Fisher & Cocchetti, 2020).

De hecho, según un estudio reciente, los cerebros de personas transgénero son más próximos a su identidad de género que a su sexo biológico (Kurth et al., 2022). Este correlato neurológico de la transgeneridad contradice lo sugerido por E&P. Por lo pronto, el debate continúa.

Aunque en sí mismos tienen un valor antropológico, los testimonios citados por E&P son anecdóticos y poco fructíferos para su causa. A este nivel, dichos testimonios parecen cumplir la misma función de aquellos relatos de “exgays”, citados por quienes buscan demostrar que la homosexualidad tiene cura.

Sin duda, el binarismo afecta a las personas transgénero/transexuales, pues los cambios que atraviesan no solo implican al sexo sino también al género. Por esto, suelen adoptar conductas típicamente masculinas/femeninas. Claro está, esto no ocurre con todos; muchas personas no se identifican con un género determinado (Jacobson & Joel, 2018).

Como tal, el binarismo afecta a las personas transgénero/transexuales no porque sean transgénero/transexuales sino porque son personas. De hecho, el binarismo también afecta a heterosexuales cisgénero, quienes recurren a cirugías que también modifican su anatomía según ideales propios de masculinidad/feminidad.

Pero aquí no queda todo. En un argumento que parece sacado de los peores rincones de YouTube, E&P justifican su punto afirmando que no existen las personas “transedad”: así como uno no puede cambiar su edad, uno tampoco puede cambiar su sexo. Ya nomás falta que E&P hablen de helicópteros apache y gatos —esperen, sí lo hacen: “felinogénero”.

  1. Una calificación inapropiada del enfoque afirmativo

Aun si fuera cierto que el contagio social aumentó la disforia de género infantil/adolescente, este no sería un “problema” que “amenaza” la civilización occidental (Foto: Flickr)

El enfoque afirmativo refiere a un conjunto de procedimientos médicos que tienen por objetivo afirmar la identidad del individuo (es decir, no invalidar su experiencia). Dicho enfoque —valga decir— no funciona para todos y genera problemas importantes. Citando estudios científicos, E&P destacan ambos puntos.

Aunque —pese a sus limitaciones— tales procedimientos sí funcionan para la mayoría de personas transgénero/transexuales, por lo que se recomiendan (Forcier et al., 2020), E&P consideran que “el enfoque afirmativo es más políticamente correcto que correcto científicamente”. Esta calificación resulta inapropiada.

Ojo. Los problemas identificados en la literatura son relevantes y merecen ser discutidos por especialistas. El problema es la doble vara: por un lado, E&P afirman que la transexualidad no es un hecho biológico porque un testimonio lo dice pero, por otro lado, califican al enfoque afirmativo de “más políticamente correcto que correcto científicamente” pese a que los problemas son minoritarios.

Aquí es necesario distinguir lo que dice la evidencia científica y lo que, desde ella, afirman E&P. Por ejemplo, los autores analizan el breve artículo de Cantor (2020) que revisa las políticas de la American Academy of Pediatrics, pero seguidamente se preguntan cómo es posible que un entorno “repleto de temáticas transgénero” no influya la disforia de género infantil/adolescente. Cabe indicar que tal cuestionamiento no está presente en el artículo de Cantor (2020).

Aparte de los estudios científicos, una de las fuentes citadas por E&P es el libro Un daño irreversible de la periodista Abigail Shrier: un texto que califica al activismo trans de “locura” contagiosa, analiza (y cuestiona) los mismos tópicos y posee casi el mismo estilo retórico de Nadie nace en un cuerpo equivocado.

De nuevo. Aunque el libro de Shrier cita estudios científicos, lo cuestionable está en su interpretación. E&P no destacan ello ni profundizan en las críticas que recibió dicho texto, las cuales revisan aspectos clave y acusan al texto de desinformativo (Eckert, 2021; Ferguson, 2021; Lovell, 2021).

E&P también citan el ensayo Cynical theories de Helen Pluckrose y James Lindsay para criticar la justicia social y mencionan el escándalo de los artículos falsos publicados en revistas de género (conocido como grievance studies affair) para exponer lo mal que anda el área.

Ciertamente, el escándalo de los grievance studies (perpetrado por Pluckrose, Lindsay y otros) cuestiona la rigurosidad de ciertas revistas de estudios de género, pero es insuficiente para descalificar todo un campo de conocimiento (Morales, 2018). Es como si el escándalo Bogdanov fuera suficiente para cuestionar toda la física teórica o como si la publicación de artículos sobre homeopatía bastara para desacreditar a Nature.

Asimismo, una lectura rápida de Cynical theories —citado por E&P como su principal referente teórico sobre el impacto de la TQ en la sociedad contemporánea— muestra que el texto no esboza argumentos razonables sino descalificaciones sin mayor sustento. Es una obra sensacionalista más que científica.

La existencia de personas arrepentidas tras haber transicionado tampoco amerita el abandono radical de ciertos procedimientos, sobre todo si continúan beneficiando a la mayoría. La clave está en seguir investigando para determinar con exactitud por qué surgen tales problemas. E&P no discuten ello.

Si nos damos cuenta, casi todo procedimiento médico genera eventualidades. Incluso las vacunas contra la COVID-19 producen cierto malestar. No obstante, siguen empleándose para combatir la pandemia. Los únicos que reclaman su inutilidad son los movimientos antivacuna. Ojo con eso.

  1. Quejas y más quejas

Un punto importante de Nadie nace en el cuerpo equivocado son sus repetidas quejas. En lo que constituye un elemento criticable, E&P dedican todo un capítulo a mofarse del lenguaje inclusivo (o “neolengua posmoderna” según los autores). Sí, a mofarse; bajo ningún motivo el capítulo 9 es una crítica académica.

En ese mismo capítulo, también E&P se quejan de la cantidad de “neogéneros” que se han acuñado, dándole importancia a un tópico que es francamente irrelevante. Como sabe cualquier antropólogo, en una población puede haber los géneros que fuera posible porque tales son categorías experienciales, no científicas.

E&P incluso parecen quejarse de lo difícil qué debe ser aprender tantos géneros, uno por cada persona. Me pregunto, ¿acaso todos no debemos aprender los nombres propios (con apellidos, grados académicos y publicaciones recientes en APA) de cada colega? Entonces, ¿desde cuándo aprender una palabra más es un reto imposible?

Mucho antes del activismo trans, en la historia humana existieron diversos géneros y —hasta donde se sabe— nadie se quejó porque eran muchos o fueran difíciles de aprender. Incluso pareciera que E&P reniegan de Twitter o Instagram porque “rebosan de contenidos trans”.

Los autores también señalan que la TQ ha producido la “infantilización” de la universidad, convirtiéndola en un safe space que no permite todo tipo de opiniones. Asimismo, señalan que toda crítica a la TQ o al activismo trans se considera “un ataque a los derechos humanos”.

Refiriendo a la “fobofilia” (el “gusto” por calificar los argumentos a fobias), E&P señalan que la acusación de fobia u odio no busca refutar los argumentos sino descalificarlos. E&P culminan su punto afirmando que sería “inimaginable” pensar que en otros tiempos un debate académico se tergiverse de esa forma.

Aunque E&P exageran, generalmente las críticas hacia la TQ no son argumentales sino ataques a individuos que sufren las consecuencias. Asimismo, aunque los prefijos fueran otros, las críticas acusatorias fueron algo común en la historia de la civilización. Giordano Bruno, Charles Darwin y varios otros (y otras) podrían dar fe de ello.

Claro está, esto no significa que tales descalificaciones sean válidas, pero sí le baja unos grados Celsius a la indignación de E&P. Aunque es cierto que no todos los que emiten enunciados transfóbicos sufren de alguna aversión (punto señalado por E&P), esto no quita que el enunciado en sí mismo sea transfóbico.

En redes sociales, muchas personas que se autodenominan políticamente incorrectas emiten enunciados transfóbicos, homofóbicos o racistas no necesariamente porque sufran de alguna aversión sino por simple imitación. En estos casos, la acusación de transfobia cumple la función de advertir al emisor sobre el tono de sus palabras.

el libro negro de la izquierda, nadie nace en un cuerpo equivocado
La presencia de un innecesario pero útil lenguaje belicista ponen al texto a la altura de «El libro negro de la nueva izquierda» de Agustín Laje y Nicolás Márquez (Foto: Flickr).

De forma sarcástica, E&P dicen que la transfobia se contagia por “razonar en voz alta” y definen la “transfobofobia” como el miedo a ser calificado de tránsfobo. Entiendo que los políticamente incorrectos vivan con ansiedad ante cualquier acusación, pero si uno ha venido a este mundo a aprender, no hay de qué preocuparse.

Muchos científicos y académicos no han sufrido jamás alguna acusación de transfobia. Usualmente, los que las sufren son quienes se encaprichan con el tema en Twitter o quienes buscan monetizar shares en YouTube —por ejemplo, el activista Ben Shapiro o el psicólogo Jordan Peterson.

E&P incluso mencionan cuando la Asociación Humanista Estadounidense le retiró el premio Humanista del Año al afamado biólogo Richard Dawkins tras haber criticado la “ideología de género”. Para los autores, este sería un ejemplo de cómo actúa la “Santa Inqueersición”. No obstante, ¿realmente dicho suceso es tan dramático?

En principio, los indignados deben saber que toda sociedad profesional tiene normas que todo miembro debe seguir. Si alguien estuviera en desacuerdo con tales reglas, no debería formar parte de dicha sociedad. Cualquier persona madura tomaría esta decisión en lugar de andar quejándose por perder un premio que seguro ni valoran.

Desde luego, en Nadie nace en el cuerpo equivocado no podían faltar frases como “Muchos no saben lo que está ocurriendo”, cuya función es despertar al lector y hacerle ver lo que ocurre frente a sus narices. Estas retóricas conforman el movimiento woke de la generación boomer.

En Twitter, José Errasti (coautor del libro) reta a los críticos a hallar odio en el libro. Claramente, esto es imposible. Quien espere hallar insultos o ataques, no los hallará. Pero lo que sí encontrará (y mucho) es un discurso burlón sutilmente encaletado bajo una retórica académica. Puede que los lectores poco entrenados no lo noten.

Al inicio del libro, E&P mencionan brevemente su recorrido profesional en la psicología, intentando decirle al lector que el texto en cuestión es una crítica académica. No obstante, aunque algunos puntos remiten a tópicos académicos, la mayoría de enunciados propios de los autores están lejos de la academia.

Casi en las páginas finales, E&P destacan la importancia del activismo trans y hasta lo reconocen como un esfuerzo “impetuoso” y “necesario” para derrumbar el binarismo heteronormativo. Este reconocimiento sería legítimo de no ser porque resulta incoherente con mucho de lo leído en páginas anteriores.

¿Qué aporta el libro?

Según E&P, su postura sobre el sexo binario, el cuerpo equivocado, el enfoque afirmativo y la transfobia es “razonada y documentada”. No obstante, casi al mismo tiempo, los autores afirman que un financiamiento internacional multimillonario posibilita que la “invasión queer” aparezca en la educación, las leyes, los tratados internacionales, las empresas y la televisión. Vaya razón.

La mayoría de fuentes citadas por E&P son legítimas pero, como ocurre en estos casos, lo cuestionable es su lectura. Visto así, Nadie nace en un cuerpo equivocado no es una obra científica alimentada con algunas referencias ideológicas, sino una obra ideológica alimentada con algunas referencias científicas.

De hecho, para tener centenares de páginas, el libro refiere a pocas fuentes académicas, pues muchas de sus páginas —sobre todo las que parecen escritas por un golpazo súbito de stand up comedy— citan libros que poseen el mismo tono o carecen por completo de referencias bibliográficas.

Por todo esto, puede decirse con confianza que el verdadero aporte de E&P no es la discusión de estudios científicos concretos sino el marco que los integra, es decir, el señalamiento de que todo lo malo es producto del activismo trans y la TQ. Esta contribución, más que científica, es una opinión personal.

En sus entrevistas, E&P insisten en la necesidad de discutir antes de asumir. Esta retórica es común en ciertas obras cuyos autores pretenden discutir temas que han sido largamente discutidos: la inexistencia de razas humanas, el impacto del calentamiento global, el bulo del coeficiente intelectual o la falacia del libre mercado. Quién sabe si los próximos libros a publicar sean sobre estos temas.

En principio, llamó mi atención que Nadie nace en un cuerpo equivocado se publicara en una editora comercial (no académica). No obstante, conforme leía el texto, entendí que la única empresa que podía publicar un libro así debía ser una que también haya publicado a Axel Kaiser, Gloria Álvarez, Ben Shapiro o Un Tío Blanco Hetero.

No tengo dudas que el trabajo de E&P contiene elementos que resultan fundamentales para especialistas en salud psicológica. No obstante, su gran limitación es que todo ello se subsume bajo una andanada de enunciados innecesarios y completamente irrelevantes que asumen protagonismo y ahogan los objetivos racionales. Queda la duda de si ello fue un error de redacción o de los autores su intención.

Al final, uno queda con la idea de no haber leído un análisis riguroso sino los reclamos de una generación pasada que reniega por no poder comprender los nuevos eventos. Bien leído, Nadie nace en un cuerpo equivocado es un ensayo que se escandaliza ante hechos revolucionarios y suplica por volver al safe space más seguro de todos: aquel del mundo donde las cosas nunca cambian.

Referencias

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Sergio Morales Inga es bachiller en antropología y estudiante de la maestría en epistemología, ambos por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Perú. Tiene publicaciones en revistas académicas de Perú, Colombia, Argentina, España y Reino Unido. Columnista de evolución humana, género y epistemología de las ciencias sociales en Ciencia del Sur. También realiza divulgación en evolución cultural a través del blog "Cultura y evolución".

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5 COMENTARIOS

  1. 1) «Actualmente, buena parte de la comunidad científica rechaza el modelo binario (Coyne, 2018; Fuentes, 2022).»

    Coyne se burla de Fuentes en su post de este año: «Yet another failed and ideologically-driven attempt to show that there is no sex binary in humans».

    Quien lo lea pensará que es así -que buena parte de la comunidad científica rechaza el modelo binario- pero no.

    2) El enfoque afirmativo ya está siendo puesto en cuestión. Hoy he leído que la AAP ha estado bloqueando los comentarios y criticas que varios de sus asociados han venido haciendo en contra del enfoque afirmativo. Paso el link del medio comunicativo Dailymail (dejando de lado que es un medio conservador) que ha mostrado las quejas de miembros de la AAP. Está ultima dice que hay bastante evidencia científica que apoya el enfoque afirmativo pero sigue en aumento el caso de jóvenes que de-transicionan. Otra critica muy importante es aquella que menciona el caso de una mujer trans que ha perdido toda sus susceptibilidades sexuales. Es posible que existan más casos así.
    Finalmente le pido que investiga más porque como padre de familia no me gustaría ver a mis hijos arrepentirse de una decisión tan grave. Ustedes los comunicadores deben ser más responsables.

    • Diego, muchas gracias por señalar esa omisión. Ya la incluimos: «Kurth, F., Gaser, C., Sánchez, F., & Luders, E. (2022). Brain sex in transgender women is shifted towards gender identity. Journal of Clinical Medicine, 11(6), 1582».

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