¿Por qué la psicología evolucionista es tan criticada?

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The adapted mind es la obra sobre la que se fundó la psicología evolucionista. (Amazon)
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La psicología evolucionista (PE) es una disciplina cuyo objetivo es analizar la conducta humana desde un marco teórico evolucionista. Como tal, se ha consagrado como un campo muy controvertido: mientras algunos afirman que es una rigurosa propuesta científica, otros aseguran que está más cerca de ser una pseudociencia.

Pese a la polarización generada –lo que complica un debate fructífero y sin distorsiones– la PE constituye una disciplina muy difundida no solo en la academia, sino también en la cultura popular. ¿Por qué la controversia? El siguiente ensayo revisa las críticas más importantes contra la PE y brinda algunas reflexiones sobre su estatus epistemológico.

¿Qué es la psicología evolucionista?

La PE se fundó en 1992, tras la publicación de The adapted mind, libro escrito por Jerome Barkow (antropólogo), John Tooby (antropólogo) y Leda Cosmides (psicóloga). No obstante, podemos hallar un antecedente dos décadas antes. En los años 70, Barkow (1973), sostuvo que los seres humanos no éramos tablas rasas moldeadas por la cultura, sino organismos biológicos “programados por la evolución” (p. 374).

Para Barkow, Cosmides y Tooby (1992), la PE es aquella psicología “informada por el conocimiento adicional que la biología evolucionista tiene para ofrecer” (p. 3). En sus primeros años fue considerada un “nuevo paradigma” de la psicología (Buss, 1995a) y, con el tiempo, fue aplicada en diversas áreas como elección de pareja, competencia, relaciones afectivas, crianza o sociabilidad (Buss, 2016a).

Para sus fundadores, la PE se apoya en tres premisas: existe una “naturaleza humana universal” a nivel de “mecanismos mentales evolucionados” (no a nivel de conductas); tales mecanismos son adaptaciones formadas por selección natural durante millones de años; y, la estructura de la “mente” humana está “adaptada a la forma de vida de los cazadores-recolectores del Pleistoceno” (Barkow et al., 1992, p. 5).

Dado que solo el 1 % del tiempo evolutivo humano corresponde a la vida moderna, es “improbable” que nuestra especie haya desarrollado adaptaciones complejas en tan poco tiempo (Ibíd.*). Para la PE, la “mente” humana y su “diseño único, universal y panhumano” (Ibíd.) se comprenden mejor desde nuestro pasado cazador-recolector.

“Entendiendo las presiones selectivas que enfrentaron nuestros ancestros homínidos –entendiendo que tipo de problemas adaptativos tuvieron que resolver– uno debería ser capaz de obtener algún insight sobre el diseño de mecanismos de procesamiento e información que evolucionaron para resolver estos problemas” (Ibíd., p. 9).

Para cumplir su objetivo, la PE empieza identificando algún rasgo o conducta (los celos o el gusto por las matemáticas) y vinculándolo a algún contexto de presión evolutiva. Posteriormente, se especula la ventaja adaptativa que ofrecería en tal dinámica y se diseña un estudio que aborde tal ventaja (en humanos o animales) prediciendo el resultado esperado.

Finalmente, se ejecuta el estudio e interpretan los resultados [Figura 1].

Figura 1. Marco teórico de la psicología evolucionista. Fuente: Buss (2019, p. 93). Traducción propia.

Como propuesta, es muy razonable y constituye la forma grosso modo como opera toda ciencia evolucionista que anhela explicar la conducta humana. Con dicho esquema se pueden responder diversas preguntas sobre muchos rasgos psicológicos. Sin embargo, ¿por qué la PE es tan resistida? ¿Qué críticas se han hecho a esta disciplina?

Adaptacionismo y just so stories

Lo que más destacan las críticas sobre la psicología evolucionista es su adaptacionismo: la afirmación a priori de que cierto rasgo psicológico o conducta es una adaptación formada por la selección natural hace millones de años. No obstante, esta sobrevaloración a la selección natural fue denunciada incluso antes de que la PE fuera PE, específicamente hacia su disciplina madre: la sociobiología de E.O. Wilson.

Temprano, el antropólogo Marshall Sahlins (1977) advirtió que una especie de “sociobiología vulgar” concebía los fenómenos socioculturales como equivalentes a los fenómenos biológicos (y viceversa), es decir, como productos de la evolución orgánica. Precisamente, el título de su libro, Uso y abuso de la biología, graficó el reduccionismo de aquellas explicaciones.

En esa línea, el paleontólogo Stephen Jay Gould (1978) calificó la sociobiología como el “arte de narrar cuentos” y acuñó un influyente adjetivo que engloba este adaptacionismo extremo: “just so stories” (puros cuentos). Por efecto de su mirada fundamentalista hacia la selección natural, Gould (1978) sostuvo que “los cuentos sociobiológicos no son verdaderos, sino especulaciones sin fundamento” (p. 532).

Al año siguiente, el biólogo Richard Lewontin (1979) concibió la sociobiología como ejemplo de adaptacionismo pues “asume sin mayores pruebas que todos los aspectos morfológicos, fisiológicos y conductuales de los organismos son soluciones adaptativas óptimas a diversos problemas” (p. 6).

Así como Gould, Lewontin (1979) afirmó que la sociobiología elaboraba “cuentos adaptativos” mediante “reconstrucción imaginativa”.

En un clásico ensayo, Gould y Lewontin (1979) denominaron “paradigma panglossiano” a aquella tendencia a narrar “cuentos” coherentes con una visión restringida de la evolución que sobrevalora las ventajas adaptativas de presuntos rasgos e ignora la pluralidad de formas en que pudieran generarse: deriva genética, mutación, etcétera.

Si bien estas críticas se dirigieron a la sociobiología, ¿podría la PE ser calificada de adaptacionista o panglossiana?

Antes de cualquier objeción apresurada, vale decir que sus mismos fundadores aclararon este punto. Para Cosmides y Tooby (1997), la PE consistió en aplicar “una lógica adaptacionista al estudio de la arquitectura de la mente humana”. Para esta disciplina, las explicaciones referidas a funciones adaptativas fueron llamadas “explicaciones distales” o “últimas” porque presuntamente refieren a causas evolutivas.

Recuperando su crítica a la sociobiología, Gould (1997a) rebautizó al adaptacionismo como “fundamentalismo darwiniano”. Así, mientras los fundamentalistas buscaban un “camino verdadero” (selección natural), los pluralistas consideraban un “conjunto de modos explicativos interactivos”. Siendo parte de ese fundamentalismo que sobrevaloró la selección natural estaba la PE.

En efecto, la PE reinstaló el vicio adaptacionista de la sociobiología casi tres décadas después. En su intento de explicar la conducta humana, la PE recurrió a una “narrativa adaptacionista” compuesta de “modos especulativos o narrativos” y just so stories sobre nuestra vida lítica (Gould, 1997b). Por sostener que los principales rasgos de la psicología humana eran adaptaciones, Gould (1997b) calificó a la PE de “ultradarwiniana”.

En la PE podemos encontrar casos resaltantes de adaptacionismo. Randy Thornhill y Craig Palmer (2000) sostuvieron que la violación sexual constituye una adaptación, así como un subproducto de rasgos adaptativos. En tono semejante, Max Krasnow y colegas (2011) aseguraron que la “mente” femenina posee adaptaciones para la recolección de alimentos, lo cual explica por qué las mujeres son mejores haciendo las compras.

Otros estudios fueron más allá y afirmaron que el cunnilingus evolucionó para detectar infidelidad al saborear rastros de semen en la vagina de la pareja (Pham y Shackelford, 2013) o que el contrapposto femenino evolucionó para generar atractivo sexual (Pazhoohi et al., 2020). Aunque tales constituyan propuestas excepcionales (incluso dentro de la PE), es preciso notar que son consecuencias de su particular lógica de investigación.

En su crítica, la antropóloga Susan McKinnon (2005) mostró que para la psicología evolucionista cada adaptación era respalda por determinados genes. Así, uno podía hallar genes para ser fieles, genes para formar clubes, genes para ayudar a parientes o genes para ser amigable, los cuales aparecieron en libros populares de PE como The moral animal de Robert Wright o How the mind works de Steven Pinker [Figura 2].

Figura 2. Lista de genes de/para, según la PE. Fuente: McKinnon (2005, pp. 30-31)

Según David Buss (2008), principal representante del campo, la PE se concentra en las “adaptaciones psicológicas”. Ello explica por qué tratan ciertas conductas o rasgos como adaptaciones, incluso yendo contra el sentido común. Por ejemplo, que un hombre piense que si una mujer le sonríe es porque busca sexo, es una adaptación que sirve para –oh sorpresa– buscar sexo (Ibíd., p. 19).

Para la PE, la “mente” humana se compone de adaptaciones o “mecanismos psicológicos evolucionados”. Dichos mecanismos integran un “conjunto de procesos” que resolvieron problemas específicos de “sobrevivencia o reproducción de forma recurrente a lo largo de la historia evolutiva” (Ibíd., p. 50). Esta propuesta se mantiene en los libros más recientes (Buss, 2019).

Aquí el problema no es recurrir a teorías y conceptos evolucionistas ni tampoco en sospechar que toda conducta sea una adaptación. La objeción yace en las formas, en cómo la PE sustenta la existencia de adaptaciones psicológicas. Al respecto, lo dicho por Russell Gray y colegas (2003) tiene mucho sentido: “un cuento plausible no es suficiente para enfrentar el desafío de la explicación adaptativa” (p. 251).

Para el biólogo P.Z. Myers (2012), el adaptacionismo revela que la PE se basó en una “comprensión ingenua y simplista de cómo funciona la evolución”. Asimismo, para Matthew Rellihan (2012), la PE desarrolló un “adaptacionismo fuerte” pese a que “hay pocas razones para creer que el pensamiento adaptativo puede usarse para inferir nuestra psicología actual a partir de presiones de selección pasadas” (p. 246).

Como tal, el adaptacionismo resulta de una lectura optimista de Darwin. Para la PE, Darwin brindó una “explicación naturalista” sobre la evolución de los organismos y los rasgos de la psicología humana (Barkow et al., 1992, p. 8), mientras la selección natural proveyó un “recuento causal elegante” del vínculo entre problemas adaptativos y diseño organísmico (Ibíd.). Como puede observarse, valoración no era poca.

“La teoría de la evolución por selección natural expandió enormemente el rango de cosas que podrían explicarse, de modo que no solo los fenómenos físicos como estrellas, cadenas montañosas, cráteres de impacto y abanicos aluviales podrían localizarse y explicarse causalmente, sino también cosas como ballenas, ojos, hojas, sistemas nerviosos, expresiones emocionales y la facultad del lenguaje.” (Ibíd., p. 52)

Pese al entusiasmo, en On the origin of species, el mismo Charles Darwin (1859) dijo estar “convencido” de que en la evolución de los organismos “la selección natural ha sido el medio principal, pero no exclusivo” (p. 6). Aunque diversos estudios postulen la existencia de mecanismos no adaptativos, el adaptacionismo constituye una “caricatura simplista” del trabajo de Darwin (Gould, 1997b) por presumir que la selección natural explica todo rasgo o conducta.

Por su parte, el antropólogo Joseph Henrich (2016) criticó que Pinker y Buss hayan considerado la selección natural como el “único proceso” capaz de generar adaptaciones. Tal como indican los estudios sobre evolución cultural, “la selección natural ha perdido su estatus como el único ‘tonto’ proceso capaz de crear adaptaciones complejas bien ajustadas a las circunstancias locales” (Ibíd., p. 114).

Para la PE, la selección natural ha moldeado la mente humana, tal como moldeó la propia anatomía: mediante selección natural. Dado que la selección natural es un mecanismo adaptativo, este argumento desemboca en asumir que diversos rasgos psicológicos o conductas constituyen adaptaciones. Sin embargo, la evidencia científica no respalda tal presunción.

Para el antropólogo Jonathan Marks (2015), “no hay la menor razón para pensar que cualquier rasgo específico deba tener una explicación adaptativa”. Casi con las mismas palabras, Robert Boyd (2018), también antropólogo, sostuvo que “no hay razón para que los mecanismos de aprendizaje tengan que favorecer la conducta adaptativa en ningún caso en particular” (p. 60).

En lugar de asumirse, las adaptaciones deben comprobarse y esto es algo en lo que la PE tiene serios problemas.

La crítica masiva a la modularidad masiva

Como resultado de su adaptacionismo, la PE desarrolló la hipótesis de la modularidad masiva (en adelante HMM). Según dicha propuesta, la “mente” humana se compone de distintos circuitos neurológicos encapsulados o “módulos”; “órganos mentales” innatos, formados por selección natural y destinados a solucionar diversos problemas adaptativos (Cosmides y Tooby, 1997; Kurzban, 2010).

Así como se propusieron varios genes, también se propusieron varios módulos: módulo del reconocimiento de rostros, módulo de relaciones espaciales, módulo del uso de herramientas, módulo del miedo, módulo del intercambio social, módulo de percepción de emociones, módulo del cuidado infantil, módulo de la amistad, módulo de la gramática, etc. (Barkow et al., 1992, p. 113).

En The language instinct, Pinker (1994) confeccionó una lista de módulos, entre los que se hallaban módulos para elaborar mapas, elegir hábitats o detectar la infidelidad, así como para la comida, la justicia, el parentesco o los números [Figura 3]. Esta tesis fue desarrollada a profundidad en su libro How the mind works:

“La mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que la convierte en experta en un campo de interacción con el mundo. La lógica básica de los módulos está especificada por nuestro programa genético. Su operación fue moldeada por la selección natural para resolver los problemas de la vida de caza y recolección que llevaron nuestros antepasados en la mayor parte de nuestra historia evolutiva.” (Pinker, 1997, p. 21)

Figura 3. Lista de módulos mentales, según la PE. Fuente: Pinker (1994, p. 420)

Tales módulos –que pueden ser “cientos o miles” (Tooby y Cosmides, 1995, p. xiii)– existen porque solucionan problemas adaptativos que enfrentaron nuestros antepasados (Cosmides y Tooby, 1997). Esta propuesta se grafica en la frase “nuestros cráneos modernos albergan mentes de la Edad de piedra”, acuñada por William Allman y considerada un “resumen muy apropiado” de la PE (Ibíd.).

Pese a la buena intención, la HMM fue muy criticada (Sterelny, 2003). Aunque el cerebro posea cierta modularidad, tales módulos no son especializaciones genéticas, sino resultado de la plasticidad cerebral; son respuestas adaptativas a condiciones locales, no vestigios de pasados preshistóricos (Buller y Hardcastle, 2000). De hecho, fuerte evidencia muestra que la estructura del cerebro está determinada por su interacción con el entorno (Ibíd.).

Para James Woodward y Fiona Cowie (2004), “no hay razón para pensar que la evolución ‘debe’ producir mentes modulares” (p. 313). Más aún, la HMM no refleja importantes rasgos de la cognición humana, como su capacidad de planificación o su flexibilidad. Aunque sus defensores digan referir al trabajo de Jerry Fodor, ni el mismo Fodor (2000) está de acuerdo.

Ello hace que las discusiones sobre la HMM sean confusas (Frankenhuis y Ploeger, 2007; Chiappe y Gardner, 2011).

Para Johan Bolhuis y colegas (2011), la HMM “no está respaldada por la evidencia neurocientífica” (p. 3). En efecto, la neurociencia no concibe al cerebro como un conjunto de módulos innatos y formados por selección natural, sino como una red interconectada, vinculada al contexto (por su plasticidad y capacidad de aprendizaje) y formada por la cultura (Bolhuis et al., 2011; Peters, 2013; Muthukrishna et al., 2018).

Aunque la PE afirme que, para entender la “mente” humana, debemos entender la “mente” de nuestros antepasados, múltiple evidencia demuestra que los cambios socioculturales ocurridos en los últimos 100 mil años han modificado múltiples aspectos de la cognición humana (Laland, 2017). Ello hace que la HMM sea empíricamente implausible.

“La idea de que ‘nuestros cráneos modernos albergan una mente de la Edad de Piedra’ también se equivoca en el extremo contemporáneo de nuestra historia evolutiva. La idea de que estamos atascados en una psicología adaptada al Pleistoceno subestima en gran medida el ritmo al que la selección natural y sexual puede impulsar el cambio evolutivo. Estudios recientes han demostrado que la selección puede alterar radicalmente los rasgos de la historia de vida de una población en tan solo 18 generaciones (para los humanos, aproximadamente 450 años).” (Buller, 2012, p. 49)

Por impulsar una “mirada caricaturesca del entorno del Pleistoceno” (Gray et al., 2003, p. 248), la idea de mentes prehistóricas en cráneos modernos está muy lejos de la evidencia paleoantropológica y arqueológica. Ya aquí se hace patente que otro de los vicios de la PE fue haber desatendido un concepto central para la comprensión de la conducta humana: la cultura.

Subestimando la cultura

Si de cultura se trata, la PE repitió el error de la sociobiología: desestimar su tratamiento adecuado en la explicación de la conducta humana. Opuesta a ella un conjunto de teorías evolucionistas neodarwinianas han recuperado la importancia de la cultura y defendido su principalía en la comprensión de la conducta humana (Morales, 2020).

Que la PE haya sido acusada de subestimar la cultura es sorprendente dado que, en su clásico ensayo, Barkow (1973) refirió al trabajo del genetista Theodosius Dobzhansky, conocido por estudiar el feedback entre evolución biológica y evolución cultural. Algo pasó entre 1973 y 1992 que la PE desestimó la cultura en favor de enfoques innatistas.

Generalmente, la PE asocia la cultura a la idea de diferencia cultural (Buss, 2001). Ello explica por qué creen que una conducta es innata si aparece en múltiples culturas (Buss, 1989) o que existe una “naturaleza humana universal” que subyace a las diferencias culturales (Gangestad, Haselton y Buss, 2006).

Sin embargo, esta concepción produce lo que McKinnon (2001) llamó una “sobresimplificación” de la cultura.

Como tal, la cultura ha estado presente desde el género Homo, hace 2.5 millones de años (Henrich, 2016). Desde ese tiempo, sustentándose en el llamado efecto Baldwin, diversas prácticas culturales alteraron la evolución humana. Opuesta a una naturaleza humana universal y subyacente a las diferencias culturales, la propia naturaleza humana radica en su diversidad genético-cultural, propiciada por la misma evolución (Brown et al., 2011).

En los últimos 50 mil años diversos cambios afectaron al ser humano a nivel genómico (Williamson et al., 2007; Laland, Odling-Smee y Myles, 2010). Asimismo, la agricultura, la domesticación de animales o el aumento de densidad poblacional ocurridos en los últimos 10 mil años aceleraron la evolución humana (Hawks et al., 2007) y modificaron nuestro cerebro (Bolhuis et al., 2011).

El desprecio de la PE hacia la cultura también repercute en ámbitos metodológicos. Según un reciente estudio, el 70 % de las muestras empleadas en estudios de PE (publicados en las revistas Evolution & Human Behavior y Evolutionary Psychology) corresponden únicamente a estudiantes universitarios (Pollet y Saxton, 2019).

Es difícil hablar de una “arquitectura humana universal” con una muestra tan sesgada.

Ante las críticas, varios psicólogos de orientación darwiniana como Andrew Whiten o Michael Muthukrishna se han alineado a otras teorías evolucionistas que tratan la cultura como un elemento central de la evolución humana (Morales, 2020). Y es que el desprecio por la cultura se materializó en uno de los tópicos más importantes de la PE: la sexualidad humana.

Indiferencias de género

Para Darwin, la selección sexual (en adelante SS) constituyó un mecanismo importante en la evolución de las especies. La PE tomó esta referencia y la empleó para explicar diversas conductas humanas presuntamente biológicas y universales (Buss, 2019).

Al observarse en muchas culturas con una marcada división sexual del trabajo (hombre cazador/mujer recolectora), la PE sostuvo que las diferencias de género (Buss, 1995b) y las estrategias de apareamiento (Buss, 1989) eran universales. Dicha universalidad fue explicada no por influencia del entorno o la cultura, sino por efecto de la SS, es decir, tales diferencias son resultado de la evolución biológica.

En A mind of her own, Anne Campbell (2002) criticó la “biofobia” de los enfoques constructivistas que atribuyen las diferencias de género al entorno social por no explicar de dónde vienen tales diferencias. Alejada de aquellas, la PE considera “las causas distales de la diferencia entre machos y hembras derivadas de presiones dispares sobre hombres y mujeres hace varios cientos de miles de años” (p. 32).

Bajo esa lógica, la preferencia masculina/femenina por los colores azul/rosa no ocurre por códigos culturales, sino porque las mujeres primitivas debían interpretar los rostros emocionados de sus bebés (Hurlbert y Ling, 2007). Asimismo, la preferencia masculina por las ciencias duras (relacionada a una mayor capacidad visuoespacial) ocurría porque los hombres primitivos recorrían largas distancias al cazar (Halpern et al., 2007).

Dado que muchas diferencias de género fueron halladas en otras especies, aquellas fueron explicadas evolutivamente. Para la PE, dicho patrón brinda una “razón poderosa” para asegurar que “las fuerzas evolutivas son la causa principal de las diferencias psicológicas entre sexos” (Stewart-Williams y Thomas, 2013, p. 143). Recientemente, en The ape that understood the universe, Steve Stewart-Williams (2020) reiteró que “muchas diferencias sexuales tienen origen evolutivo” (p. 117).

Derivados de la SS, los Principios de Bateman (en adelante PB) también fueron empleados por la PE (Buss, 2019). Con el objetivo de testear los mecanismos de la SS, el genetista Angus Bateman estudió las moscas de la fruta y postuló que para lograr el éxito reproductivo era necesario que los machos sean promiscuos y las hembras sean pasivas.

El primero en aplicar la SS y los PB en la conducta humana fue el biólogo Robert Trivers, creador de la teoría de la inversión parental. Aunque Gould (1978) advirtió sobre cómo la sociobiología usaba el trabajo de Trivers, este rápidamente se convirtió en un autor cliché de la PE (Buss, 2019).

Sin embargo, un problema fundamental de aplicar la SS y los PB a la conducta humana es ignorar la influencia de la cultura.

Aunque la SS sea activa en humanos, esta depende de muchos factores que podemos catalogar de culturales: mortalidad, densidad poblacional, poligamia, monogamia, crianza biparental o incluso dimorfismo sexual. Precisamente esta complejidad en la integración de factores, mecanismos y rasgos hace que los seres humanos seamos una “especie modelo” en el estudio de la SS (Wilson, Miller y Crouse, 2017, p. 8).

Según Wataru Nakahashi (2017), los modelos clásicos de SS son inaplicables en humanos porque refieren a especies polígamas (los humanos somos semi-monógamos) y porque las preferencias humanas de apareamiento se transmiten culturalmente.

Para Nakahashi (2017), “es importante descartar la idea preconcebida de que toda preferencia humana de apareamiento tiene por objetivo lograr buenos genes o un beneficio directo” (p. 9).

Algo similar ocurre con los PB. En moscas de la fruta y otros insectos, la aplicabilidad de los PB fue muy debatida. En seres humanos pasó lo mismo, dado que “las estrategias humanas de apareamiento son improbables de ajustarse a un único patrón universal” (Brown, Laland y Mulder, 2009, p. 297). En efecto, para cada sexo, la relación entre éxito reproductivo y éxito de emparejamiento varía culturalmente (Ibíd.).

Los roles sexuales, teóricamente vinculados a los PB y considerados durante mucho tiempo como inamovibles, también fueron sometidos a crítica:

“[N]uestras suposiciones tradicionales sobre los roles sexuales (según la definición de Darwin, Bateman y Trivers) se han hecho añicos al darse cuenta de que la poliandria es común entre las mujeres; que los machos de muchas especies son exigentes, mientras que las hembras son competitivas; y que los roles sexuales pueden cambiar incluso dentro de una especie, en diferentes momentos, debido a cambios demográficos o ambientales.” (Tang-Martínez, 2016, p. 19)

La crítica a la SS y los PB influye en el estudio de las diferencias de género. Aunque estas existen, ello no implica que prescindan de la influencia cultural, sino todo lo contrario: basta con que alguna diferencia esté presente en humanos para admitir que la cultura tuvo un papel fundamental en su manifestación. Esto echa por tierra cualquier explicación innatista o pleistocénica típica en PE.

El desarrollo cerebral humano no depende solo del período intrauterino, sino además de los aprendizajes y experiencias vividos en los primeros 5 años de vida, lo cual constituye un rasgo que nos diferencia de otros primates (Liu et al. 2012). Esto permite comprender por qué los sesgos en la crianza y los estereotipos explican mejor las diferencias de género que una presunta herencia biológica de hace millones de años.

Ello también aclara por qué la floja comparación de conductas humanas y primates –ejercicio común en PE (Jarrett, 2017)– está destinada al fracaso. Tanto la expresión de emociones en bebés pequeños, como la preferencia infantil por determinados juguetes y prácticas lúdicas, están muy influenciadas por el género de los padres, los sesgos en la crianza y los valores culturales (Li et al., 2019, Liu et al., 2020).

¿Ciencia popular o pseudociencia?

En Adapting minds. David J. Buller (2005) analizó argumentos a favor y en contra de la PE con la intención de que todos los interesados en ella pudieran conocer “ambos lados de la historia” (p. 16). Tras sopesar la evidencia, Buller (2005) concluyó que la PE “falla en proveernos con un entendimiento evolucionista preciso de la psicología humana” (p. 481).

Dada su popularidad, Buller (2012) acuñó la categoría “psicología evolucionista pop” para referir a una vertiente que realiza afirmaciones sobre la conducta humana mediante conceptos evolucionistas para consumo popular (cuyos principales representantes son Buss y Pinker). Dado que la evidencia sobre la que se apoya la PE pop es escasa, sus afirmaciones resultan “profundamente defectuosas” (p. 51).

Precisamente por la naturaleza infalsable de sus afirmaciones, la PE ha sido vinculada a la pseudociencia por el mayor exponente del tema, el filósofo y PhD en genética, Massimo Pigliucci (2006, 2008). No obstante, aquí valga aclarar lo siguiente: identificar la PE como pseudociencia no hará que desaparezca ni tampoco reconocerla como ciencia no hará que sus vicios se borren.

En efecto, no es necesario que una disciplina degenere en una pseudociencia para que sea rechazada. De tener que elegir un adjetivo, las evidencias y argumentos aquí revisados sugieren con suficiencia que la PE es, a lo sumo, una débil teoría sobre la evolución de la conducta humana.

¿Hipotética o imposible?

Los pocos trabajos que desarrollan una epistemología de la psicología evolucionista citan literatura de hace 4 o 5 décadas, cuando la sociobiología estaba en boga (Ketelaar y Ellis, 2000; Schmitt y Pilcher, 2004). Incluso en estudios recientes es notorio que la narrativa de la PE solía ser más triunfalista y ambiciosa que la contemporánea, más humilde y probabilista (Ploeger y van der Hoort, 2015).

Al respecto, un estudio deja entrever que el objetivo de la PE no es formular teorías basadas en evidencia, sino hipótesis que luego podrían ser corroboradas (Ketelaar y Ellis, 2000) –un proceso cuestionable para una supuesta ciencia natural. Asimismo, otro estudio mencionó el término “hipótesis” 60 veces (Ploeger y van der Hoort, 2015), lo cual devela la actual naturaleza epistémica de la PE.

Mientras la ciencia real tiene por objetivo formular teorías, la PE solo formula hipótesis. Si bien toda teoría ha sido una hipótesis, cuando se publica un estudio, se hace en razón de su carácter teórico y no en función de su carácter hipotético. Por ello se dice que las teorías científicas nacen comprobadas, porque se supone que ya han considerado toda la evidencia.

En cambio, la PE opera de forma distinta: no publica teorías comprobadas, sino hipótesis que necesitan comprobación. Sus desaciertos son cíclicos porque sus académicos están acostumbrados a explicaciones tentativas. Esto hace que los criterios de calidad sean flexibles, pues no es lo mismo publicar una teoría que una hipótesis. Más aún, pareciera que en PE la revisión por pares no se hace antes de la publicación, sino después.

“Sería una vergüenza que las revistas científicas también publicaran basura creacionista, pero eso es exactamente análogo a lo que hacen las revistas de PE: publicar una mezcla onanística de artículos terribles, horribles y ridículos con algunos pocos artículos que intentan refutarlos. Es un lío turbulento que mantiene a los editores en el negocio, pero no hace nada para mejorar nuestro conocimiento.” (Myers, 2018)

Hay quienes incluso afirman que la PE es “imposible” de corroborar. Para Subrena Smith (2020) hay un matching problem en la PE, una dificultad fundamental para hacer coincidir los mecanismos mentales actuales con los de nuestros antepasados. Dado que ‘n’ mecanismo cognitivo o algoritmo por el cual se resolvió cierto problema no deja fósiles, no tenemos acceso a este ni podemos saber si es una expresión de un antepasado.

Reaccionando a las críticas

Las principales críticas hacia la PE han venido desde la biología (Gould, 1997; Lloyd y Feldman, 2002; Myers, 2012; Laland, 2017), la antropología (McKinnon, 2005; Marks, 2015; Henrich, 2016; Boyd, 2018), la psicología (Halpern et al., 2007; Bolhuis et al., 2011), la neurociencia (Buller y Hardcastle, 2000; Peters, 2013) e incluso la filosofía de la ciencia (Buller, 2005; Pigliucci, 2006, 2008; Richardson, 2007).

Un prontuario nada positivo para quienes dicen explicar científicamente la evolución biológica de la “mente” humana.

Otra línea crítica viene de la teoría de los sistemas de desarrollo o DST (Lickliter, 2008). Al discutir la mirada unidireccional Gen→Fenotipo e incorporar la perspectiva biosocial, esta teoría discute la existencia de información conductual innata en los genes y apuesta por un enfoque plural y dinámico: circuitos de retroalimentación permanente entre las diversas capas de un organismo.

La DST objeta que la PE asigne causas últimas a un fenómeno de causas próximas (falacia filogenética).

Frente a ello, la PE no se ha quedado de módulos cruzados (Schmitt, 2015; Buss, 2016a; Hagen, 2016; Al-Shawaf, 2019; Stewart-Williams, 2020). Aunque varias objeciones tuvieron rabo moralista, otras –como las aquí revisadas– merecen una respuesta mejor que la simple enumeración de otros estudios igual de cuestionables (Al-Shawaf, 2020). De nada sirve declararse afín a la PE, si no conocemos sus aciertos y desaciertos.

Cuando no responden las críticas, los psicólogos evolucionistas prefieren afirmar que, si objetas sus argumentos, es porque niegas la evolución (Geher, 2015), estás politizado (Geher y Gambacorta, 2010) o tienes sesgos ideológicos (Buss y Von Hippel, 2018). Esta actitud ha generado que se piense que los psicólogos evolucionistas prefieren ignorar las críticas antes que responderlas adecuadamente:

“Los psicólogos evolucionistas ignoran en gran medida la evidencia biológica que tiene las credenciales científicas más sólidas y es más directamente relevante para sus afirmaciones sobre los mecanismos psicológicos. Esto incluye no solo evidencia de neurobiología, genética y biología del desarrollo, sino también cualquier evidencia de biología evolucionista, etología y genética poblacional que amenace con socavar su adaptacionismo de sillón.” (Woodward y Cowie, 2004, p. 331)

“Los psicólogos evolucionistas a menudo responden a sus críticos sugiriendo que malinterpretan su campo y que deberían leer los textos fundacionales de su disciplina y la enormidad de hallazgos de su investigación. Sin embargo, esta sugerencia parecería ser no más que un teórico golpe bíblico. Quieren que su investigación se sostenga de alguna manera por sí misma –esperando que sus críticos excusarán o pasarán por alto las presuposiciones teóricas que fueron hechas para lograr su realización.” (Peters, 2013, p. 317)

“[L]a PE no investiga la interacción dinámica entre genes y contexto, esencial para comprender el desarrollo y evolución del comportamiento. Por lo tanto, la PE no se ajusta a los rigurosos estándares de la biología o la psicología, a menudo no responde a las críticas metodológicas, elude las controversias teóricas y está desconectada de una gran cantidad de estudios sobre cuestiones relacionadas con la evolución del comportamiento.” (Grossi et al., 2014, p. 283)

“Me he estado quejando durante años, al igual que otros. Los defensores de la psicología evolucionista simplemente continúan haciendo cada vez más ciencia basura basada en la ignorancia de la biología evolutiva, publicando la misma mierda para contaminar la literatura científica. Es vergonzoso.” (Myers, 2020)

Peor aún, ciertos psicólogos evolucionistas han acusado a sus críticos de constructivistas o tablarasistas, pese a ser evolucionistas. Quizá por esta conducta sectaria, la escuela de Santa Barbara (que encarna a la PE aquí referida) fue apodada como la “iglesia de Santa Barbara” (Laland y Brown, 2002, p. 154); una cuyos miembros deberían “actuar menos como evangelistas y más como biólogos evolucionistas” (Gray et al., 2003, p. 265).

Aunque durante 20 años Buss definió a la PE como una “nueva disciplina científica”, es notorio que ha perdido terreno. Los primeros libros exponían un programa concreto con un objeto de estudio, un marco teórico y propuestas específicas. En cambio, hoy diversos handbooks incluyen temas incompatibles con ella, como la evolución cultural (Workman y Reader, 2014; Buss, 2016a, 2016b, 2019).

Quizá a sabiendas de ello, el mismo Buss publicó recientemente un artículo donde refirió a la evolución cultural y la coevolución gen-cultura (Lukaszewski et al., 2020), dos propuestas que discrepan estrictamente con la PE. Quién diría que uno de los psicólogos evolucionistas más importantes está ahora vinculado a esa cultura que hace poco subestimó. La vida sí que da lecciones.

Algo curioso es que cuando Buss y colegas refieren a la transmisión cultural (principal mecanismo de la evolución cultural) y a la coevolución gen-cultura (principal concepto de la evolución cultural) citen a Tooby y Cosmides (Ibíd.), pese a que en su trabajo no hay nada semejante a tales propuestas. Los psicólogos evolucionistas pueden no ser grandes científicos, pero sí son buenos colegas.

Reflexiones finales

Aunque muchas críticas y réplicas han quedado fuera de este ensayo por falta de espacio, es pertinente notar que las propuestas más objetadas de la PE, han sido también las más representativas: adaptacionismo, modularidad, SS y o los PB. Ello explica por qué los críticos de la PE han cuestionado al programa en su totalidad –por ejemplo:

“En principio, no hay nada de malo en adoptar un enfoque evolutivo del comportamiento o la cognición humanos. En la práctica, sin embargo, la visión empobrecida de la evolución y la psicología adoptada por muchos psicólogos evolucionistas, así como la debilidad de su ciencia empírica, es francamente bastante embarazosa.” (Gray et al., 2003, p. 248)

“Gran parte del atractivo de la PE se deriva del hecho de que parece proporcionar una forma de ‘biologizar’ la ciencia cognitiva con consideraciones evolutivas que supuestamente proveen poderosas restricciones adicionales a la teorización psicológica. Creemos que esta apariencia es engañosa.” (Woodward y Cowie, 2004, p. 331)

“El fracaso de la psicología evolucionista para producir descubrimientos empíricos sólidos […] se deriva de problemas con su marco teórico –en particular, su dependencia en hacer una ‘ingeniería inversa’ de la mente desde los restos de nuestro pasado del Pleistoceno, su suposición de que la arquitectura adaptativa de la mente es masivamente modular y su doctrina de una naturaleza humana universal.” (Buller, 2006, p. 282)

“Es poco probable que alguna vez aprendamos mucho sobre nuestro pasado evolutivo dividiendo nuestra historia del Pleistoceno en problemas adaptativos discretos, suponiendo que la mente esté dividida en soluciones discretas para esos problemas y luego respaldando esas suposiciones con datos de lápiz y papel. El campo de la psicología evolucionista tendrá que mejorar.” (Buller, 2012, p. 51)

Tras revisar 2578 artículos de ciencias sociales, Alvaro de Menard (2020) concluyó que los estudios de PE fueron “artículos débiles de psicología social con una capa superior infinitesimalmente delgada de pintura evolutiva”. Para De Menard (2020), la PE era una disciplina “sorprendentemente mala” y con baja capacidad de replicación, a diferencia de otras como economía, educación o demografía.

Generalmente, los debates sobre PE recurren a envenenar el pozo o a hombres de paja como los rótulos “biofobia”, “creacionismo de la mente”, “Modelo Estándar de Ciencias Sociales”, “constructivismo” o “tablarasismo”. Aunque sean fuente de divertidos memes en redes sociales, contribuyen poco al progreso científico y a desarrollar una opinión seria sobre la conducta humana.

Sobre la PE, hay posiciones diversas: unos dicen que no es el diablo (Geher, 2006), otros que no es una teoría, sino una meta-teoría (Duntley y Buss, 2008), otros piden que todos la promulguemos (Burke, 2014), otros exigen que se esfume (Myers, 2018), algunos quieren tirarla a la basura (Eberle, 2019) y otros aseguran que provee un “marco científico sólido” que genera una “revolución científica” (Buss, 2020).

Si alguien concuerda con las críticas revisadas, pero se interesa por la evolución de la conducta, debe saber que hay otras escuelas de PE que no comparten el prontuario de la aquí referida ni tampoco enfoques adaptacionistas, modularistas, innatistas o anticultura (Dunbar et al., 2007; Laland, 2017).

¿Impacta la evolución en la conducta humana? Sí, como animales, los humanos estamos sujetos a los mecanismos de selección natural, deriva genética, etc. Críticos y defensores de la psicología evolucionista concuerdan en que la evolución opera sobre los organismos. La discrepancia –entiéndase– gira en torno a cómo ello ocurre, a la explicación brindada.

En la ciencia no hay tema libre de controversia. Las condenas que recibieron el mismo Darwin o Giordano Bruno son claros ejemplos de ello. Esta épica sirve para levantar a los enunciados investidos de ciencia como mártires frente a las críticas realizadas en cierto momento histórico.

Si el lector ávido dio cuenta que este ensayo utilizó verbos en tiempo pasado para referirse a la PE, es porque la evidencia crítica ya la expuso como una teoría acabada. Aun así, este ensayo servirá a quienes se pregunten qué fue de aquella disciplina que juraba explicar la conducta humana mediante adaptaciones, genes, módulos y un incomprensible desprecio por la cultura.

evidencias teoría de la evolución
Charles Darwin dijo estar “convencido” de que en la evolución de los organismos “la selección natural ha sido el medio principal, pero no exclusivo”. (Natural History Museum)

Nota del autor: El presente ensayo se realizó con el apoyo de mis colegas Sientífiko (politólogo, Universidad de Santiago, Chile) y Miguel Ángel (antropólogo biológico, Universidad de Arte y Ciencias Sociales, Chile), quienes son coautores.

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*Ibíd. o ibidem significa en el mismo lugar.

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4 Comentarios

  1. Me parece interesante el articulo, pero con respeto, haces lo mismo que criticas a Roxana Kreimer, solo buscas las fuentes que te dan la razón. Dejo como referencia un link a la respuesta de varios científicos al libro de Gina Rippon The Gendered Brain. El daño que le estan haciendo los constructivistas a la ciencia es grave, solo basta ver el hoax de Peter Boghossian, James A. Lindsay, y Helen Pluckrose.

    https://www.nature.com/articles/d41586-019-01366-5
    https://en.wikipedia.org/wiki/Grievance_studies_affair

  2. Gracias por el comentario, Martin.

    Conozco a los mencionados Peter Boghossian, James Lindsay, y Helen Pluckrose, sin embargo, su trabajo no me parece destacable. Más se dedican a escribir tonterías por Twitter que a publicar ensayos o papers. En primera instancia, me agradó el trabajo que hicieron al publicar artículos fake en revistas de estudios de género (he criticado al campo en este mismo canal, precisamente mencionando su hazaña). No obstante, luego de ver cuáles eran sus intenciones (no académicas, sino de militancia), me desencanté. No se les puede tomar en serio desde una perspectiva académica, pese a que dos de ellos tienen la formación.

    El trabajo de Gina Rippon es muy recomendable. Lamentablemente ha sido acusada injustamente de negar las diferencias sexuales (cuando ninguna de las llamadas neurofeministas ha hecho tal cosa, y tengo un artículo sobre género en este mismo medio que prueba lo que te digo). Como podrás ver, las críticas científicas hacia su trabajo son pocas; la mayoría viene de personajes de redes sociales como el torpe de Lindsay, Pluckrose (que no trabaja en universidades, según leí) o Soh (a quien también he criticado). Te recomiendo leer mi artículo sobre el concepto de género, porque ahí repaso buena parte de los debates sobre el neurofeminismo y el determinismo.

    Saludos

  3. Qué estupidez, muy claramente el autor de este texto jamás abordó el campo del evolucionismo. Típico viniendo de un académico frankfurtiano de la facultad de humanidades. Un desprovecho y pérdida de tiempo total. Cometer confusiones teóricas como la de establecer que las adaptaciones biológicas pueden ser generadas por otros mecanismos fuera del ámbito de la selección natural es rayar con lo ridículo e ignorante: en ciencias biológicas una adaptación es específicamente un rasgo heredable producto de presiones selectivas i.e., presiones que inciden sobre el desempeño reproductivo y ejercidas siempre por el medio, ya sea externo o interno. Esto no quiere decir que no puedan surgir y persistir rasgos heredables que no resulten ser la consecuencia de presiones selecciones, sino por ejemplo producto de la deruva génica o de simples mutaciones, pero esos caracteres heredables no son resultado de presiones selectivas sobre las poblaciones y el pool génico, sino el resultado del mero azar o de variables indeterminadas y por ende no constituyen adaptaciones. Una adaptación no es un rasgo que hace de un organismo más apto en el entorno, el resultado de presiones selectivas sobre el pool génico de una población de modo que el medio determinara la fijación de un alelo. Un ridículo, un incompetente, de nuevo, típico viniendo de los sofistas posmodernos de las humanidades, las letras y el arte academico latinoamericano. Da vergüenza tanta brutalidad intelectual, el arte del hablemos sin saber y sin haber leído absolutamente nada del tópico que se plantea discutir.

    • A ver, Nicolás.

      Como antropólogo que soy, llevé cursos de teoría antropológica donde hasta leí a Darwin. Como disciplina, la antropología se divide en dos: sociocultural y biológica. No sé a qué te refieres con «humanidades».

      Dices que yo confundo en decir que las adaptaciones biológicas puedan ser generadas por otros mecanismos aparte de la selección natural. Muy extraño. De hecho, lo que hice fue lo contrario. En el artículo se menciona que los psicoevo evitan los mecanismos evolutivos no adaptativos (como la deriva genética o las mutaciones) para centrarse en la selección natural.

      Al parecer no has entendido nada este asunto.

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