La tendencia a explicar las diferencias de género por las diferencias cerebrales fue bautizada como neurosexismo –uno de los lastres académicos más difíciles de erradicar. (Pixabay)
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Que la conducta de hombres y mujeres sea diferente es un hecho fácilmente demostrable: preferimos pasatiempos diferentes, elegimos carreras distintas, escogemos colores disímiles en ropa y juguetes, y hasta optamos por géneros diversos en películas y libros (Ellis et al., 2008).  A esto se le llama diferencias de género.

No obstante, si preguntamos qué causa tales brechas, las opiniones difieren: para algunos, son producidas por la cultura, la socialización y los roles de género, pero, para otros, son causadas por nuestra biología.

Según esta perspectiva, nuestra anatomía crea las diferencias conductuales entre hombres y mujeres. Un conjunto importante de académicos, políticos, divulgadores y youtubers considera que nuestra biología moldea nuestras acciones y explica por qué hombres y mujeres actuamos de manera diferente. Sin embargo, ¿qué tan cierto es esto? ¿Realmente los hombres prefieren las películas de acción y las mujeres eligen las comedias románticas por culpa de su anatomía?

¿Qué es el dimorfismo sexual?

En el estudio de las diferencias entre hembras y machos hay un concepto central: dimorfismo sexual. ¿De qué trata? El dimorfismo sexual refiere a aquella “diferencia sistemática de tamaño y forma entre los miembros hembra y macho de una misma especie” (Nikitovic, 2018, p. 1). En palabras simples, dicho concepto reúne y sistematiza las diferencias anatómicas que existen entre los individuos macho y hembra de una misma especie.

Si los machos y hembras de una especie presentan dos formas distintas (dimorfismo significa dos formas), se le denomina especie dimórfica. Caso contrario, si son idénticos, se le llama especie monomórfica (Mesnick y Ralls, 2018). Aunque el dimorfismo sexual incluya las diferencias en rasgos sexuales primarios (como los órganos sexuales), usualmente refiere a los rasgos sexuales secundarios que emergen en el período de maduración (Nikitovic, 2018).

Lo anterior implica reconocer que hay machos y hembras de una especie que son más dimórficos que otros. Por ejemplo, las diferencias anatómicas entre un león y una leona son menores que las diferencias entre un gorila y una gorila, entre un pato mandarín y una pata mandarín, o entre un pavo real macho y un pavo real hembra. Considerando estos niveles de diferenciación ha sido posible estimar cuantitativamente el dimorfismo sexual.

¿De dónde vienen tales diferencias? Para el antropólogo J. Michael Plavcan (2012), el dimorfismo sexual “no es un rasgo único, no se expresa uniformemente entre especies y no se debe a una sola causa” (p. 46). Aunque haya muchos factores en juego, un fuerte consenso indica que tales diferencias son causadas por la selección sexual –es decir, por las preferencias de apareamiento de las hembras.

Para poder reproducirse, los machos compiten entre sí y quienes se imponen podrán transmitir sus genes y, con ello, sus rasgos anatómicos. En la literatura científica está establecido que el dimorfismo sexual entre machos y hembras resulta principalmente de la competencia por la reproducción (Fairbairn, Blanckenhorn y Székely, 2007). Esto además explica por qué el dimorfismo usualmente se manifiesta en los machos.

Dimorfismo sexual en la especie humana

La selección sexual establece la mayor parte del dimorfismo sexual, sin embargo, ¿qué ocurre con nosotros, los seres humanos? El dimorfismo sexual humano (en adelante, DSH) es un tópico polémico pues consiste en establecer cuántas diferencias existen entre hombres y mujeres. El problema está en que tales diferencias no siempre son visibles ni exactas ni pueden ser atribuidas totalmente a la selección sexual.

Según Dejana Nikitovic (2018), los factores involucrados en el DSH “son complejos y probablemente implican la interacción entre numerosos factores evolutivos, de apareamiento, ambientales y culturales”. Si bien es posible hallar una cantidad importante de diferencias entre hombres y mujeres, la literatura científica es bastante clara en un punto especial: la especie humana no es altamente dimórfica, sino todo lo contrario.

Afirmar que los seres humanos somos muy dimórficos considerando únicamente las diferencias entre hombres y mujeres desvirtúa el concepto de dimorfismo. La única forma de saber cuán dimórficos somos es comparándonos con otras especies. Algunos estudios indican que el DSH es muy reducido, si lo comparamos, por ejemplo, al dimorfismo de los primates –nuestros parientes evolutivos más cercanos.

Según el antropólogo Clark Spencer Larsen (2003), el DSH es “relativamente limitado” pues ronda apenas el 15 %, mientras el dimorfismo de gorilas y orangutanes es de casi 50 %. Claramente hay una gran brecha. Esto explica por qué algunos han afirmado que la literatura sobre DSH “sugiere precaución al equiparar las causas del dimorfismo del tamaño humano con las observadas en primates no humanos, incluidos los chimpancés” (Plavcan, 2012, p. 62).

¿Y qué ocurre si nos comparamos con nuestros propios antepasados? Desde hace décadas se sabe que los hombres y mujeres prehistóricos fueron mucho más dimórficos que los hombres y mujeres actuales. Según algunos estudios, los homínidos Australopithecus (hace 7 millones de años) mostraron un elevado dimorfismo de entre 37 % y 55 % (Ruff, 2002). ¿Por qué en seres humanos el dimorfismo se redujo de 55 % a 15 %?

El dimorfismo sexual humano es un tópico polémico porque trata de establecer el número de diferencias entre hombres y mujeres. (Flickr)

La intervención de la cultura

Para David Frayer y Milfred Wolpoff (1985), la “reducción sistemática” del DSH es producto de una “convergencia en los requisitos de los roles masculinos y femeninos” (p. 462). En esta reducción la cultura fue crucial, pues “la capacidad de la cultura para anular las limitaciones biológicas y sustituir las soluciones conductuales hace que sea difícil aplicar muchos de los modelos de dimorfismo sexual derivados de la biología evolucionista no humana” (Frayer y Wolpoff, 1985, p. 41).

Es decir, las teorías que explican el dimorfismo sexual en animales no pueden emplearse directamente para estudiar el DSH.

Gracias a la intervención de la cultura, los humanos pasaron de un “nicho dimórfico” hacia un nicho “cada vez más monomórfico” (Frayer y Wolpoff, 1985, p. 41). Aunque las variables exactas son discutibles, está plenamente reconocido en la literatura que “los niveles de dimorfismo sexual se han reducido significativamente a lo largo de la evolución humana” (Nikitovic, 2018, p. 3). Es por la influencia de la cultura que el dimorfismo sexual animal y el DSH deben ser cuidadosamente diferenciados.

Aquí es importante reconocer que el dimorfismo sexual refiere a diferencias sistemáticas que resultan principalmente de la competencia por la reproducción. Es decir, son diferencias que cumplen una función reproductiva: mientras mayor sea la competencia de los machos por las hembras, mayor será el dimorfismo entre machos y hembras. Los gorilas son más musculosos que las gorilas porque su musculatura les ayuda a ganar las competencias para reproducirse.

En múltiples especies, el dimorfismo sexual es notorio pues, salvo mutaciones específicas, no hay patas mandarín con plumaje adornado, ni leonas con melena, ni gorilas musculosas, ni pavas reales con llamativas colas. En cambio, el DSH presenta mucho solapamiento: pese a que en promedio los hombres son más fuertes que las mujeres, también hay muchas mujeres más fuertes que muchos hombres.

En primates, el dimorfismo sexual en fuerza o resistencia no resulta únicamente de la selección sexual, sino de factores como la dieta, la divergencia de nichos o hasta la ubicación geográfica (Plavcan, 2001; Ruff, 2002). En seres humanos, dado que somos primates, ocurre lo mismo. Si de talla hablamos, es probable que la mayoría de mujeres de los Países Bajos o Letonia sean más altas que la mayoría de hombres de Yemen o Nepal. El DSH no sigue un patrón universal.

A ello se suma que los rasgos dimórficos del hombre (mayor fuerza, resistencia o densidad ósea) carecen de función reproductiva. Un reciente estudio mostró que, al momento de elegir pareja, las mujeres enfatizan en el estatus socioeconómico (Walter, Conroy-Beam, Buss, 2020). Es decir, las hembras humanas no eligen pareja según factores biológicos, sino factores culturales. Esto permite cuestionar si los humanos somos realmente una especie dimórfica.

El dimorfismo sexual explica por qué machos y hembras actúan de forma distinta. No obstante, en seres humanos, la cosa cambia. Buena evidencia indica que los roles de género (presentes en muchas sociedades) pueden haber reducido el DSH en ciertos rasgos anatómicos y haberlo aumentado en otros (Freyer y Wolpoff, 1985; Plavcan, 2012). Esto permite concluir que somos una especie más culturalmente dimórfica, que biológicamente dimórfica.

El dimorfismo sexual no es un rasgo único y no se debe a una sola causa. Aquí un león macho y una hembra. (Max Pixel)

¿Y el cerebro?

Uno podría decir que, así como entre hombres y mujeres hay diferencias del cuello para abajo, también las hay del cuello para arriba. ¡Eureka! ¡Nuestros cerebros son diferentes y si lo niegas, es porque crees que la evolución solo llega hasta el cuello! Sin embargo, la evidencia que describe los ritmos de la evolución no es tan obvia. Atribuir las diferencias de género al cerebro implica aceptar que los cerebros de hombres y mujeres son diferentes. ¿Será cierto esto?

En el siglo pasado, muchos científicos postularon que los cerebros de hombres y mujeres eran notoriamente distintos. No obstante, para otros académicos, aunque podamos identificar algunas diferencias en los cerebros de hombres y mujeres, concebirlos como opuestos constituía un mito que merecía ser desterrado (Janowsky, 1989; Hofman y Swaab, 1991). Con el tiempo, otros estudios cuestionaron que el cerebro humano fuera sexualmente dimórfico.

Para la neurocientífica Daphna Joel (2011), los cerebros de hombres y mujeres no son dimórficos, sino, por el contrario, son “multimórficos”. En palabras de la propia Joel (2011), «los cerebros humanos están compuestos de un mosaico heterogéneo y muy cambiante de características neurológicas ‘masculinas’ y ‘femeninas’ (en lugar de ser totalmente ‘masculino’ o totalmente ‘femenino’)» (p. 1).

Cuatro años después, Joel y colegas (2015) reiteraron que los cerebros de hombres y mujeres presentan más rasgos comunes que diferentes, pues “la variabilidad sustancial es más prevalente que la consistencia interna” (p. 2). Claramente se trata de una visión que “socava la visión dimórfica del cerebro y la conducta humana” (Joel et al., 2015, p. 5) –una que todavía es famosa en ciertos rincones de la comunidad científica y YouTube.

Por el tono de sus afirmaciones, el estudio recibió muchas críticas. Los opositores sostuvieron que, si aplicamos otros métodos, los cerebros de hombres y mujeres pueden ser diferenciados con una precisión estadística mayor al 90 % (Schmitt, 2015; Chekroud, Ward, Rosenberg y Holmes, 2016; Del Giudice et al., 2016; Glezerman, 2016; Rosenblatt, 2016). Estas críticas también coincidieron en que la definición de “consistencia interna” dada por Joel y colegas (2015) era problemática.

No obstante, Joel y colegas respondieron las críticas (Joel y Tarrasch, 2014; Joel, Hänggi y Pool, 2016; Joel, Persico, Hänggi, Pool y Berman, 2016; Joel et al., 2018; Joel y Vikhanski, 2019). Esto permitió centrar el verdadero debate: no si hay diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres (porque sí las hay), sino si tales diferencias conforman dos tipos distintos de cerebros, uno masculino y otro femenino. Es decir, si nuestros cerebros son sexualmente dimórficos.

Aunque los órganos sexuales de hombres y mujeres son marcadamente distintos, nuestros cerebros no lo son. De hecho, los científicos no han hallado diferencias importantes entre los cerebros de hombres y mujeres en casi un siglo (Berkowitz, 2020). Al contrario, la tendencia a explicar las diferencias de género mediante las diferencias cerebrales ha sido bautizada como neurosexismo –uno de los lastres académicos más difíciles de erradicar (Eliot, 2019).

Recientemente, sin negar que hay ciertas diferencias cerebrales entre hombres y mujeres, tres estudios apoyan la tesis de que nuestros cerebros no son sexualmente dimórficos.

El primero aplicó técnicas de neuroimagen en 9.620 personas (entre 17 y 78 años) y sostuvo que el cerebro humano se comprende mejor como un “continuo masculino-femenino” (Zhang et al., 2021). Según los autores, “era poco probable que la arquitectura funcional del cerebro se conceptualizara como binaria, como es el caso del sexo biológico, pero era más probable que estuviera representada continuamente en un espectro de género cerebral” (Zhang et al., 2021, p. 11).

El segundo revisó múltiples investigaciones sobre diferencias cerebrales y sostuvo que “el cerebro humano no es sexualmente dimórfico” (Eliot, Ahmed, Khan y Patel, 2021). Para los autores, no hay justificación para hablar de dimorfismo cerebral, pues “los cerebros de hombres y mujeres no son dimórficos […] sino monomórficos, como los riñones, el corazón y los pulmones, que pueden ser trasplantados entre mujeres y hombres con gran éxito” (Eliot et al., 2021).

Finalmente, el tercero sostuvo que nuestros cerebros son mosaicos compuestos de rasgos masculinos y femeninos (Joel, 2021). En esta revisión, Joel (2021) reafirmó la tesis del cerebro mosaico, volvió a responder las críticas y defendió la importancia de un “marco no-binario” para entender el funcionamiento cerebral, pues el marco binario “no es apropiado para comprender los efectos sexuales en el cerebro o incluso en el sexo mismo” (Joel, 2021).

Dichos estudios muestran que la evolución sí llegó hasta el cuello, pero no para hacer que los cerebros de hombres y mujeres sean radicalmente distintos (como algunos pretenden), sino radicalmente parecidos. Lo mismo ocurre en nuestra psicología. La hipótesis de las semejanzas de género, formulada por la psicóloga Janet Shibley Hyde (2005), postula que “los hombres y las mujeres son similares en la mayoría de variables psicológicas, aunque no en todas” (p. 581).

La especie humana no es altamente dimórfica, sino todo lo contrario, según los trabajos de investigación. (PxFuel)

¿Pequeños cambios hacen grandes diferencias?

La literatura académica sobre DSH es concluyente: biológicamente hablando, hombres y mujeres somos más parecidos que diferentes (esto incluye al cerebro). No obstante, dado que ningún científico ha negado la existencia de ciertas diferencias cerebrales, uno podría tomar el lema de pequeños cambios hacen grandes diferencias y decir que tales pequeñas diferencias explican las grandes diferencias en nuestra conducta. ¿Qué tan adecuado sería?

Para resolver este dilema necesitamos no cualquier estudio que, con una muestra acotada, diga que las diferencias cerebrales impactan o influyen en la conducta (aquí cabe destacar que hablamos de diferencias promedio en un país o región, y no de diferencias individuales). No necesitamos un estudio empírico, sino uno teórico: necesitamos uno que revise diversas investigaciones y formule una conclusión general.

Si se trata de diferencias entre hombres y mujeres, hay múltiples estudios teóricos. De hecho, la mayoría de investigaciones que postulan la existencia de diferencias cerebrales y conductuales entre hombres y mujeres son teóricas: revisiones de literatura, metaanálisis o revisiones sistemáticas. Incluso podemos hallar densos libros de casi mil páginas que sintetizan diferencias de todo tipo entre hombres y mujeres (Ellis et al., 2008).

Sin embargo, tales estudios no responden la pregunta, pues el debate no trata sobre la existencia de diferencias cerebrales entre hombres y mujeres, sino sobre si tales pueden explicar causalmente las diferencias conductuales. Por suerte, recientemente se han publicado dos estudios que abordan este tema: el primero publicado por el neurogenetista Kevin Mitchell (2019) y el segundo publicado por la neurocientífica Melissa Hines (2020).

Aunque ambos reconocen las diferencias cerebrales, no afirman que tales puedan explicar las diferencias conductuales. Según Mitchell (2019), “en ausencia de un vínculo causal entre las diferencias observadas en la estructura del cerebro y las de la conducta, tales afirmaciones son puramente especulativas. Como tales, son inferencias infundadas de que existen vínculos estrechos entre el tamaño de las partes del cerebro y el desempeño de conductas humanas complejas” (Mitchell, 2019).

Asimismo, para Hines (2020), las diferencias cerebrales pueden hacernos creer que las diferencias conductuales son innatas, no obstante, “esta perspectiva refleja un malentendido”.

Aunque ciertas regiones subcorticales se vinculen a la orientación sexual y la identidad de género, “ninguna otra diferencia sexual en la estructura cerebral se ha relacionado con conductas humanas o características psicológicas que muestren diferencias sexuales fiables y sólidas” (Hines, 2020, p. 41).

Este tipo de conclusiones también están presentes en estudios que defienden la existencia de diferencias cerebrales, pues reconocer tales diferencias no implica aceptarlas como la causa de la conducta disímil de hombres y mujeres. De hecho, afirmar que hombres y mujeres actúan de manera distinta porque poseen cerebros distintos sería un claro ejemplo de determinismo biológico o neurológico.

En lo que constituye el estudio neurológico realizado con la mayor cantidad de personas (n = 5216), Stuart Ritchie y colegas (2018) reportaron múltiples diferencias cerebrales (en volumen, grosor cortical y conectividad funcional) entre 2466 hombres y 2750 mujeres de entre 44 y 77 años. No obstante, pese a la evidencia, Richie y colegas (2018) afirmaron que sus “resultados descriptivos no hablan directamente de ningún mecanismo causal” (p. 2970).

En otras palabras, reconocer la existencia de diferencias no nos dice nada sobre su origen ni su función.

Conclusión

De momento, la evidencia científica es clara: las diferencias biológicas entre hombres y mujeres no causan las diferencias en su conducta. Los rasgos de nuestra anatomía no determinan nuestras preferencias, competencias, desempeños o elecciones.

En resumen, ni el cuerpo ni el cerebro explican ni determinan las diferencias de género. La conducta de hombres y mujeres no depende de nuestra biología, sino del entorno cultural en el que vivimos (Morales, 2020).

Pavo real macho y una hembra. Hay machos y hembras de una especie que son más dimórficos que otros. (WikiCommons)

Referencias

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