El lingüista Daniel Everett estudió a las lenguas que carecen de recursividad, como la lengua pirahã de Brasil. Actualmente, el tema está en discusión. (MIT News)
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La pregunta por la evolución del lenguaje adviene, por lo menos, del siglo XVIII; pensadores como James Burnett, Johann Gottfried Herder o Max Müller brindaron importantes reflexiones. A fines del XIX, el naturalista Charles Darwin (1871) sostuvo que, aunque diversas especies poseen formas de comunicación sonora, el “lenguaje articulado” solo estaba presente en el humano (p. 53).

Con el tiempo, la evolución del lenguaje se volvió un aspecto central de la evolución humana. Disciplinas como antropología, lingüística o psicología han brindado valiosos aportes. No obstante, dada la pluralidad de contribuciones, hay poca claridad sobre cuál podría ser la teoría más apta para explicar cómo evolucionó lenguaje. El siguiente ensayo revisa algunas hipótesis sobre la evolución del lenguaje.

El lenguaje innato

A mediados del siglo XX, el lingüista Noam Chomsky sostuvo que, dado que un niño puede adquirir un idioma rápidamente y sin mayor rigurosidad, el lenguaje debía ser una facultad innata del ser humano. Esta idea se apoyó en la existencia de una gramática universal (en adelante GU), es decir, en la afirmación de que todas las lenguas del mundo poseen una estructura común.

Según Chomsky (1965), podremos desarrollar una “teoría de la estructura lingüística” si esta incluye “una explicación de los universales lingüísticos y atribuye al niño el conocimiento tácito de estos universales” (p. 27). En efecto, para la GU todas las lenguas podían ser reducidas a propiedades universales que constituyen la real naturaleza del lenguaje humano.

La GU fue una idea presente en los trabajos del lingüista durante casi todo el siglo XX. Por ejemplo, en Rules and representations, Chomsky (1980) sostuvo que “realmente no aprendemos el lenguaje; más bien, la gramática crece en la mente” (p. 134). Al depender de un “programa genético”, el desarrollo del lenguaje fue considerado análogo al de los órganos anatómicos.

“¿Existen propiedades fundamentales que distingan el desarrollo de los órganos físicos y del lenguaje que deberían llevarnos a distinguir el crecimiento […] del aprendizaje […]? Quizás, pero no es obvio. En ambos casos, al parecer, la estructura final lograda y su integración en un sistema complejo de órganos está en gran parte predeterminada por nuestro programa genético, que proporciona un esquematismo altamente restrictivo que se concreta y articula a través de la interacción con el medio (embriológico o posnatal).” (Ibíd.)

En el presente siglo, el lingüista reafirmó que la velocidad y precisión con las que el lenguaje es adquirido implica que “el niño […] tiene los conceptos disponibles antes de la experiencia con el lenguaje” (Chomsky, 2001, p. 28). Aunque su perspectiva influenció campos como lingüística, ciencia cognitiva e informática, fue criticada por su carácter innatista (Kronenfeld, 1978-1979; Everett, 2012; Evans, 2014).

El lenguaje como instinto

En 1990, contrariando al paleontólogo Stephen Jay Gould y al mismo Chomsky (quien rechazó explicaciones evolucionistas), los psicólogos Steven Pinker y Paul Bloom (1990) afirmaron que el lenguaje no difiere de otras habilidades también complejas (como la ecolocalización); por tanto, la “única explicación” para tal complejidad es la selección natural (p. 726).

Dicha propuesta influyó fuertemente la literatura académica. Entre 1981 y 1989, la ratio de publicación fue de 9 artículos por año; no obstante, los números aumentaron a 86 y 134 artículos por año para los períodos 1990-1999 y 2000-2002 respectivamente (Christiansen y Kirby, 2003a). Sin duda, fue una importante propuesta al ser una de las primeras hipótesis sobre la evolución biológica del lenguaje.

En The language instinct, Pinker (1994) continuó desarrollando su propuesta y sostuvo que el lenguaje no era un “artefacto cultural” aprendido, sino una “pieza particular del maquillaje biológico de nuestros cerebros” (p. 18). En otras palabras, el lenguaje era un “instinto”, una parte de la biología similar a como las arañas tejen sus redes.

Por un lado, apoyándose en Chomsky, Pinker (1994) sostuvo que su universalidad era “la primera razón para sospechar que el lenguaje no es una invención cultural cualquiera, sino el producto de un instinto humano especial” (p. 27). Para el psicólogo, todos los idiomas poseen sustantivos, verbos o sujetos, lo cual explica por qué el lenguaje constituye el “ejemplo más famoso de universal humano” (Pinker, 1995, p. 235).

Por otro lado, refiriéndose a Darwin, Pinker (1994) señaló que la “principal explicación” del lenguaje es la misma explicación para cualquier otro instinto u órgano anatómico: la selección natural (p. 333). Así, el lenguaje era una “adaptación” moldeada por selección natural para resolver aquellos problemas enfrentados por nuestros antepasados en el Pleistoceno (Pinker, 1995, pp. 225-226).

Incluso en el presente siglo, Pinker (2003) insistió en que la selección natural es la “única fuerza evolutiva” (p. 24), así como la “explicación más plausible” (Ibíd., p. 26), para el origen del lenguaje. Más aún, el académico estaba seguro de que su propuesta sería “cada vez más rigurosa y comprobable” (Ibíd., p. 37). Como vemos, se trató de una hipótesis basada en la psicología evolucionista (ver Morales, 2020a).

Aunque los argumentos de Chomsky y Pinker fueron popularizados en disciplinas como lingüística o psicología (gracias al impulso de la gramática generativa y la psicología evolucionista), fueron cuestionadas por su nativismo. Diversos académicos de disciplinas como lingüística, biología o antropología objetaron las premisas que Chomsky y Pinker habían admitido como ciertas.

La gramática no es universal

Uno de los cuestionamientos más importantes hacia el nativismo lingüístico de Chomsky y Pinker se dirigió a la GU. En una reseña a The language instinct, el psicólogo Michael Tomasello (1995) afirmó que las lenguas son “artefactos culturales” muy diferentes entre sí, pues “los idiomas cambian de manera importante a medida que las necesidades comunicativas de sus hablantes evolucionan con el tiempo” (p. 152).

En The ‘language instinct’ debate, un libro que sintetiza las discusiones sobre el tema, el lingüista Geoffrey Sampson defendió la existencia de rasgos lingüísticos comunes. No obstante, para Sampson (2005) tales rasgos indican que “los seres humanos tienen que aprender su lengua materna desde cero en lugar de tener un conocimiento innato del lenguaje” (p. 166).

Ante las críticas, Chomsky y colegas postularon que el único rasgo universal del lenguaje es su recursividad (el reordenamiento de palabras para conformar nuevas oraciones). Sin embargo, como dejan entrever los trabajos del lingüista Daniel Everett (2012), hay lenguas que carecen de recursividad (p.ej., la lengua pirahã de Brasil). Actualmente, el tema se halla en discusión (Nevins, Pesetsky y Rodrigues, 2009).

A modo de réplica, Chomsky y colegas afirmaron que las pocas lenguas carentes de recursividad no son una contraevidencia válida pues, aunque dicha herramienta permita la facultad del lenguaje, “no todos los idiomas utilizan todas las herramientas” (Fitch, Hauser y Chomsky, 2005, p. 204). Sin embargo, pese a esta defensa, la GU continuó siendo criticada.

Para los lingüistas Nicholas Evans y Stephen Levinson (2009), la GU contiene postulados “empíricamente falsos, infalsables o engañosos” (p. 429). Como tal, la diversidad lingüística es una “jungla” donde los idiomas difieren en fonética, gramática y semántica (Ibíd., p. 438). Por tal razón, los psicólogos Morten Christiansen y Nick Chater (2009) aseguraron que la GU es “indefendible desde una perspectiva evolucionista” (p. 452).

En The language myth, el lingüista Vyvyan Evans (2014) afirmó que la GU es un “mito”. En principio, hay entre 6.000 y 8.000 dialectos que no poseen una estructura semejante; los sonidos empleados van desde 11 hasta 144; la relación sujeto-verbo-objeto varía, así como la formación de oraciones y palabras mediante morfemas; incluso hay lenguajes que carecen de adverbios y adjetivos.

¿Gen del lenguaje?

En concordancia con lo expuesto por Chomsky y Pinker, la discusión por el apodado gen del lenguaje empezó gracias a un estudio publicado en la revista Nature a inicios del presente siglo (Lai et al., 2001). Gracias a dicho descubrimiento, considerado un “gran triunfo” (Nature, 2001), el FOXP2 fue catalogado como el primer gen relevante para la habilidad lingüística (Enard et al., 2002).

Al realizarse en el contexto del Proyecto Genoma Humano, las expectativas hacia las hipótesis genéticas del lenguaje fueron altas. Por ejemplo, Pinker (2003) calificó tal hallazgo como un “descubrimiento sorprendente” y hasta pronosticó que “nuevos genes para trastornos de lenguaje y variación individual del lenguaje serán descubiertos y sometidos a prueba” (p. 37).

Sin embargo, un estudio recientemente publicado en la revista Cell demostró que dicho gen no contaba con evidencia sólida que lo respalde (Atkinson et al., 2018). Ello ocasionó que las explicaciones genéticas del lenguaje cayeran en descrédito (Fisher, 2019). En palabras de Sampson (2005): “la idea de que nacemos con rasgos complejos de la estructura lingüística codificadas en nuestros genes es un mito” (p. 1).

La tesis de que el conocimiento está biológica o genéticamente incorporado, y es nativo de la mente, es llamada nativismo. Para los nativistas, el lenguaje es un “sistema de codificación biológicamente heredado para nuestra base de conocimientos biológicamente heredada” (Ibíd., p. 4). Por su naturaleza, se dice que el lenguaje ofrece las pruebas más claras de nativismo:

“Los nativistas afirman que, si miramos los hechos observables sin prejuicios, estamos obligados a admitir que el conocimiento biológicamente heredado es la única explicación razonable; y, abrumadoramente, los hechos observables que señalan son hechos sobre el lenguaje, sobre las estructuras del lenguaje humano y sobre cómo los niños adquieren su lengua materna.” (Ibíd.)

Si bien es cierto que la anatomía humana está biológicamente preparada para el lenguaje, ello no prueba que exista una predisposición genética. Para Evans (2014), “incluso si un antepasado humano hubiera desarrollado, por alguna mutación casual, un gen del lenguaje, sin un cerebro y un cuerpo preparados para el lenguaje, el gen habría sido inútil” (p. 25).

El aprendizaje es fundamental

En The language instinct, Pinker (1994) intentó demostrar la existencia de un “módulo” del lenguaje –una especialización mental dedicada al lenguaje articulado. Sin embargo, la hipótesis de la mente modular ha sido descartada por no estar respaldada en evidencia neurocientífica (Morales, 2020a). Ello hizo que la propuesta de un módulo de lenguaje fuera completamente descartada.

Aunque Chomsky y Pinker defendieron ideas nativistas, está demostrado que los niños adquieren habilidades lingüísticas en diversas circunstancias; postular una tesis genética “no nos dice nada sobre la naturaleza de los mecanismos de desarrollo involucrados” (Tomasello, 1995, p. 148). Asimismo, que el lenguaje sea un rasgo universal humano, “no significa que las estructuras básicas del idioma sean innatas” (Ibíd., p. 137).

El término instinto implica una disposición natural hacia ciertas conductas, no obstante, el lenguaje necesita de instrucción constante. Refiriéndose a Pinker, Evans (2014) afirmó que, si bien el tejido de telarañas emerge sin que las arañas hayan recibido instrucción, el lenguaje sí necesita de exposición e instrucción pues los bebés necesitan escuchar una lengua antes de hablarla (p. 100).

De hecho, la evidencia brinda “muy pocas bases para pensar que el lenguaje es un módulo de la mente” (Ibíd., p. 17). La hipótesis modularista se basa en un nativismo radical que parece surgido de una “fobia al rol del aprendizaje y la experiencia” (Ibíd., p. 153). Dado que el cerebro ha evolucionado como “ensamble” y no vía módulos, no hay en él un lugar único y exclusivo para el lenguaje (Ibíd., p. 154).

¿Argumentos no científicos?

Las críticas hacia el nativismo de Chomsky y Pinker fueron de tal magnitud, que muchos cuestionaron la naturaleza de sus argumentos. Para algunos, por la manera en que fueron presentadas, así como por la evidencia a la que refirieron, las propuestas de Chomsky y Pinker fueron catalogadas como no científicas.

Según Tomasello (1995), Chomsky no se apoyó en evidencia observacional sino en “argumentos lógicos”, mientras Pinker presentó sus argumentos como si fueran “hechos científicos establecidos”, sin mencionar que hay “debates teóricos y empíricos feroces”. Tanto los argumentos de Chomsky, como los de Pinker, constituyen “un lado de un debate presentado como si fuera el único lado” (Ibíd., p. 153).

Para Sampson (2005), el nativismo de Chomsky y Pinker está “basado en evidencias y argumentos palpablemente inadecuados” (p. 190). Asimismo, la “pirotecnia verbal” a la que recurre en The language instinct explica por qué actualmente Pinker y otros discuten el trabajo de Chomsky “en términos que hacen que este trabajo suene como hallazgos científicos ya establecidos” (Ibíd., p. 14).

Para Evans (2014), los argumentos de Chomsky y Pinker recurren a falacias de autoridad:

Richard Dawkins describe este tipo de explicación como un argumento de incredulidad, mientras que Daniel Everett señala que se reduce, esencialmente, a una falta de imaginación. Procede de la siguiente manera: nosotros (= los profesores titulares extremadamente inteligentes) no podemos ver cómo los niños podrían aprender algo tan complejo como la gramática, que es la base del lenguaje. Por tanto, no pueden aprenderlo. Por tanto, la gramática debe ser innata.” (p. 19)

Según la filósofa Christina Behme (2014), Chomsky recurre a falacias de autoridad para “aislar sus propias propuestas contra la falsificación por pruebas empíricas contrarias” (p. 1). Precisamente por haber presentado sus argumentos de una forma que los hace infalsables, el cognitólogo Philip Lieberman (2015) sostuvo que “la empresa chomskiana queda fuera del dominio de la ciencia” (p. 223).

La evolución cultural del lenguaje

Ante el fracaso de las hipótesis nativistas, una nueva teoría busca explicar el origen del lenguaje. Dicha propuesta está principalmente basada no en conceptos como gen, evolución genética o selección natural, sino en instancias como cultura, evolución cultural y selección cultural. ¿En qué consiste?

En Culture and the evolutionary process (de 1985), el antropólogo Robert Boyd y el biólogo Peter Richerson formularon la teoría de la herencia dual. Para esta teoría, la biología y la conducta humanas dependen de dos sistemas de herencia: el genético, heredado de nuestros parientes biológicos y común a todas las especies, y el cultural, heredado de nuestros parientes sociales y único de la especie humana (Morales, 2020b).

La finalidad de aquella teoría es comprender cómo la transmisión cultural (mecanismo del sistema de herencia cultural) interactúa con el entorno y genera la evolución genética humana. Es una teoría que considera la coevolución entre genética y cultura –definida esta como un conjunto de prácticas, creencias y normas transmitidas capaces de modificar las presiones de la selección natural e influenciar la evolución humana.

Conforme las sociedades se desarrollan, sus prácticas culturales se optimizan: el uso del fuego o la tecnología se convierten en las fuentes de las presiones selectivas que moldean a nuestra psicología. Esta evolución cultural es una forma análoga de evolución que solo en humanos es acumulativa. Esta cultura acumulativa explica nuestro progreso histórico, así como nuestra adaptación a diversos entornos.

Mientras la evolución biológica sigue las leyes de la selección natural, la evolución cultural obedece los preceptos de la selección cultural –la selección ocurrida entre grupos humanos en función de sus rasgos culturales (prácticas, normas, valores o creencias). Para esta teoría, determinados rasgos brindan a cierto grupo una ventaja sobre otros grupos que carecen de tales rasgos. Uno de esos es el lenguaje.

Un conjunto de estudios demuestra que la evolución lingüística es una forma de evolución cultural: el lenguaje ha evolucionado no porque tengamos una adaptación biológica especial (hipótesis nativista), sino porque ha sido creado para adaptarse al cerebro (Chater y Christiansen, 2010). Desde este enfoque, varios aspectos vinculados a la estructura de los lenguajes constituyen “adaptaciones culturales” (Ibíd.).

Para el evolucionismo cultural, el lenguaje es un “sistema de comunicación único y altamente restringido, dedicado a la comunicación de este conjunto de significados específicamente restringido” (Dor y Jablonka, 2000, p. 36). El desarrollo de este “sistema de mapeo” –la evolución lingüística cultural– consistió en “la selección, el acuerdo social y la evolución cultural de las categorías semánticas para la comunicación lingüística y la sofisticación gradual del sistema de mapeo para estas categorías” (Ibíd., p. 37).

Inteligencia cultural y cooperación

Si bien hay consenso sobre el uso de modelos o la existencia de preadaptaciones lingüísticas, hay discrepancia sobre si el lenguaje puede ser explicado desde la biología o la cultura (Christiansen y Kirby, 2003b). Las propuestas de Chomsky y Pinker apelan a la biología, mientras otras defienden la visión de “la cultura primero” –o sea, el lenguaje evolucionó después de que los homínidos poseyeran una cultura compleja (Ibíd.).

Según Tomasello (2008), los humanos poseemos lenguaje porque exhibimos mayor cooperación e inteligencia cultural que otras especies (incluidos primates). Estos rasgos produjeron el protolenguaje de los homínidos y, posteriormente, el lenguaje moderno. De hecho, la hipótesis del lenguaje-como-uso (Evans, 2014) explica cómo aquel se basa en una psicología humana caracterizada por su cooperación e inteligencia cultural.

Si bien el lenguaje humano está vinculado al proto-lenguaje homínido y este se vincula a diversas formas de comunicación animal (Ibíd., pp. 27-63), lo que nos hace especiales a los humanos es nuestra inteligencia cultural. Esta se erigió hace 2,5 millones de años en el género Homo y se enfatizó hace 300 mil años por la intensa vida social de los Homo neanderthalensis y Homo sapiens.

Dicha inteligencia cultural generó las conductas cooperativas que son características del humano moderno. Por todo ello, Evans (2014) consideró al lenguaje un “ejemplo de comportamiento cooperativo por excelencia” (p. 231), así como un “ejemplo paradigmático de nuestra inteligencia cultural” (Ibíd., p. 258).

La importancia de la transmisión cultural

Dado que los idiomas son herramientas utilizadas para contar historias, transmitir información o construir cosmovisiones, la evolución lingüística es considerada una forma de evolución cultural. Tal como ocurre con la cultura material, “las lenguas cambian constantemente en formas íntimamente relacionadas con la modificación y transformación social” (Dor y Jablonka, 2000, p. 43).

Para Christiansen y Chater (2009), “el lenguaje se concibe mejor como el producto de la evolución cultural, no de la evolución biológica” (p. 452). Desde esta perspectiva, la facilidad con la que se aprende un lenguaje se explica no por la presencia de una GU innata, sino porque el lenguaje contiene patrones que son mejor aprehendidos de generaciones pasadas mediante transmisión cultural.

Dado que la transmisión genética del lenguaje es una propuesta cuestionada, es mejor pensar su evolución desde su transmisión cultural. Como tal, la evolución del lenguaje está influenciada por el conocimiento que poseen diversas culturas; esto implica que el significado de los conceptos lingüísticos se crea de esa “interacción compleja” entre la mente, la lengua y la cultura (Evans, 2015).

Como tal, el lenguaje se transmite mediante un “ciclo repetido de aprendizaje y uso” cada vez que usamos el lenguaje para comunicarnos y cada que lo adquirimos de otros que desean comunicarse (Smith, 2018). En dicha dinámica, los sistemas lingüísticos se “remodelan” vía usos y aprendizajes en un proceso de evolución cultural que explica tanto cambios lingüísticos recientes, como la propia capacidad del habla (Ibíd.).

Es así que la evolución del lenguaje depende del aprendizaje social, es decir, de la capacidad de procesar señales lingüísticas, reconocer sus intenciones comunicativas y aprehender la composición que integra señales a intenciones (Ibíd.). Mediante la transmisión cultural del sistema comunicativo (vía aprendizaje) y la aptitud de inferir su intención comunicativa, la “autodomesticación” juega un “rol crucial” en la evolución de la estructura lingüística (Thomas y Kirby, 2018).

La centralidad de la cultura

En lugar de estar determinado genéticamente, el lenguaje resulta de la coevolución entre genes y cultura, donde la cultura tiene la última palabra. La evolución cultural dirige la evolución lingüística vía mecanismos de asimilación genética, fundando una “cognición sesgada lingüísticamente” –un “maquillaje cognitivo” que, sobre bases genéticas, permite el aprendizaje rápido del lenguaje (Dor y Jablonka, 2000, p. 37).

Dado que la evolución cultural es el “factor principal” de la evolución de la estructura lingüística, “el lenguaje es principalmente un sistema cultural evolucionado, no el producto de una adaptación biológica” (Christiansen, Chater y Reali, 2009, p. 222). En este modelo, la evolución cultural es un factor clave que explica el fit entre los mecanismos que originan el lenguaje y la forma cómo se estructura y emplea.

En Language: The cultural tool, Everett (2012) definió al lenguaje como una compleja “herramienta cultural”, diversa, aprendida y desarrollada para resolver problemas de comunicación y cohesión social. Para el lingüista, el lenguaje deriva de la interacción entre genes­ y ambiente; por tanto, suponer que es un producto exclusivo de la cultura o del genoma es una idea “simplista” y “equivocada” (Ibíd.).

Para Daniel Dor, Chris Knight y Jerome Lewis (2014), la evidencia muestra que los cambios socioculturales han jugado un “rol central” en la evolución del lenguaje, por lo que tales dinámicas “necesitan ser posicionadas en el centro de cualquier explicación” (p. 2). Muy al contrario, los enfoques genocéntricos (que recurren a explicaciones únicamente genéticas) se basan en una “concepción anticuada de la evolución” (Ibíd.).

Analizar la evolución del lenguaje como si ocurriera en “aislamiento social”, ignora que el contexto es un “componente central” que permite una “nueva comprensión” de su origen (Ibíd., p. 3). Para que el ser humano tuviera lenguaje, su cerebro debió ser social, y para ello, la sociedad debió transcurrir por una dinámica evolutiva propia, una dinámica evolutiva sociocultural.

Esta dinámica cultural explica la evolución de la estructura gramatical del lenguaje, así como sus dos principales rasgos: la combinatorialidad (combinar letras para formar palabras) y la composicionalidad (combinar palabras para componer oraciones) (Tamariz y Kirby, 2016). Como tal, “el lenguaje evoluciona para maximizar su expresividad bajo presiones para su comunicación, mientras minimiza su complejidad bajo la presión de ser aprehensible” (Ibíd., p. 37).

Dicho esto, un análisis “verdaderamente explicativo” del lenguaje debe considerar que este resulta de adaptaciones cognitivas específicas que moldean su transmisión cultural (Ibíd.). Cualquier cosa que surja del proceso de evolución cultural alterará, en sí mismo, las presiones de selección que operan sobre la evolución humana. Por ello, el lenguaje es considerado un caso especial de “evolución cultural acumulativa” (Sterelny, 2016).

De la selección natural a la selección cultural

El lenguaje evolucionó gracias a la plasticidad conductual humana: las diferencias en la capacidad de aprender lenguas fueron importantes en tanto los hablantes fueron seleccionados por su desempeño lingüístico. Así, “la cultura lingüística constituyó el entorno selectivo en el que fueron seleccionados los genes que contribuyeron al rendimiento, adquisición y transmisión lingüística” (Dor y Jablonka, 2000, p. 37).

En este proceso, la selección natural jugó un “papel esencial” al moldear los cambios de la estructura genética de las poblaciones, favorecer ciertas variantes genéticas sobre otras y obtener una mejor adaptación de los individuos a su entorno (Castro y Toro, 2005). No obstante, es importante aclarar que “no todos los cambios evolutivos se explican por la acción de la selección natural” (Ibíd., p. 204).

Al fiel estilo de la selección natural, la cultura ejerce una presión selectiva en el desarrollo de los actos de habla que integran el lenguaje (D’Andrade, 2002). Tales actos seleccionan a la especie que posee inteligencia elevada y mayor tamaño cerebral –rasgos asociados a una mayor capacidad de almacenamiento y procesamiento de información. ¿Qué significa que la cultura sea capaz de seleccionar?

“Lo más obvio es que significa que nuestros cuerpos y nuestras psiques se han visto afectados por una historia pasada de vivir una forma de vida cultural. Es decir, tener cierto tipo de cuerpo y cierto tipo de psique, con ciertas emociones, deseos y habilidades cognitivas incorporadas, han sido seleccionados porque hemos estado viviendo en un mundo cultural –un nicho cultural– durante millones de años. En un sentido del término bastante diferente al que se utiliza habitualmente, se puede decir que los seres humanos, vía evolución, están ‘constituidos culturalmente’.” (Ibíd., p. 223)

Estudios sugieren que una “teoría de la evolución cultural de los sistemas humanos de comunicación” debe incorporar modelos seleccionistas porque tales sistemas son “funcionalmente adaptativos” (Tamariz, Ellison, Barr y Fay, 2014). Dado que la deriva genética no explica la evolución del lenguaje, las presiones culturales son necesarias para entender la rápida propagación de variantes comunicativas en una población determinada.

Al resultar de la alteración de las presiones selectivas, el lenguaje depende de la construcción de un “nicho cultural” (Smith, 2018). En este modelo, la selección cultural reemplaza a la selección natural pues las conductas culturalmente transmitidas aíslan a la genética de las presiones ambientales. La evolución cultural del lenguaje parte de la premisa de que las prácticas culturales fundan nuevas presiones selectivas hacia las que los genes deben adaptarse.

Reflexiones finales

Considerando la evidencia presentada, ¿será cierto que Chomsky y Pinker desestiman la cultura –principal agente de la evolución del lenguaje? Chomsky no consideró la cultura; más aún, sostuvo que el lenguaje es una “adquisición extremadamente reciente” que “no se obtuvo en el contexto de una modificación lenta y gradual de sistemas preexistentes bajo selección natural” (Bolhuis et al., 2014, p. 4).

Para Chomsky el lenguaje surgió tarde en la historia evolutiva humana (hace 100 mil años) y es “tan especial y único” que los estudios sobre comunicación animal son “inútiles” para comprenderlo (Coolidge, 2015). Por esa razón, algunos defienden que la hipótesis innatista no debería considerarse para analizar la evolución del lenguaje (Dor y Jablonka, 2000, p. 34).

Aunque muchos estudios postulan que el lenguaje es evolutivamente reciente, también afirman que surgió como una forma de “instrucción verbal” para la transmisión cultural de información (Klein, 2017). Incluso si la anatomía necesaria para el lenguaje estuviera presente en la especie desde hace 2,5 millones de años (género Homo), el lenguaje articulado emergió hace tan solo 50 mil años (Ibíd.).

En Pinker (1995), la situación es distinta. Si bien el psicólogo sostuvo que el lenguaje sirve para transmitir información o mediar las relaciones sociales, falló en suponer que el mecanismo que explica tal adaptación era la selección natural y no la selección cultural. Al respecto, la cultura fue concebida como un recurso accesorio y no como un factor fundamental.

Alejándose de modelos nativistas, simples y deterministas, la teoría de la evolución cultural del lenguaje sostiene que su complejidad ocurre por la profunda interacción de tres sistemas adaptativos: aprendizaje individual (individual learning), transmisión cultural (cultural transmission) y evolución biológica (biological evolution) [Figura 1].

 

Figura 1. Tres sistemas adaptativos en la evolución del lenguaje: aprendizaje individual, transmisión cultural y evolución biológica. (Fuente: Christiansen y Kirby, 2003b, p. 302).

Una “descripción completa” del lenguaje, el significado y la comunicación, así como una verdadera “ciencia del lenguaje”, debe considerar la interacción entre lenguaje, cultura y pensamiento –el “triángulo dorado” (Evans, 2015). La perspectiva cultural brinda mejor evidencia (Tamariz y Kirby, 2016) para comprender la evolución del lenguaje como producto de tres instancias: cultura, evolución cultural y selección cultural.

Como los estudios dejan entrever, para explicar el origen del lenguaje no debemos asumir que es innato ni un instinto, sino determinar qué cambios lo hicieron posible y cómo se adquiere y transmite. Solo un enfoque evolucionista basado en evidencia empírica real puede brindar una explicación satisfactoria que nos permita comprender por qué el lenguaje es el sello distintivo de lo que significa ser humano.

 

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1 Comentario

  1. Enriquecedora esta discusión, por ejemplo en etnolingüística, sociolingüística y tipología

    Pero me queda una duda, frente al asunto de encontrar algo que no «está ahí» pero debe (?) en una lengua, en cuanto al caso de falta de «recursividad», ¿Everett y co. da por sentado entonces que esto NO es un universal y principio tipológico que se presente, ergo, tal cosa no está demostrada y es una abstracción irreal?

    Y ante eso, ¿cuál es la posición desde estos trabajos, de cultura y evolución, sobre la variedad de lenguas frente a ciertas comparaciones prescriptivistas (como lo chosmkiano frente al cumplimiento de sus principios, que la dialectología básica pone contra las cuerdas) y la explicación y comprensión de las lenguas? por ejemplo, encuentro, en la introducción de Velupillai la mención de estos trabajos sobre el sistema pirahã, como que posee dos consonantes «poco comunes», y el asunto de no tener numerales (pero no encuentro información ni estudio intersemiótico, por ejemplo que busque explicar y relacionarse con el tema de tener sistemas de numeración, tipo de comercio, relaciones comerciales, si existen o no en los usuarios de tal).

    Pero estas consideraciones de «raros», que parecen un poco sensacionalistas, y resulta una falsa asociación con lenguas, mas no consideración seria de cada lengua como un sistema único que tendrá determinadas características en un entorno social real, cambiante y heterogéneo, algo que resulta interpretándose como «similares» o como «raras», para un investigador hablante de lenguas indoeuropeas.

    Porque es como darse cuenta que el ornitorrinco pone huevos, pero es que ciertas ideas preestablecidas y a priori, sobre algo en su realidad, no tienen por qué cumplirse porque sí, y cuando no lo hacen no son «rarezas», lo que demuestra es que tales ideas pueden ser desechables o habrá que buscar otro «hueco» para reciclar tales ideas que se postulan como explicación universal, como es el caso de varias consideraciones chomskianas.

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