determinismo biológico
Al sobreestimar la genética y subestimar la cultura, el determinismo biológico brinda una imagen falsa de la naturaleza humana (Imagen: Microsoft Designer).
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Usualmente, el término determinismo biológico (DB, en adelante) se emplea para criticar a quienes pretenden explicar fenómenos sociales (como la pobreza o la brecha salarial de género) apelando a la biología. Aunque referir a factores biológicos no es, en sí mismo, algo negativo, atribuirles poder causal es algo muy criticable.

Puede que su empleo como arma política sea bien conocido, pero no ocurre lo mismo con su historia, razonamientos y alcances. Para superar tal brecha, este artículo explora qué es el DB, cuál es la estructura de su argumento, qué disciplinas lo promueven y por qué debemos combatirlo.

El también llamado biologicismo suele ocultarse en las grietas de los razonamientos científicos, entre lo que indican los datos y lo que afirma el investigador. Con respecto a la conducta humana, aquel vicio emerge en quienes sobreestiman la biología y subestiman la cultura.

¿Qué es el determinismo biológico?

El DB puede definirse como la doctrina de que los fenómenos sociales (como la desigualdad económica, la brecha salarial de género, el bajo nivel educativo o la violencia) son causados por los rasgos biológicos o genéticos de los individuos de cierto grupo o población.

Generalmente, las hipótesis biologicistas otorgan mayor importancia a los factores biológicos, dejando en segundo o tercer plano a los culturales. Ellas suelen emplearse para estudiar las diferencias conductuales y psicológicas entre individuos, sexos, grupos étnicos o naciones.

Aunque aparezca en estudios recientes, el DB no es algo nuevo.

En los años 80, dos libros lo analizaron en profundidad: The mismeasure of man, publicado en 1981 por el paleontólogo Stephen Jay Gould, y Not in our genes, publicado en 1984 por el biólogo Richard Lewontin, el neurobiólogo Steven Rose y el psicólogo Leon Kamin.

Vamos en orden.

El impacto de Gould

Por un lado, Gould (1974, 1976) siempre fue un duro crítico del DB. No obstante, fue en The mismeasure of man donde, desde un enfoque histórico, objetó la idea de que el valor de un individuo o población dependa de su inteligencia (esta obtenida por la medición del tamaño del cráneo y del coeficiente intelectual o IQ).

Aunque dicha obra solo se ocupó de uno de sus aspectos, Gould (1981) definió al DB como la creencia de que “las normas de conducta compartidas y las diferencias sociales y económicas entre grupos humanos –principalmente etnias, clases y sexos– surgen de distinciones innatas y heredadas” (p. 20) –es decir, de la biología.

Desde tal perspectiva, dicha obra planteó que los estudios de Samuel George Morton, Alfred Binet, Charles Spearman, Cyril Burt o Arthur Jensen cometieron dos falacias: reificación, al convertir el concepto abstracto de inteligencia en un ente real cuantificable, y rankeamiento, al ordenar sus resultados en escalas graduales.

Por su impacto, el libro fue bien recibido.

El paleontólogo Stephen Jay Gould
El paleontólogo Stephen Jay Gould (Foto: Museum of Natural History).

Una de las primeras reseñas defendió que The mismeasure of man expuso de forma óptima los problemas de racismo y etnocentrismo presentes en el estudio de la inteligencia de la población norteamericana, así como sus implicancias sociales, ideológicas y políticas (Lewontin, 1981).

Otras reseñas a favor destacaron su defensa del carácter social de la ciencia y su crítica a la sociobiología (Ruse, 1982). La forma cómo dicha obra develó la presencia de sesgos, prejuicios y errores metodológicos en los estudios sobre IQ también fue bien apreciada (Allen, 1984).

Tales lecturas y otras hicieron que el libro gane diversos premios (como el National Book Critics Circle Award, el Outstanding Book Award o el Iglesias Prize) y sea reconocido como el 24º mejor libro de no ficción en inglés del siglo XX según Modern Library y el 17º libro de ciencia más grande de todos los tiempos según Discover.

Tales intercambios hicieron que 15 años después Gould (1996) publicara una segunda edición revisada y aumentada que incluyó un ensayo sobre el libro The bell curve, publicado en 1994 y del que hablaremos posteriormente.

No obstante, por el tono de sus afirmaciones, The mismeasure también fue criticado.

El psicólogo Arthur Jensen (1982), cuyos estudios sobre tamaño cerebral e IQ fueron discutidos en dicha obra, afirmó que el libro de Gould estaba compuesto de errores conceptuales, caricaturizaciones, sesgos ideológicos y malas interpretaciones que son refutadas por la evidencia científica real.

Similar argumento dio el biólogo Bernard Davis (1983), quien acusó a Gould de construir una historia “altamente selectiva” de los estudios sobre IQ y “propagar opiniones políticas bajo el disfraz de la ciencia” (p. 59). Para esta crítica, el libro fue laureado en la literatura popular pero rechazado en la comunidad científica.

A una voz, ambos señalaron que The mismeasure fue un ejemplo de lysenkoísmo que pretendió rechazar un campo de estudio científico porque conflictuaba con ciertos dogmas políticos. Para quien no recuerde, Trofim Lysenko fue un agrónomo soviético que negó los postulados de Darwin y Mendel por motivos ideológicos.

Desde luego, hubo respuesta.

En su réplica, Gould (1984a) señaló que la crítica de Davis fue “tan atroz en todos los aspectos, tan extraordinariamente injusta, incluso cruel, en sus caracterizaciones personales y tan mal argumentada en sus afirmaciones generales y tan falso en sus acusaciones específicas” (p. 148).

Tal indignación se apoya en que, en primer lugar, la mayoría de reseñas del libro escritas por científicos fueron muy positivas (no negativas, como Davis afirmó) y, en segundo lugar, porque “casi cada enunciado [de su crítica] revela un malentendido básico o una simple (y descuidada) caracterización errónea” (Gould, 1984a, p. 149).

En un tercer punto, Gould (1984a) repudió la acusación de lysenkoísmo, ya que él mismo no solo escribió un ensayo sobre el tema, sino que también trabajó el campo de la genética mendeliana.

Finalmente, en lo que fue un tú a tú, Davis (1986) reconoció que el paleontólogo haya mantenido el diálogo en la senda académica –ello pese a que su estilo de confrontar “no invita a la gentileza” (p. 133)–, pero afirmó que no contestó las objeciones y lo volvió a acusar de sobreponer la política por sobre la ciencia.

Así, mientras los debates continuaban, The mismeasure se posicionaba como uno de los libros más citados de la época (Carroll, 1995).

Otra crítica conocida fue la del psicólogo Jean Philippe Rushton (1997), quien acusó a Gould de mala conducta académica por ignorar la evidencia neurocientífica que vincula el tamaño del cerebro al IQ, difamar a los científicos mencionados (entre ellos, el propio Rushton) y desconocer la literatura sobre diferencias étnicas y criminalidad.

Sí, aquel Rushton fue el mismísimo director de la Pioneer Fund, colega/discípulo de E.O. Wilson (padre de la sociobiología) y cuyos estudios fueron muy criticados (varios de ellos, retractados) por plantear hipótesis racistas que atribuían las diferencias de IQ a los genes.

Volviendo al tema, otra objeción más contemporánea postuló que Morton (uno de los científicos criticados en The mismeasure) no manipuló sus datos craneológicos para respaldar una presunta mirada ideológica, sino que su obra fue un ejemplo de cómo el método científico controla la aparición de sesgos (Lewis et al., 2011).

No obstante, ese mismo año, otro estudio señaló que dicha investigación analizó menos de la mitad de los cráneos de Morton, realizó un análisis muy técnico y lleno de juicios, y no corrigió sus mediciones por edad, sexo o estatura, los cuales se vinculan al tamaño del cerebro (Horgan, 2011).

Los debates sobre The mismeasure, impulsados por los avances de la antropología física, han hecho que la polémica continúe hasta la actualidad (Wolpoff, 2022).

Lewontin, el eterno rival

Por otro lado, Not in our genes, publicado por Lewontin, Rose y Kamin, es una obra que devela las falacias del DB (Gould, 1984b). Si Gould examinó sus falsas evidencias, Lewontin y compañía emprendieron una mejor caracterización. Tal como en el caso anterior, los autores ya tenían una postura crítica previa al lanzamiento del libro.

En efecto, una década antes, Kamin (1974) publicó The science and politics of I.Q., un libro que cuestionó la idea de que el IQ esté genéticamente determinado. Para ello, la obra criticó los estudios con gemelos y adoptados que le sustentan. Actualmente, Kamin es considerado némesis del DB (Joseph, 2018).

Por otro lado, un par de años antes de Not in our genes, Rose (1982) editó una obra colectiva que debatió varios aspectos del DB en campos como biología, medicina o sociología. Dicho trabajo se editó como parte del Dialectics of Biology Group, que formó las bases de la biología dialéctica.

Finalmente, los múltiples trabajos de Lewontin (1970, 1972, 1974, 1976, 1977, 1982) –quien fue uno de los científicos evolucionistas más importantes del siglo XX y acaso el eterno rival del DB– destacaron la presencia de razonamientos biologicistas en diversos ámbitos de las ciencias humanas.

Para Lewontin (1977), el DB se apoya en dos ideas falaces: primero, las diferencias de capacidad y habilidad entre individuos, clases, sexos, poblaciones y naciones vienen de diferencias biológicas; segundo, las sociedades jerárquicas y desiguales son producto de una naturaleza humana universal.

Desde tal enfoque, el DB muestra cuatro formas: racismo (unos grupos son superiores a otros), clasismo (los niveles socioeconómicos altos son superiores a los bajos), sexismo (los hombres son superiores a las mujeres) y la doctrina de la naturaleza humana. Ello hizo del DB un “arma social” (Lewontin, 1977) que justificó desigualdades históricas.

Posteriormente, en unas charlas en la Universidad de Utah, Lewontin (1982) recalcó que el DB no era un grupo minúsculo de ideas, sino un “sistema total de explicación” (p. 156). Se trata de una ideología con 2 siglos de existencia que muestra implicancias científicas, sociales, políticas y filosóficas.

Actualmente, las críticas de Lewontin al DB componen uno de sus grandes aportes (Shen & Feldman, 2022).

¡No está en los genes!

Richard Lewontin
Richard Lewontin (Foto: Harvard University).

No obstante, fue en 1984 donde aquellas críticas se consolidaron en el libro Not in our genes, la obra que brindó la mejor caracterización del DB. En aquel trabajo, Lewontin, Rose y Kamin (1984) señalaron que en el escenario político de aquella época surgió un movimiento llamado Nueva Derecha.

Tal movimiento (representado en políticos conservadores como Ronald Reagan y Margaret Thatcher) se caracterizó por emprender un giro tradicionalista en Estados Unidos y Europa. Aquel giro puede rastrearse hasta la filosofía de Thomas Hobbes y su idea de que para comprender la naturaleza humana debíamos entender su biología.

Dicho enfoque se caracterizó por tener dos argumentos que conforman las caras de una misma moneda: el reduccionismo y el DB.

Por un lado, el reduccionismo es la tendencia a “explicar las propiedades de todos complejos –moléculas o, digamos, sociedades– en términos de las unidades de las que se componen esas moléculas o sociedades” (Lewontin et al., 1984, p. 5). Por ejemplo, un reduccionista diría que una sociedad es violenta porque sus individuos son violentos.

Esta forma de explicar propiedades relativas a un todo desde sus componentes implica dos cosas: que las unidades (individuos) y sus propiedades (violencia) existen antes que el todo (sociedad), y que hay una relación causal entre la unidad (individuo) y el todo (sociedad).

Por otro lado, el DB es un tipo especial de reduccionismo para el que un todo complejo (como un fenómeno social) es consecuencia inevitable o necesaria –he aquí la relación determinista– de los rasgos biológicos (genéticos, hormonales o cerebrales) de nuestra anatomía individual.

Al ser una forma de reduccionismo caracterizado por un vínculo de necesidad, el DB plantea que “toda la conducta humana y, por tanto, toda la sociedad humana, está gobernada por una cadena de determinantes que va desde el gen hasta el individuo y la suma de las conductas de todos los individuos” (Lewontin et al., 1984, p. 6).

Desde tal perspectiva, el DB afirma que fenómenos sociales (como la brecha de género en carreras científicas) no son producto de factores sociales (como los estereotipos de género), sino de factores biológicos o genéticos (como las diferencias hormonales, cerebrales o cognitivas entre hombres y mujeres).

Tal como pasó con The mismeasure of man, Not in our genes también fue debatido.

Una reseña sostuvo que, aunque el libro revisa de forma aceptable las implicancias políticas y sociales del empleo de ciertas teorías genéticas en la conducta humana, sus críticas a la sociobiología y a los estudios sobre IQ poseen argumentos negligentes que niegan la influencia de factores biológicos (Konner, 1984).

En cambio, otros postularon que la obra de Lewontin y colegas no solo fue una correcta crítica científica y metodológica al DB (promovido por un conjunto de disciplinas como la sociobiología o la genética conductual), sino también un intento de reconstruir su trasfondo social, político e ideológico (Wuketits, 1985).

Davis (1985), quien criticó a Gould, tuvo una postura similar sobre Not in our genes, al adjetivar su enfoque dialéctico como “material doctrinario” y afirmar que el libro “conduce a una imagen distorsionada, alimenta un creciente sentimiento anticientífico y socava el propio fundamento de la ciencia: el compromiso con la objetividad” (p. 140).

Al contrario, para otros, el libro no negó la existencia de una base biológica para la conducta humana, sino que más bien expuso las limitaciones de una gran parte de la investigación experimental que dijo haber hallado las causas genéticas de conductas específicas (Buettner-Janusch, 1986).

Por los argumentos en juego, el tema era, por lo menos, controversial.

Para los años 90, el del Proyecto Genoma Humano sembró esperanza sobre la viabilidad de hallar los mecanismos genéticos de la conducta humana (Rose, 1997). Ello mantuvo con vida las ideas biologicistas. No obstante, como veremos luego, los avances en otros campos inclinarían la balanza a favor de los críticos.

La estructura del argumento biologicista

Los argumentos (Imagen: Microsoft Designer)

En Not in our genes, Lewontin y colegas (1984) no solo discutieron el DB sino también develaron la estructura de su argumento –es decir, cómo y mediante qué razonamientos y evidencias argumenta un biologicista. La mejor caracterización de ello aparece en el siguiente fragmento:

El argumento determinista biológico sigue una estructura ya conocida: empieza citando ‘evidencia’, los ‘hechos’ de las diferencias entre hombres y mujeres […]. Estos ‘hechos’, considerados incuestionables, son vistos como dependientes de tendencias psicológicas precedentes que, a su vez, dependen de las diferencias biológicas subyacentes entre hombres y mujeres a nivel de estructura cerebral u hormonas. El determinismo biológico muestra, entonces, que las diferencias en la conducta entre machos y hembras humanos son paralelas a aquellas encontradas en sociedades no humanas –entre primates, roedores, aves o incluso escarabajos de estiércol–, lo que les aporta una aparente universalidad […]. Finalmente, el argumento determinista se esfuerza por soldar todas las diferencias actuales observadas sobre la base de argumentos sociobiológicos panglossianos conocidos: que las divisiones sexuales han emergido adaptativamente por selección natural, como resultado de diferentes roles biológicos en la reproducción de los sexos, y han evolucionado hasta convertirse en una gran ventaja adaptativa (Lewontin et al., 1984, p. 133)

Analicémoslo.

Con respecto a las diferencias de género (donde más se expresan aquellas trampas), el argumento biologicista contiene cinco pasos:

  1. Recopilar los datos sobre diferencias de conducta entre hombres y mujeres (en diversos tópicos, épocas y países).
  2. Afirmar que tales diferencias son producto de diferencias biológicas, sean genéticas, hormonales o cerebrales (no son efecto de la socialización).
  3. Destacar que tales diferencias también se hallan en otras especies (especialmente en primates, mamíferos o aves, para respaldar el punto anterior).
  4. Especular su origen evolutivo mediante alguna historia ocurrida en el Pleistoceno (remitiendo a la figura del hombre cazador y la mujer recolectora/criadora).
  5. Finalmente, hipotetizar la participación directa de la selección natural (sugiriendo la existencia de adaptaciones que predisponen a un sexo tener ventajas sobre el otro).

Si nos percatamos, tales razonamientos podrían explicar desde una óptica darwiniana casi toda conducta diferenciada por sexo. En otras partes he mostrado cómo ese tipo de razonamientos ha servido para justificar la existencia de juguetes divididos por género (Morales, 2023a) o la poca cantidad de mujeres científicas (Morales, 2023b).

Incluso si una conducta sexualmente diferenciada no se ajusta a tales pasos, podría ser forzada. Basta con que una disparidad entre hombres y mujeres muestre alguna consistencia entre poblaciones y épocas para especular sobre su origen mediante la invención de cuentos evolutivos.

¿Los hombres son más agresivos y las mujeres son más emocionales? Es porque hace miles de años ellos fueron cazadores y ellas recolectoras/criadoras.

¿Los hombres son sexualmente promiscuos y las mujeres son más sumisas? Es porque hace miles de años ellos fueron cazadores y ellas recolectoras/criadoras.

¿Los hombres asesinos persiguen a sus víctimas y las mujeres asesinas los seleccionan? Es porque hace miles de años ellos fueron cazadores y ellas recolectoras/criadoras.

¿Los hombres prefieren correr tras una pelota y las mujeres prefieren twerkear? Es porque hace miles de años ellos fueron cazadores y ellas recolectoras/criadoras.

¿Tendrá algo que ver la caza con el fútbol? ¡Por supuesto!

El desplazamiento de la pelota en la cancha reactiva los circuitos neurológicos del varón asociados a la persecución de la presa. Por ello, cada vez que alguien lanza un balón a un grupo de hombres, habrá una pequeña pugna por su control. Total, dominadas viene de dominancia. Y si te ríes es porque eres ¡un maldito tablarasista negacionista de Darwin!

Como vemos, de que podemos ponernos creativos, podemos.

Dicho ello, estimado lector, si Ud. se topa con alguien que explica las diferencias de género de esta manera, ese alguien es biologicista.

Tras la publicación de Not in our genes, sus autores continuaron profundizando en los diversos aspectos del DB (Lewontin, 1991; Rose, 1997).

La tríada del mal

¿Qué disciplinas promueven ideas biologicistas? Aunque el DB posee una larga historia (Allen, 1984), su versión moderna nació gracias a tres polémicas disciplinas: sociobiología (la más citada históricamente), psicología evolucionista (la más popular) y genética conductual (la más sofisticada).

¿De qué trata cada una?

Sociobiología

Edward Osborne Wilson, padre de la sociobiología
Edward Osborne Wilson, padre de la sociobiología (Foto: Wikicommons).

Tomando influencia de la obra darwiniana, el entomólogo Edward Osborne Wilson (1975) fundó la sociobiología y la definió como el estudio de la base genética de la conducta social. Aunque produjo grandes aportes en la comprensión del reino animal, su aplicación a la conducta humana generó fuertes debates (Morales, 2024).

En aquel campo, Wilson (1975) planteó que conductas como la competencia económica, la dominación masculina, la agresividad, la religiosidad o las guerras fueron moldeadas por selección natural. Ello implica que los seres humanos poseemos adaptaciones que nos predisponen a invadir países o liberalizar la economía.

Tal razonamiento generó todo tipo de crítica.

Lo que desprende de las objeciones, es que la sociobiología pecó de adaptacionismo al suponer que conductas humanas como las guerras o el machismo son adaptaciones moldeadas por selección natural (Morales, 2024). Ello hizo que elabore argumentos que sobreestimaron el impacto de los genes.

Tales argumentos –que Gould (1978) bautizó como just-so stories o cuentos evolutivos– se caracterizaron por ser especulativos, carecer de evidencia empírica y subestimar el impacto de la cultura (Morales, 2024). Ello convirtió a la sociobiología en la principal promotora de DB en el siglo XX.

Incluso en The mismeasure, el propio Gould (1981) criticó sus diversos aspectos e indicó que su objetivo –la búsqueda de una base genética– constituye un ejemplo de DB. Tanto sus falencias metodológicas por su carácter especulativo, como la falta de evidencia empírica y su enfoque reduccionista, invalidan su tesis central.

Por otro lado, las críticas de Lewontin (1976, 1977, 1979, 1980, 1982) al DB fueron críticas a la sociobiología y a su falta de evidencia empírica sobre la base genética de las conductas humanas. Por ello, Lewontin (1977) la consideró una “ciencia política”, compuesta de “cuentos adaptativos meramente imaginarios” (Lewontin, 1980).

De hecho, la estructura del argumento biologicista descrita en Not in our genes refiere a la obra wilsoniana:

La sociobiología es una explicación reduccionista y determinista biológica de la existencia humana. Sus partidarios afirman, en primer lugar, que los detalles de los arreglos sociales presentes y pasados son manifestaciones inevitables de la acción específica de los genes. En segundo lugar, sostienen que los genes particulares que se encuentran en la base de la sociedad humana han sido seleccionados en la evolución porque los rasgos que determinan dan como resultado una mayor aptitud reproductiva de los individuos que los portan. El atractivo académico y popular de la sociobiología fluye directamente de su simple programa reduccionista y su afirmación de que la sociedad humana tal como la conocemos es inevitable y el resultado de un proceso adaptativo. (Lewontin et al., 1984, p. 236)

En ese contexto, incluso el libro del biólogo Richard Dawkins, The selfish gene, fue tildado de DB por reducir la complejidad de la conducta humana a los genes (Lewontin, 1982, 1991; Rose, 1979, 1997; Rose & Rose, 1986; Wuketits, 1985). En aquel tiempo, The selfish gene y Sociobiology se consideraron ejemplos de biologicismo.

Aunque la sociobiología perdió vigencia (Morales, 2024), otra disciplina tomó su lógica adaptacionista para afirmar nuevamente que diversas conductas humanas fueron producto de adaptaciones moldeadas por selección natural.

Psicología evolucionista

Leda Cosmides y John Tooby
Leda Cosmides y John Tooby, profesores en la Universidad de California en Santa Bárbara (Foto: UCSB).

La psicología evolucionista (PE, en adelante) fue fundada por la psicóloga Leda Cosmides y el antropólogo John Tooby a fines de los años 80. En su obra central, de inicios de los 90, la PE planteó que la mente humana se compone de mecanismos (módulos) que son adaptaciones moldeadas por selección natural (Barkow et al., 1992).

Como se observa, su tesis central es básicamente la misma de la sociobiología, pues ambas refieren a la omnipotencia de la selección natural, en desmedro de otras fuerzas como la cultura. La sencillez de tal planteo logró que la PE haga del DB algo prêt-à-porter y al alcance de todos.

Lo que se desprende de sus críticas recibidas, que son similares a las de la sociobiología (adaptacionismo, hipótesis especulativas, exagerar la presencia de factores biológicos o subestimar la influencia de la cultura), es que sus enunciados contienen la misma estructura de razonamiento biologicista (Morales, 2020).

Es común que los psicólogos evolucionistas, sobre todo de la escuela de Santa Barbara, argumenten siguiendo los 5 pasos del DB previamente descritos. Por ello, el propio Gould (1997a, 1997b) criticó a dicha disciplina de prácticamente lo mismo que criticó a la obra de Wilson: inventar cuentos evolutivos.

Aquí el paleontólogo no fue el único en dobletear. Hilary Rose y Steven Rose (2000), este último coautor de Not in our genes, compilaron diversas críticas a la PE. Si algo demuestran tales aportes es que, pese a sus diferencias, hay una clara continuidad argumental entre sociobiología y PE.

La forma de explicar ciertas brechas de género apelando a la idea del hombre cazador y la mujer recolectora/criadora empezó en la sociobiología (Morales, 2024), pero hoy es propia de la PE y su hábito de exagerar el peso de la biología (Fausto-Sterling, 2000; Fausto-Sterling et al., 1997; Liesen, 2007; Morales, 2020, 2023a, 2023b).

En todo ese tiempo, muchos de sus hallazgos se utilizaron como arma ideológica.

Un reciente estudio cualitativo, realizado por Louis Bachaud y Sarah E. Johns (2023), muestra cómo algunas comunidades online de varones (como Men’s Rights’ Activists, Pickup-Artists, Red Pill, Men Going Their Own Way y los llamados Incels) emplean las hipótesis de la PE para difundir ideas misóginas en redes sociales.

Ello no sería posible si no promoviera hipótesis biologicistas.

Genética conductual

Roberto PLomin
Robert Plomin (Foto: John Clark).

Completando la tríada del mal, está la genética conductual (GC, en adelante), una ciencia que busca revivir al DB no mediante cuentos evolutivos sino desde métodos que aseguran identificar las causas genéticas de diversos fenómenos sociales.

Tal como indica su nombre, la GC estudia los mecanismos genéticos de la conducta humana (Knopik et al., 2017). Para sus promotores, esta disciplina toma influencia de Charles Darwin y Francis Galton, padre de la eugenesia (un polémico campo que buscó mejorar los rasgos físicos y psicológicos de los grupos humanos).

Justamente por enfatizar en el poder de los genes, esta disciplina ha sido muy criticada. Aunque su desarrollo académico merece un tratamiento aparte, dos recientes debates nos explican por qué la GC es un ejemplo de DB.

En el primero, el psicólogo Robert Plomin (2018) sostuvo en Blueprint que el éxito educativo o social de ciertos grupos no dependía de factores sociales (como el salario) sino del ADN. Citando estudios con gemelos y adoptados, Plomin (2018) afirmó que “la genética es el factor más importante que determina quiénes somos” (p. viii).

Su obra es reconocida por emplear el genome-wide association study (GWAS), una herramienta que permite identificar polimorfismos de un solo nucleótido en el ADN que se correlacionan con determinados rasgos psicosociales. Para muchos científicos del campo, el GWAS permite hallar las causas genéticas de ciertas conductas.

Pese a su tono revolucionario, aquella obra fue muy criticada.

Una reseña publicada en Nature identificó la obra de Plomin con el hereditarianismo (una doctrina para la cual el éxito económico o educativo es producto de factores genéticos, no sociales) y defendió que “el mensaje del libro es un determinismo genético clásico” (Comfort, 2018, p. 461).

De forma más detallada, otra crítica identificó diversos problemas históricos y metodológicos en Blueprint (en los estudios con gemelos y adoptados, así como en la confusión entre factores ambientales y genéticos) y la calificó de determinismo genético (Joseph, 2019).

Más recientemente, otra crítica señaló que el empleo del GWAS es ilusorio, ya que las puntuaciones poligénicas representan una cantidad minúscula de variación de rasgos conductuales, no especifican etiologías genéticas ni delinean los mecanismos que explican cómo surgen tales rasgos ni tampoco hallan causalidad, sino únicamente correlaciones espurias (Bird, 2020).

Demás está decir que la polémica continúa.

En el segundo debate, la psicóloga Kathryn Paige Harden (2021) defendió en The genetic lottery la existencia de un vínculo fuerte entre los genes y el desempeño educativo. Para Harden (2021), tales resultados –apodados “lotería genética”– son clave para entender la desigualdad educativa y económica entre grupos humanos.

No obstante, tal como el libro de Plomin, esta obra también recibió críticas.

Una de ellas afirmó que el libro de Harden ignoró la verdadera historia de la GC, subestimó la influencia de factores no genéticos, desatendió las limitaciones y problemas de los métodos empleados, distorsionó las críticas de otros científicos (como Lewontin) y otorgó valor causal a estudios correlacionales (Bird, 2021).

A conclusiones semejantes llegó la reseña de Marcus Feldman y Jessica Riskin (2022), quienes destacaron las limitaciones metodológicas del GWAS (apodado el “nuevo martillo mágico de las ciencias sociales”) y señalaron que las hipótesis de Harden rememoran la eugenesia del siglo XIX. Esto último no debería sorprender, ya que Galton es considerado el padre de la GC (Knopik et al., 2017).

En su réplica, Harden acusó a los críticos de “distorsionar groseramente” (Harden et al., 2022) los argumentos de su libro. Dicho artículo incluye las respuestas de otros científicos, quienes también afirmaron que la reseña de Feldman y Riskin tergiversó los enunciados del libro.

Como si aquel juego de teléfono malogrado no fuera suficiente, en su contrarréplica, Feldman y Riskin (Harden et al., 2022) acusaron a Harden de ser ella quien realmente tergiversó los contenidos de la reseña, pues no la criticaron por ser biologicista de forma explícita sino por serlo de forma implícita.

Esta es una forma de aclarar que no basta con decir que los factores sociales y culturales importan si no son debidamente incluidos en nuestras teorías. En este ámbito es común que muchos biologicistas quieran librarse del apodo diciendo que ellos sí creen que la cultura es importante, aunque sus modelos no expongan dicha relevancia.

Finalmente, otra reseña indicó que, aunque contiene una gran síntesis de la teoría y admite la influencia de ciertos factores sociales, el libro “reproduce un conjunto de suposiciones ocultas y limitaciones conceptuales arraigadas en la literatura sobre genética conductual” (Uchiyama et al., 2022, p. 108).

Para esta crítica, la limitación más importante de The genetic lottery es su débil entendimiento de la complejidad de los entornos culturales humanos. Ello, como veremos luego, es un aspecto clave no solo del debate en cuestión, sino de la GC como disciplina científica.

¿Por qué debemos combatir el determinismo biológico?

De forma general, el DB posee dos grandes problemas.

Por un lado, es mala ciencia. Metodológica, conceptual y teóricamente hablando, las formas de DB aquí revisadas poseen limitaciones y errores de toda clase que difícilmente las validan como propuestas rigurosas. Por ello, el DB se considera una “peligrosa ideología pseudocientífica” (Horgan, 2011).

Por otro lado, sus consecuencias y usos son dañinos. Pero ello no ocurre –como dicen algunos– por culpa de ciertos individuos que malinterpretan los resultados de los estudios, sino porque sus hallazgos parten de múltiples prejuicios y porque sus investigadores se vinculan al racismo científico.

El racismo científico afirma que las diferencias conductuales o psicológicas entre grupos humanos (o razas, como todavía las llaman algunos de sus defensores) son esencialmente genéticas. La disciplina que estuvo muy cerca de aquella doctrina fue la propia sociobiología.

Hace un par de años, un artículo de opinión publicado en Scientific American generó fuertes debates que terminaron por exponer los vínculos de Wilson con científicos racistas como J. Philippe Rushton, vinculado a la cuestionable Pioneer Fund, una organización promotora del nazismo y la eugenesia (Morales, 2024).

Tal ideología también se deja ver en el estudio del IQ en diversas poblaciones. De hecho, la idea de que las diferencias de inteligencia entre individuos o grupos son producto de factores genéticos ha sido criticada a lo largo de los años (Gould, 1981, 1996; Lewontin, 1976, 1977, 1982, 1991).

Por ejemplo, en The mismeasure, Gould (1981) mencionó la “falacia hereditariana” (p. 155), esa lectura exagerada que los genetistas conductuales hacían de sus hallazgos –en particular, aquella que postulaba que las diferencias de IQ entre grupos son genéticas porque también lo son las diferencias de IQ entre individuos de un mismo grupo.

Efectivamente, uno de los problemas de la tesis hereditariana no es la idea base de que hay rasgos biológicos (vinculados al desempeño) posibles de heredarse de padres a hijos, sino la hipótesis de que ese mismo principio explica las diferencias culturales, sociales o económicas entre grupos étnicos o naciones.

Incluso en Not in our genes, Lewontin y compañía (1984) criticaron los estudios al respecto y afirmaron que “nada demuestra más claramente cómo la metodología y conclusiones científicas se adaptan a fines ideológicos que la lamentable historia de la heredabilidad del IQ” (p. 100).

Con el tiempo, muchos estudios sobre inteligencia se vincularon al racismo científico (Bird, 2019, 2020; Joseph, 2018; Rose, 1976; Woodward, 1977). Este tipo de problemas hizo que, actualmente, el concepto de heredabilidad –pilar de la GC– se considere una falacia (Moore & Shenk, 2017).

Como era de esperarse, tales críticas no detuvieron a los biologicistas.

A mediados de los 90, psicólogo Richard J. Herrnstein y el politólogo Charles Murray (1994) publicaron el libro The bell curve, donde señalaron que las diferencias de IQ entre individuos y grupos (o clases) no tenían un origen social, político o histórico sino genético. Se trata de una obra muy citada en círculos conservadores.

No obstante, pese a su popularidad, también recibió muchas críticas.

Sus cálculos psicométricos se tildaron de pseudocientíficos (Graves & Johnson, 1995); sus hipótesis sobre la heredabilidad de IQ se acusaron de falaces (Block, 1995); su tesis general se catalogó de “darwinismo social anacrónico” (Gould, 1996); y sus propuestas se rechazaron por ignorar la evidencia científica reciente (Conley & Domingue, 2016).

El DB también debe ser combatido por sus perjuicios al estudio de la salud mental. En dicho campo, algunas hipótesis biologicistas afirman que trastornos como la esquizofrenia dependen de factores genéticos heredables. No obstante, una reciente lectura crítica de la teoría demuestra que ello sería incorrecto (Joseph, 2023).

En tiempos donde la genómica desafía sus presupuestos (Graves, 2015), el DB no se destruye sino que se transforma. En tal escenario, ¿qué opciones tenemos? Si el biologicismo se equivoca, ¿cómo tener la razón? Aunque parezca un cliché, la mejor forma de combatir el DB en la conducta humana es apelando a la cultura.

Esto, por si acaso, no es una ocurrencia mía.

Desde temprano, los principales críticos del biologicismo destacaron la influencia de factores culturales en las diferencias de IQ entre individuos y grupos (Gould, 1976, 1981; Lewontin, 1976). Ello conlleva a reconocer que las diferencias culturales, sociales o económicas entre poblaciones humanas no son producto de sus genes.

Con respecto a la salud mental, la presencia de múltiples factores sociales, económicos o culturales (como abuso físico, emocional o sexual, discriminación, racismo, migración o pobreza) hace que la influencia de supuestos factores biológicos o genéticos se vuelva irrelevante (Joseph, 2015).

Recientemente, citando evidencia etnográfica y experimental de diversas poblaciones, Ryutaro Uchiyama y colegas (2021) mostraron que ciertas formas de evolución cultural (como la innovación o la difusión) pueden moldear la presunta heredabilidad genética del IQ. Ello revela que lo que parecía ser genético es, en realidad, cultural.

Palabras finales

Si queremos entender de dónde provienen estas teorías biológicas deterministas de la vida humana y qué les da su perpetuo atractivo, no debemos mirar en los anales de la ciencia biológica sino en las realidades sociales y políticas que nos rodean y en los mitos sociales y políticos que constituyen la ideología de nuestra sociedad. (Lewontin, 1982, p. 150)

Tras este largo recorrido, podemos concluir lo siguiente: el DB es una postura errónea, pues las propiedades de una sociedad no pueden reducirse a las propiedades de los individuos. Los fenómenos sociales (pobreza, educación, desigualdad o corrupción) no pueden explicarse desde la biología/genética individual.

Aunque haya décadas de lejanía entre las disciplinas que las promueven, la mayoría de estudios que brindan explicaciones biologicistas de la conducta humana y fenómenos sociales caen en los mismos errores. Por ello, varias de sus hipótesis resultan, en el mejor de los casos, falaces y, en el peor, totalmente falsas.

Al sobreestimar la genética y subestimar la cultura, el DB brinda una imagen falsa de la naturaleza humana, una incapaz de subsanar los grandes problemas sociales que –hasta el día de hoy– jura poder resolver.

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Sergio Morales Inga es antropólogo y egresado de la Maestría en Filosofía de la Ciencia, ambos por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Perú. Tiene publicaciones en revistas académicas de Perú, Colombia, Argentina, España y Reino Unido. Columnista de evolución humana, género y epistemología de las ciencias sociales en Ciencia del Sur. También realiza divulgación en evolución cultural a través del blog "Cultura y evolución".

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