Diversos estudios sostienen que la cultura es un elemento clave en el desarrollo y funcionamiento del cerebro. (Pixabay)
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Basándose en los trabajos del naturalista Charles Darwin, disciplinas como  la sociobiología y psicología evolucionista (específicamente, la escuela de Santa Barbara) han sostenido que la mente humana fue moldeada por la selección natural. Para sus representantes, tal como ocurre con la anatomía, las habilidades cognitivas del ser humano son resultado de la evolución genética.

Sin embargo, con el tiempo, tales enfoques centrados en la dimensión biológica fueron criticados por su ineficacia explicativa. Novedosas propuestas teóricas demostraron que el componente más importante de la ecuación de la evolución humana no era la selección natural, sino la cultura. Ello mostró tener profundas implicancias en la evolución de la mente humana –un área llamada evolución cognitiva.

¿A qué llamamos “mente”?

A mediados del siglo XX, el reconocido psicólogo B. F. Skinner (1977) rechazó las “explicaciones mentalistas” de la psicología cognitiva que empleaban términos como “mente”, “sentimiento” o “pensamiento”. Pese a las objeciones, la revolución cognitiva se instaló y el término “mente” fue ampliamente referido en muchas áreas de las ciencias cognitivas, incluyendo la filosofía.

En antropología y biología, el término “mente” también fue empleado, aunque no como un concepto explicativo, sino como una etiqueta que agrupa la totalidad de procesos cognitivos. Ajeno al mentalismo y bajo principios compatibles con cierto conductismo (Wilson y Hayes, 2018), tales disciplinas defendieron que la interacción del organismo con su entorno era clave para comprender sus procesos cognitivos.

La mente como adaptación biológica

En la carrera por la explicación de la mente, los trabajos de Darwin fueron esenciales. Disciplinas como sociobiología (a mediados del siglo XX) o psicología evolucionista (desde los años 90 hasta la actualidad) sostuvieron que la mente humana fue moldeada por la selección natural –el principal mecanismo que posibilita la evolución de los organismos mediante el desarrollo de adaptaciones biológicas.

Para el entomólogo E. O. Wilson (1975), la sociobiología es “el estudio sistemático de las bases biológicas de toda conducta social” (p. 4). Aunque estuvo especializada en sociedades animales, también consideró la conducta social de los homínidos, así como los “rasgos adaptativos” de las sociedades humanas. Para esta disciplina, los atributos mentales que generan nuestra sociabilidad fueron moldeados por selección natural.

Siguiendo esta línea de pensamiento, Jerome Barkow, Leda Cosmides y John Tooby publicaron The adapted mind –obra que fundó la psicología evolucionista moderna (llamada escuela de Santa Barbara). Para Barkow, Cosmides y Tooby (1992), así como ocurre con la anatomía, los mecanismos de nuestra mente “son adaptaciones construidas a lo largo del tiempo por la selección natural” (p. 5).

En How the mind works, el psicólogo Steven Pinker (1997) refrendó esta propuesta y sostuvo que “la mente es un sistema de órganos de computación diseñado por selección natural para resolver los problemas que enfrentaron nuestros ancestros evolutivos en su estilo de vida forrajero” (p. 21). Como claramente puede observarse, ambas disciplinas conciben a la mente humana como una adaptación moldeada por selección natural.

Refutando el adaptacionismo

Pese al impacto generado, la sociobiología y la psicología evolucionista fueron criticadas por su adaptacionismo (por presuponer que la mente constituye una adaptación moldeada por selección natural). El paleontólogo Stephen Jay Gould (1997a) bautizó esta tendencia como “fundamentalismo darwiniano”: mientras el pluralismo aprehende diversos mecanismos evolutivos, el fundamentalismo enfatiza en la selección natural.

Según Gould (1997b), al explicar la mente humana, la psicología evolucionista de Santa Barbara elaboró una “narrativa adaptacionista” compuesta de “modos especulativos o narrativos” y just so stories (puros cuentos) sobre nuestra vida prehistórica. Por sostener que los mecanismos de la mente humana son adaptaciones moldeadas por selección natural, dicha disciplina fue catalogada de “ultradarwiniana” (Ibíd.).

Para el biólogo Richard Lewontin (1998), el estudio evolutivo de la cognición humana es un “caso difícil”. Como tal, la teoría de la evolución por selección natural opera mediante tres principios: variación (hay variación anatómica y conductual en los miembros de una especie), herencia (la descendencia hereda ciertos rasgos de sus antecesores) y selección (los individuos con ciertos rasgos dejan mayor descendencia que otros).

Para sostener que nuestra mente ha sido moldeada por selección natural, debemos demostrar que hay variación y herencia de capacidades cognitivas de los individuos y, además, probar que los individuos con mejores capacidades dejan mayor descendencia. Referir a la selección natural para explicar la mente sin brindar tales evidencias desemboca en “pura especulación y cuentos imaginativos” (Ibíd., p. 111).

Incluso actualmente la explicación evolucionista de nuestra cognición es cuestionada. Por influencia del propio Darwin, durante mucho tiempo se buscó explicar la mente humana, comparándola con la de los primates y hasta se sostuvo que las diferencias entre ambas eran de grado, no de tipo. Dicho efecto, que impedía analizar sus desigualdades, fue llamado “el error de Darwin” (Penn, Holyoak y Povinelli, 2008).

Algunos fueron más allá y hasta afirmaron que la evolución no puede explicar cómo trabaja la mente porque el empleo de marcos evolucionistas confunde entre explicaciones causales y explicaciones funcionales (Bolhuis, 2015). A ello se suma que la psicología evolucionista de Santa Barbara ha sido ampliamente criticada por su adaptacionismo, su modularismo y por subestimar el impacto de la cultura (Morales, 2020a).

Si bien es cierto que, desde Lewontin hasta Bolhuis, las explicaciones evolucionistas de la mente humana han sido cuestionadas, tales refieren casi exclusivamente al paradigma adaptacionista, cuyos mejores aliados son la sociobiología y la psicología evolucionista. Recientemente, un conjunto amplio de estudios demuestra la posibilidad de explicar la evolución de nuestra mente, aunque desde marcos teóricos notoriamente distintos.

El vínculo cultura-cognición

Un primer paso para entender cómo la cultura moldea la mente es comprendiendo su influencia en el día a día. Aunque la psicología social reconoce que la cultura afecta los procesos cognitivos (Shepherd, 2011), la antropología fue la primera disciplina en estudiar sistemáticamente el vínculo cultura-cognición, gracias a su larga tradición en la síntesis etnográfica de diversas culturas (D’Andrade, 1981).

Aunque el fin de la antropología es comprender la conducta, es sabido que los individuos actúan obedeciendo las normas sociales. Analizando terminologías de parentesco y taxonomías folk, los antropólogos demostraron que la cultura no solo influencia nuestra conducta, sino además nuestros sentimientos y pensamientos. Tales estudios fueron llamados antropología cognitiva.

Para Roy D’Andrade (2003), la antropología cognitiva es “el estudio de la relación entre sociedad y pensamiento” (p. 1). En este campo, el objetivo del antropólogo es estudiar “cómo las personas, dentro de grupos sociales, conciben y piensan acerca de los objetos y eventos que componen su mundo” (Ibíd.). Ello incluye tanto objetos físicos (plantas y animales) como objetos no físicos (creencias e ideas).

Según D’Andrade (2003), si uno desea explicar ciertos fenómenos sociales, “la cultura necesita ser investigada porque la manera en que funciona la sociedad está profundamente afectada por lo que se aprende como patrimonio cultural” (p. 251). Por tal razón es que en antropología usualmente se afirma que es imposible entender la conducta individual si no hemos entendido antes la cultura social.

Gracias a diversos aportes (Lagunas, 2012; Bennardo, 2014), la antropología cognitiva se consagró como una reconocida disciplina. Para algunos, dichos aportes eran motivo suficiente para que formara parte de las ciencias cognitivas (Morales, 2019). Con el paso del tiempo, el estudio del vínculo cultura-cognición se consolidó como un campo autónomo con teorías y métodos propios (Ross, 2004).

De todos los aportes de la antropología, el más importante es el uso de la etnografía. Mientras la mayoría de científicos cognitivos y psicólogos consideraban que los procesos mentales eran independientes de la cultura, diversos antropólogos utilizaron la etnografía y afirmaron, por el contrario, que los procesos mentales son dependientes de la cultura. Tales diferencias consolidaron dos propuestas.

Por un lado, la mayoría de científicos cognitivos y psicólogos desarrollaban un enfoque analítico mediante el empleo de métodos experimentales para estudiar los mecanismos de la mente individual. No obstante, por otro lado, algunos antropólogos desarrollaban un enfoque holístico mediante el empleo de métodos etnográficos para estudiar cómo la cultura moldea la cognición en grupos sociales (Bender y Beller, 2011, p. 4).

Por su peculiar método, algunos sostuvieron que, si las ciencias cognitivas buscan un “entendimiento comprensivo” de la mente humana, entonces “necesitan considerar e integrar la perspectiva que ofrece la antropología sobre la constitución cultural de la cognición” (Ibíd.). Según Tamás Biró (2014), ambas perspectivas son necesarias pues “solo juntas pueden descifrar el cerebro cultural” (p. 141).

Por considerar el contexto amplio en el que ocurren los procesos cognitivos, la etnografía permite al antropólogo enfocarse en el bosque, no en los árboles (Boster, 2011). Dicha estrategia investigativa ha desarrollado una perspectiva antropológica en el estudio de la mente, caracterizada por su holismo etnográfico, una concepción ampliada de la cultura y, especialmente, el estudio de poblaciones no occidentales (Morales, 2019).

Problemas con la diversidad

Como tal, la antropología ha analizado tópicos diversos (razonamiento causal, teoría de la mente, toma de decisiones, categorización o cognición numérica) y develado un principio fundamental: la cultura importa al constituir el entorno sociocultural en el que ocurre el aprendizaje y se desarrollan nuestras habilidades cognitivas. Aquí la diversidad cultural obtiene mayor relevancia.

Según Gregory Bonn (2015), la cultura es importante “no por la creencia en diferencias genéticas esenciales entre grupos de personas, sino por las prácticas, tradiciones y narrativas compartidas por los grupos, que los mantienen unidos” (pp. 77-78). Así, la cultura es reconocida como “de primordial importancia para nuestra comprensión de la cognición humana” (Bender, Beller y Medin, 2012, p. 465).

Si de diversidad cultural se trata, múltiples estudios demuestran que las poblaciones europeas y norteamericanas poseen una cognición analítica porque explican la conducta de un ente refiriendo a sus disposiciones internas (Nisbett, Peng, Choi y Norenzayan, 2001). En cambio, las poblaciones asiáticas poseen una cognición holística porque entienden la conducta apelando a factores contextuales (Ibíd.).

De hecho, el problema de la diversidad cognitiva es fundamental en el vínculo cultura-cognición. Según amplia evidencia, diversas sociedades de Norteamérica, Europa, Asia, América Latina y África poseen diversos modelos culturales sobre el mundo (Bennardo y De Munck, 2014). Un modelo cultural es la concepción que tiene un individuo sobre su entorno, incluyendo su propia conducta y la conducta de los demás.

Mejor aún, diversos académicos cuestionaron que muchos estudios experimentales en ciencia cognitiva y psicología emplean mayormente muestras integradas por estudiantes universitarios norteamericanos –la llamada población W.E.I.R.D. (Henrich, Heine y Norenzayan, 2010). Y es que, si uno no comprende la diversidad cognitivo-cultural, es virtualmente imposible teorizar sobre la mente humana universal.

“Aquí hay un experimento que Ud. puede hacer. Vaya a alguna charla de la Sociedad de Ciencia Cognitiva y escuche la descripción de la muestra del estudio. Las probabilidades son que ocurra una de dos cosas: (a) La muestra del estudio no se mencionará en absoluto, o (b) se brindará una descripción de una palabra ‘personas’, lo cual significa: ‘estudiantes de pregrado cursando Introducción a la Psicología en mi universidad’” (Beller, Bender y Medin, 2012, pp. 351-352)

Para el antropólogo Stephen Levinson (2012), las ciencias cognitivas se basan en el “mito ideológico de la mente humana” cuyo “pecado original” es la negación de la diversidad y variación de la cognición humana. Para Levinson (2012), las ciencias cognitivas han mostrado “cero interés” en lo que constituye el principal aporte de la antropología como ciencia: el estudio de la diversidad humana. Pese a ello, hay voces discordantes.

Según Annelie Rothe (2012), la antropología brinda “una valiosa perspectiva holística sobre la cognición, un profundo conocimiento etnográfico y métodos únicos que son sensibles a la variación cultural y la información del contexto” (p. 390). Asimismo, para Olivier Le Guen (2012), “el estudio de la cognición humana necesita tener en cuenta todos los parámetros que definen la cognición, incluido su contexto y entorno cultural” (p. 451).

En efecto, un logro importante de la antropología es haber comprobado la existencia de un vínculo esencial entre cultura y cognición. Ello deriva en comprender la mente humana no como una adaptación moldeada por selección natural, sino como un fenómeno cultural variable. No obstante, el mero hecho de reconocer la diversidad cognitiva no brinda una explicación razonable sobre su origen o desarrollo.

Recientemente, en The WEIRDest people in the world, el antropólogo Joseph Henrich (2020) investigó por qué los occidentales poseen rasgos cognitivos peculiares y concluyó que las diferencias cognitivas entre poblaciones no resultan de la evolución genética, sino de procesos históricos. Si sabemos que la cultura influencia la cognición en el día a día, ¿qué tanto la influyó en su evolución durante los últimos miles o millones de años?

La evolución (cultural) de la mente

En los 70, Robert Boyd y Peter Richerson formularon la teoría de la herencia dual. Para esta propuesta, la conducta humana debe explicarse considerando dos sistemas de herencia: el biológico, heredado de nuestros pares biológicos, y el cultural, heredado de nuestros pares sociales (Morales, 2020b). Dicha teoría analizó diversos aspectos de la evolución humana, incluida nuestra cognición.

Uno de los pioneros en estudiar la evolución cultural de la mente fue el psicólogo Michael Tomasello. En su clásica obra The cultural origins of human cognition, Tomasello (1999) desestimó explicaciones genéticas y sostuvo que “el asombroso conjunto de habilidades y productos cognitivos desplegados por los humanos modernos es resultado de algún tipo de modo o modos de transmisión cultural únicos en la especie” (p. 4).

Como tales, los humanos poseemos una “adaptación cognitiva” única en nuestra especie: la capacidad de “identificarse con congéneres en formas que les permita entenderlos como agentes intencionales” (Ibíd., p. 202). Dicha característica hace que nuestra cognición sea una “cognición cultural” cuyo entendimiento debe realizarse en función de tres marcos fundamentales: filogenia, historia y ontogenia.

Refiriéndose al concepto evolución cultural acumulativa, Tomasello (1999) demostró que diversas tradiciones sociales, prácticas y artefactos producidos en diversas sociedades humanas se acumulan en el tiempo y pueden modificar la cognición humana. Tal forma de evolución acumulativa constituye “la explicación de muchos de los logros cognitivos más impresionantes de los humanos” (Ibíd., p. 7).

El “argumento central” de su obra es que “son estos procesos, no algunas adaptaciones biológicas especializadas directamente, los que han realizado el trabajo real de crear muchos, si no todos, los productos y procesos cognitivos más distintivos e importantes de la especie Homo sapiens” (Ibíd., p. 11). Gracias a estas dinámicas culturales, es posible estudiar los rasgos universales y particulares de nuestra mente.

Actualmente, la evolución cultural de la mente es un campo autónomo que incluye tópicos como cooperación, lenguaje, desarrollo cerebral, imitación, cognición social o religión, y dialoga con disciplinas como genética, neurociencia, antropología, psicología, ecología, historia, paleoantropología o arqueología (Schaller, Norenzayan, Heine, Yamagishi y Kameda, 2010; Hatfield y Pittman, 2013). La literatura científica es amplia.

La mejor síntesis sobre la evolución cultural de la mente la podemos hallar en Darwin’s unfinished symphony: How culture made the human mind, del biólogo Kevin Laland. En dicha obra, Laland (2017) consideró la importancia de la cultura y argumentó que “los extraordinarios logros de nuestra especie se pueden atribuir a nuestra capacidad excepcionalmente potente para crear cultura” (p. 7).

Dicho modelo, vinculado a la propuesta de Tomasello, sostiene que la cultura (aquel conjunto de conocimientos socialmente aprendidos) constituye el aspecto más importante de la evolución de la mente humana. Según Laland (2017), “las facultades intelectuales más preciadas de nuestra especie fueron moldeadas en un torbellino de feedbacks coevolutivos en los que la cultura desempeñó un rol vital” (p. 3).

El mecanismo que posibilita la evolución cultural acumulativa es la transmisión cultural (la transferencia de información sobre prácticas, normas y creencias sociales). A su vez, el mecanismo que permite la transmisión cultural entre generaciones e individuos es el aprendizaje social. De este, hay un tipo particular que es clave para nuestro esquema: el aprendizaje cultural.

A diferencia del aprendizaje social (donde un individuo aprende cierta actividad al imitar la conducta de sus pares), el aprendizaje cultural –presente solo en humanos– refiere a la obtención de información mediante la realización de inferencias sobre las preferencias, objetivos o creencias de sus pares (Morales, 2020b). Tal forma de aprendizaje no resulta de procesos de adaptación genética, sino de adaptación cultural (Heyes, 2012).

En este esquema, la enseñanza (teaching) cumple un rol esencial. Según Laland (2017), la enseñanza es una “conducta costosa diseñada para asegurar el aprendizaje en otros” (p. 28) cuyo objetivo es la “transmisión de información de alta fidelidad” (Ibíd., p. 29). El mecanismo que hace posible compartir información fiel es el propio lenguaje –otro rasgo que distingue al ser humano de otras especies.

“Las actividades aprendidas y socialmente transmitidas de nuestros antepasados crearon las condiciones bajo las cuales evolucionó nuestra inteligencia mucho más que el clima, los depredadores o las enfermedades. Las mentes humanas no están construidas solo para la cultura; están construidos por la cultura. Para comprender la evolución de la cognición, primero debemos comprender la evolución de la cultura, porque para nuestros antepasados y quizás solo para nuestros antepasados, la cultura transformó el proceso evolutivo.” (Ibíd., p. 30)

Al ser el resultado de un largo y tortuoso proceso evolutivo implementado hace aproximadamente 2,5 millones de años (género Homo), la cultura es también “gran parte del proceso explicativo” (Ibíd.). Dicha perspectiva brinda importantes luces sobre la relevancia de las prácticas, normas y creencias sociales en la explicación y comprensión de la evolución de nuestra mente.

Coevolución gen-cultura, selección cultural y nicho cultural

Aunque la cultura posea un rol directriz, lo genético no es ignorado. De hecho, para los evolucionistas culturales nuestra evolución debe comprenderse como una coevolución genético-cultural. Por ejemplo, se sabe que el uso y fabricación de herramientas generó un feedback entre prácticas culturales y herencia genética. La arqueología cognitiva brinda amplia evidencia sobre ello (Overmann y Coolidge, 2019).

Según Laland (2017), “dicho feedback selectivo impulsó la evolución cognitiva en ciertos linajes primates y finalmente fue responsable del sorprendente poder computacional del cerebro humano” (p. 208). Lo que moldea nuestra mente es una coevolución gen-cultura dirigida por prácticas culturales. Para este enfoque, “la cultura no es solo un producto, sino además un codirector de la evolución humana” (Ibíd., p. 209).

Al incluir la transmisión cultural como mecanismo de evolución cultural, comprendemos cómo ciertas conductas o prácticas aprendidas coevolucionan con los alelos que afectan la recepción o expresión de dicha conducta. Ello considerando, además, que el entorno es capaz de afectar la adaptabilidad (fitness) del organismo. Así, es posible comprender la herencia de rasgos conductuales y las ventajas adaptativas de la cultura.

En efecto, muchos genes involucrados en el desarrollo cerebral, el funcionamiento del sistema nervioso, las capacidades de aprendizaje y las habilidades cognitivas muestran signos de selección reciente (Ibíd., pp. 226-227). Según Laland (2017), “la evidencia antropológica proporciona la indicación más clara hasta ahora de que la coevolución entre genes y culturas es un hecho de la historia humana” (p. 222).

Si bien parte de nuestra conducta resulta de la influencia de la selección natural sobre nuestra genética, es posible reconocer que esta ha sido influenciada por diversos cambios socioculturales en los últimos 50 mil años (Laland, Odling-Smee y Myles, 2010). Dichos cambios recientes muestran claras implicancias en el desarrollo y funcionamiento de nuestro cerebro (Bolhuis, Brown, Richardson y Laland, 2011).

Por alterar los rumbos de la evolución genética, la cultura es un elemento central de este modelo teórico y, asimismo, es reconocida como una fuerza selectiva. En efecto, la llamada selección cultural refiere a cómo la cultura puede comandar los esfuerzos de la selección natural (dejarla en segundo plano) y convertirse en la primera fuerza motriz de nuestra evolución (Morales, 2020b).

En este esquema, la construcción de nichos es fundamental. Un nicho refiere a cómo un organismo altera su entorno ecológico para adaptarse a él. En nuestro caso, las diversas sociedades y civilizaciones humanas conforman los nichos resultantes de la alteración de los ambientes ecológicos (Ibíd). Dado que el ser humano es un animal cultural, los nichos humanos son llamados nichos culturales.

“La construcción de nichos culturales no solo impuso la selección en nuestros cuerpos […], sino que también transformó la mente humana, dejando nuestra cognición específicamente adaptada para la vida cultural. Entre esos genes sujetos a selección reciente son numerosos los genes expresados en el cerebro y el sistema nervioso humanos, incluidos los expresados en nuestro aprendizaje, cooperación y lenguaje.” (Laland, 2017, p. 230)

Nuestros antepasados lograron adaptarse a sus entornos, modificándolos. Hoy, nosotros continuamos alterando nuestros entornos y construyendo civilizaciones que moldean la evolución de nuestra mente. La construcción de nichos culturales es clave para entender la evolución humana y, desde luego, la propia evolución cognitiva. Ambos conceptos resultan muy vinculados.

Una psicología evolucionista cultural

Las propuestas aquí analizadas conforman un campo de conocimiento que puede llamarse psicología evolucionista cultural (Tomasello, 1999; Laland, 2017; Heyes, 2018). Es psicología evolucionista porque estudia la cognición humana desde un marco teórico evolucionista y es cultural porque reconoce a la cultura como el principal factor en la explicación de nuestra mente.

Pese a ciertos acuerdos generales, esta forma de estudiar la mente discrepa profundamente con la psicología evolucionista de Santa Barbara. Laland (2017) lo expone así: “Lejos de quedar atrapados en el pasado por un legado biológico obsoleto, los humanos se caracterizan por una plasticidad notable. Nuestra capacidad de adaptación se ve reforzada por la evolución cultural y biológica” (p. 232).

En Cognitive gadgets: The cultural evolution of thinking, la psicóloga Cecilia Heyes (2018) sostuvo que nuestras habilidades cognitivas no son “instintos” generados por la evolución genética, sino “gadgets” producidos por la evolución cultural. Son mecanismos generados no por mutación, sino por innovaciones del desarrollo cognitivo transmitidas vía aprendizaje social.

Opuesta a la escuela de Santa Barbara, la psicología evolucionista cultural “sugiere que la investigación sobre el desarrollo y los orígenes evolutivos de la cognición humana debería estar informada por las humanidades y las ciencias sociales” (Ibíd., p. 6). Las diferencias entre ambos programas (instintos cognitivos vs. gadgets cognitivos) son imposibles de ignorar (Ibíd., pp. 9-12).

Incluso si uno coincide con algunas ideas de la escuela de Santa Barbara, el rol de la cultura en la formación de las llamadas adaptaciones mentales resulta más importante de lo previsto. En The shape of thought, el antropólogo H. Clark Barrett (2015) sostuvo que “la cultura y las mentes no se pueden desacoplar ni ser una entendida sin referencia a la otra” (p. 223).

Usualmente, la psicología se apoya en nociones que son problemáticas desde un marco evolucionista cultural –como la idea de una mente humana universal. Para evitar ello, algunos han propuesto que, si la psicología desea ser una “ciencia genuinamente universal de la cognición y el comportamiento humanos”, entonces debe ser una “ciencia histórica” (Muthukrishna, Henrich y Slingerland, 2021).

Darwin especuló la evolución de nuestra mente empleando el mecanismo utilizado para explicar la evolución de nuestro cuerpo: la selección natural. Este mismo esquema fue utilizado por la psicología evolucionista de Santa Barbara. No obstante, según Laland (2017), en ambas propuestas “lo que no se reconoció hasta hace poco fue el papel central que desempeñó la cultura en los orígenes de la mente” (p. 13).

En cambio, para los evolucionistas culturales los seres humanos nacemos y vivimos en organizaciones (sociedades de pequeña escala o sociedades complejas) compuestas de instituciones, normas, creencias y prácticas diversas. Ello nos distingue de nuestros parientes primates más cercanos no solo a nivel anatómico, sino fundamentalmente en relación a nuestras habilidades cognitivas.

“Nuestra potente cultura y la retroalimentación que generó encendieron los posquemadores evolutivos y permitieron que nuestra cognición se adelantara a la de otras especies, generando así un gran abismo entre las capacidades intelectuales de los humanos y otros animales.” (Ibíd., p. 231)

En efecto, la hipótesis de la inteligencia cultural indica que los humanos poseemos habilidades cognitivas únicas (no observadas en otros primates) gracias a un conjunto de habilidades sociocognitivas que nos empuja a participar activamente en grupos culturales (Herrmann, Call, Hernández-Lloreda, Hare y Tomasello, 2007). Ello explica por qué los niños muestran mayores habilidades sociales que los primates (Hare, 2011).

Inclusive la inteligencia –un tópico que se creyó genéticamente dependiente– resultó estar muy influenciada por la cultura. Para el antropólogo Edwin Hutchins (2008), las prácticas culturales moldearon nuestra inteligencia, haciéndola única; por tanto, “[a]l ignorar el papel de las prácticas culturales en el funcionamiento del sistema cognitivo humano, nos arriesgamos a distorsionar nuestros estudios de la inteligencia humana” (p. 2018).

Estas y otras características hacen que nuestra mente sea única y distinta. Recientemente, Kevin Laland y Amanda Seed (2021) afirmaron que la “unicidad cognitiva humana” no se compone de rasgos exclusivamente humanos, sino “de interacciones y feedbacks de rasgos, con experiencias de desarrollo culturalmente estructuradas, construyendo sobre diferencias biológicas evolucionadas y reforzándolas” (p. 708).

Cerebro social y cerebro cultural

Tras analizar la influencia de la cultura en la cognición y su evolución, queda la duda de si aquella muestra correlatos en aquel sustrato orgánico que, para algunos, nos define como humanos: el cerebro. ¿Tendrá la cultura alguna influencia en el desarrollo y funcionamiento de nuestro cerebro? Así como en los casos anteriores, diversos estudios sostienen que es un elemento clave.

Como tal, la cultura influye en la aplicación de pruebas neuropsicológicas (Manly, 2008) y técnicas de neuroimagen (Han y Northoff, 2008). Ello revela que nuestro cerebro está cableado por la cultura: “[h]ay clara evidencia de que los valores y experiencias culturales moldean los procesos neurocognitivos e influencian los patrones de activación neuronal e incluso afectan las estructuras neuronales” (Park y Huang, 2010, p. 399).

Al estar cableado por la cultura, nuestro cerebro también está cableado para la cultura, es decir, para hacer de nosotros una especie cultural. En Wired for culture, el biólogo Mark Pagel (2012) sostuvo que “[t]ener cultura significa que somos la única especie que adquiere las reglas de su vida diaria desde el conocimiento acumulado de nuestros antepasados y no de los genes que nos transmiten” (p. 3).

El estudio del impacto cultural en nuestros cerebros ha generado no solo la aparición de disciplinas como neuroantropología (Lende y Downey, 2012) y neurociencia cultural (Chiao, Li, Seligman y Turner, 2016), sino además la formulación de hipótesis sobre nuestro particular desarrollo cerebral, siendo dos las más relevantes: la hipótesis del cerebro social y la hipótesis del cerebro cultural.

La hipótesis del cerebro social (SBH), desarrollada por el antropólogo Robin Dunbar (2003), sostiene que nuestro cerebro es resultado de las demandas cognitivas de nuestra intensa vida social cooperativa y manifiesta en actividades como caza, religión, lenguaje o conformación de grupos. Para la SBH, la complejidad social de nuestro entorno es el principal predictor de nuestro desarrollo cerebral (ambos están muy correlacionados).

Antes llamada hipótesis de la inteligencia maquiavélica, la SBH emplea el tamaño grupal y el volumen del neocórtex como indicadores de complejidad social y desarrollo cerebral respectivamente. Opuesta a la escuela de Santa Barbara, la SBH argumenta que nuestra inteligencia social no constituye un “módulo especial”, sino “un reflejo de la habilidad de emplear funciones ejecutivas básicas de forma más sofisticada” (Ibíd., 167).

Como tal, la SBH puede explicar algunos tópicos fundamentales de nuestra evolución como el tamaño de grupos sociales, el lenguaje y la cultura: los grupos sociales grandes están muy relacionados al tamaño cerebral; el lenguaje evolucionó para fortalecer los lazos sociales; mientras, la emergencia de la cultura –sobre todo en sus formas complejas– necesitan de una cognición social desarrollada (Dunbar, 2003).

Por otro lado, la hipótesis del cerebro cultural (CBH) afirma que el tamaño del cerebro humano coevolucionó con el tamaño del grupo social, las estrategias de aprendizaje, la estructura de apareamiento y la duración del período juvenil. Como tales, los cerebros fueron seleccionados por su capacidad de almacenar y gestionar información, es decir, para un mayor y mejor aprendizaje (Muthukrishna, Doebeli, Chudek y Henrich, 2018).

La CBH desarrolla la hipótesis del cerebro cultural acumulativo (CCBH), una serie de condiciones sobre nuestro crecimiento cerebral. Cuando tales se presentan, el aprendizaje social hace que el conocimiento adaptativo se acumule y seleccione cerebros grandes. A su vez, estos cerebros mejoran la acumulación de información y crean un “bucle de retroalimentación autocatalítica” (Ibíd., p. 37) que genera la coevolución gen-cultura.

Según los autores, la CBH se relaciona a la SBH porque ambas sostienen que nuestros cerebros han evolucionado para enfrentase a las complejidades de nuestra dinámica vida social. No obstante, hay diferencias considerables: mientras la SBH prioriza en instancias como engaño táctico y cooperación (como signos de complejidad social), la CBH enfatiza en nuestras capacidades de aprender –incluso de aprender a cooperar (Ibíd., pp. 3-4).

Reflexiones finales

Pese a ser fundamental en tópicos como atención, percepción, categorización o memoria (Ji y Yap, 2016), muchos trabajos en ciencia cognitiva no aprehenden la importancia de la cultura (Lamberts y Goldstone, 2005). Pese a su resistencia, hoy la cultura respalda tópicos como cognición extendida (Menary, 2010), cognición incorporada (Leung, Qiu, Ong y Tam, 2011) o cognición distribuida (Hutchins, 2013).

Considerando que la cultura realiza una “reingeniería” de nuestra arquitectura cognitiva humana (Wilson, 2010), es pertinente una integración entre evolución cultural y ciencia cognitiva. Por lo pronto, que la cultura haya moldeado la mente humana parece un hecho consumado a la luz de la evidencia reciente. Al final, la variabilidad cultural resultó ser más profunda de lo sospechado.

“Si el procesador no es universal, ¿por qué los procesos deberían serlo? Si el cerebro es organizado por la experiencia y la experiencia es organizada por la cultura, entonces ¿no deberíamos esperar que la cultura sea una fuerza formativa de los procesos cognitivos?” (Bender, Hutchins y Medin, 2010, p. 380)

Según Ivan Colagè y Francesco d’Errico (2018), la innovación cultural influencia las capacidades cognitivas de poblaciones homininas (un proceso llamado “exaptación cultural”), así como los sustratos neurológicos de sus individuos (“reúso neuronal cultural”). Ambos procesos constituyen una forma evolución mental donde la cultura es la “fuerza conductora de la cognición humana” (Ibíd.).

Considerando la evidencia presentada, la pregunta sobre la naturaleza de la mente humana debe ser respondida apelando sin ambages a su innegable influencia cultural. Solo mediante dicho giro dejaremos de ver la mente humana como un fenómeno biológico innato para concebirla como lo que realmente es: un fenómeno histórico-cultural.

Referencias

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2 Comentarios

  1. La verdad es, que la cultura es la que forma la evolución del conocimiento de todas las ciencias, y es necesaria para comprender el raciocinio evolutivo y concebir la paz nacional y mundial: Julio Hugo Arana Sánchez. Bogotá Colombia.

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