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La legalización del aborto es tema difícil. La posición conservadora y religiosa del activismo antiabortista es simple: no al aborto bajo ningún motivo. El principal argumento de los autodenominados “provida” es una defensa del concebido (del embrión o feto), realizada vía multitudinarias “marchas por la vida” y regular presencia en los medios.

No obstante, pese a su activismo, la postura provida no está respaldada en evidencia científica –de hecho, varios de sus argumentos alcanzan lo ridículo (Perfil, 2018). Aunque muchos activistas provida digan basarse en datos que matan relatos, ¿qué dice realmente la evidencia científica?

Tras revisar diversos estudios, el presente ensayo identifica 8 evidencias científicas que respaldan la legalización del aborto: 1) el concebido no es una persona, 2) no siente dolor, y 3) carece de consciencia; 4) el aborto legal reduce la mortalidad materna, 5) no afecta la salud psicológica de la mujer, y 6) contribuye a la salud de la mujer; 7) negar un aborto legal afecta la salud de la mujer; y, finalmente, 8) las creencias religiosas afectan a la mujer que aborta.

Evidencia 1: El concebido no es una persona

Un conocido argumento provida, presente en estos debates hace varias décadas (English, 1975), sostiene que, si el concebido presente en el vientre materno posee ADN humano, entonces constituye una persona humana. ¿Qué tan cierto es ello? Empecemos por lo más claro y evidente: el concebido sí constituye vida, especialmente vida humana. De esto no debe haber mayor duda.

Para Antonio Marlasca (2002), “ninguna persona honesta, medianamente informada de los últimos descubrimientos biológicos, el ADN, el Proyecto Genoma Humano, etc., puede negar que hay vida, y vida específicamente humana”. Sin embargo, decir que el concebido constituye vida humana no implica que automáticamente sea una persona. ¿Por qué?

Aquí no debemos confundirnos: un embrión o un feto sí son formas de vida humana, sin embargo…

“Lo que no está claro, por más afirmaciones que se hagan al respecto, es que el embrión sea además, y desde el principio, una persona humana. Jamás la biología, la embriología, etc. han afirmado tal cosa ni lo podrían hacer, por la sencilla razón de que esta categoría –persona humana– no es una categoría biológica, sino filosófica-teológica. Dicho de otra manera, el concepto de «persona» no pertenece a la biología, sino que es un constructo filosófico-teológico-jurídico.” (Marlasca, 2002)

¿Podemos mezclar conceptos científicos (cigoto, embrión, feto) con términos teológicos (persona humana) para afirmar que un embrión es una persona? Desde una perspectiva científica, es claro que ningún dato biológico o médico puede demostrar si el concebido es una persona. Los organismos biológicos no pueden caracterizarse mediante términos teológicos.

A ello se suma que el término persona posee diferentes significados. En The category of the person, Michael Carrithers, Steven Collins y Steven Lukes (1999) afirmaron que “nuestras concepciones aparentemente naturales y evidentes de nosotros mismos –nuestras personas– son, en verdad, artefactos de una larga y variada historia social que se remonta […] a las primeras comunidades humanas” (p. vii).

Evidencia 2: El concebido no siente dolor

Uno de los argumentos provida más populares es que el feto siente dolor al ser abortado. Aunque la mayoría de científicos considera que ello no es cierto, el estudio del dolor fetal es una ciencia “altamente compleja” (Belluck, 2013) dado el carácter subjetivo del dolor (Miller, 2016). Si bien sabemos que las sensaciones dolorosas se vinculan al sistema nervioso central (especialmente al cerebro), hay diferentes opiniones.

Para algunos especialistas, el dolor fetal no es posible hasta después de la semana 24 (Belluck, 2013). Otros van más allá y afirman que el dolor fetal ocurre luego de la semana 27 (Hennessy-Fiske, 2016). Algunos van todavía más lejos y sostienen que el concebido no siente dolor hasta después de la semana 29 (Miller, 2016).

Una revisión de más de 2000 estudios concluyó que “la capacidad de percepción consciente del dolor puede surgir solo después de que las vías tálamo-corticales comiencen a funcionar, lo cual puede ocurrir en el tercer trimestre, alrededor de las 29 a 30 semanas” (Lee et al., 2005, p. 952). Que el cerebro de un feto esté desarrollado entre de las semanas 7 y 26, no significa que sea funcional y pueda sentir dolor.

Para Stuart Derbyshire (2006), “la experiencia subjetiva del dolor no puede inferirse de los desarrollos anatómicos, ya que estos no tienen en cuenta la subjetividad ni los contenidos conscientes” (p. 909). Al ser una experiencia subjetiva, no se puede establecer si un estímulo es doloroso únicamente mirando al desarrollo cerebral.

El único consenso al respecto indica que la mayoría de abortos se realizan antes de que el concebido pueda sentir dolor (Belluck, 2013). Si bien los fetos pueden reaccionar a estímulos que generan aumento del ritmo cardíaco y segregación de endorfinas y cortisol, ello no significa que sean estímulos dolorosos, pues el feto no será consciente del dolor (Miller, 2019).

Evidencia 3: El concebido carece de consciencia

Otro conocido argumento provida indica que los abortos no deben ser practicados porque el feto es consciente de su entorno. Sobre este aspecto, la neurología es muy clara: sin un sistema nervioso central (encéfalo y médula espinal) suficientemente desarrollado, no habrá consciencia alguna. ¿Cuándo, entonces, es que dicho sistema comienza a desarrollarse?

Michael Gazzaniga (2005), uno de los neurocientíficos más reconocidos, sostuvo en The ethical brain que la primera actividad eléctrica del cerebro de un feto ocurre entre las semanas 5 y 6. Sin embargo, tal “no es una actividad coherente del tipo que subyace en la conciencia humana, ni siquiera la actividad coherente que se observa en el sistema nervioso de un camarón” (p. 5).

Recién en la semana 13 comienza a desarrollarse una estructura llamada cuerpo calloso y todavía para la semana 16, se empiezan a formar los lóbulos cerebrales. Sin embargo, “en este punto, el feto no es un organismo sensible ni autoconsciente; es más como una babosa de mar, un retorcido y reflexivo trozo de procesos sensorio-motores que no responden a nada de manera dirigida y con propósito” (Ibíd., p. 6).

Luego de la semana 17 ocurren las primeras sinapsis (la comunicación interneuronal que respalda las funciones cerebrales). Durante la semana 23, el feto responde a estímulos aversivos, mientras recién para la semana 32, el cerebro controla la respiración y la temperatura corporal. Sin embargo, “no existe un sistema nervioso sostenible o complejo hasta aproximadamente seis meses de gestación” (Ibíd., p. 7).

Un estudio sobre el origen biológico de la consciencia concluyó que in utero el feto está sedado, por lo que un nivel mínimo de consciencia (análogo al de un ratón) empezaría a mostrarse recién tras su nacimiento (Lagercrantz y Changeux, 2009). Aunque muchas de las estructuras neurológicas necesarias para la consciencia estén presentes hacia el tercer trimestre, estas no son funcionales.

Evidencia 4: El aborto legal reduce la mortalidad materna

Un objetivo del aborto legal es reducir la mortalidad materna causada por abortos clandestinos (Grimes et al., 2006). Desde los años 70 se sabe que “ya sea que el feto sea una persona o no, el aborto es justificable temprano en el embarazo para evitar daños moderados y algunas veces justificable tarde en el embarazo excepto para prevenir daños significativos o la muerte” (English, 1975, p. 243).

Actualmente, la evidencia es clara. Para Aníbal Faundes (2015), médico ginecólogo y obstetra chileno, “nadie pone en duda que el principal efecto de que el aborto deje de ser crimen y que el sistema de salud haga accesible los servicios de interrupción del embarazo, es la inmediata reducción de la morbilidad y la mortalidad asociada al aborto inseguro” (p. 427).

En diversos países, la mortalidad materna cayó tras la legalización del aborto. En Uruguay, los abortos generaban el 37 % de las muertes maternas entre los años 2001 y 2005, no obstante, tras su legalización, la mortalidad cayó al 8 % entre los años 2011 y 2015 (Di Santi, Martínez y Vaccari, 2018). Actualmente, Uruguay es considerado un caso modelo.

Para Leonel Briozzo (2016), exsubsecretario de Salud Pública de Uruguay, las políticas implementadas para reducir el riesgo en los abortos inseguros han mostrado “un fuerte impacto no solo en la reducción de la morbilidad, sino también porque condujo a un cambio dramático en las actitudes de los profesionales de la salud y el sistema sanitario” (p. s5).

El conocido informe del Institute Guttmacher (Singh et al., 2017) mostró que en muchos países la tasa de aborto se redujo tras su legalización. Aunque haya casos excepcionales, la evidencia general indica que “la liberalización de la ley que permite traer a la mujer que desea abortar al sistema de salud, favorece la reducción de las tasas de aborto” (Faundes, 2015, p. 427).

Aunque la cantidad de abortos puede aumentar tras su legalización, la tasa de abortos disminuye con el tiempo, pues estos se tornan menos frecuentes en relación al crecimiento poblacional. Por ejemplo, en España la cantidad de abortos disminuye anualmente (Daniele, 2017), mientras en países desarrollados la tasa de abortos cayó un 11 % (Tardón, 2016).

Si uno se opone al aborto, debería apoyar su legalización, pues criminalizarlo no reduce su cantidad, sino que hasta aumenta la mortalidad materna. En efecto, diversos estudios muestran que “criminalizar el aborto solo causa sufrimiento y muertes, particularmente en los países menos privilegiados y entre los sectores más marginados de la sociedad” (Faúndes y Shah, 2015, p. s58).

En un reportaje para The Guardian, Jill Filipovic (2018) citó el informe Guttmacher y afirmó que las políticas proaborto son capaces de disminuir las tasas de aborto y la mortalidad materna: “Basta con mirar los datos”, sostuvo. De hecho, la región con la tasa más alta de abortos es América Latina y el Caribe, donde –vaya causalidad– están algunas de las legislaciones más restrictivas.

Un reciente estudio realizado con datos de 162 países (desde 1985 hasta 2013) concluyó que legalizar el aborto reduce la mortalidad materna (Latt, Milner y Kavanagh, 2019). Para las investigadoras, los resultados “sugieren que es necesario reformar las leyes de aborto en aquellos países con leyes de aborto más restrictivas y proporcionar servicios de aborto seguro para proteger a las mujeres de los abortos inseguros e ilegales” (Ibíd., p. 8).

Evidencia 5: El aborto legal no afecta la salud psicológica de la mujer

Apelando al “síndrome post-aborto”, los provida afirman que el aborto daña psicológicamente a la mujer. Sin embargo, el tema no es tan simple. Cuando Ronald Reagan, expresidente de los Estados Unidos, le pidió a su cirujano general, C. Everett Koop, un informe sobre los efectos psicológicos del aborto, este se negó pues consideró que el daño era “minúsculo desde una perspectiva de salud pública” (Bazelon, 2007).

En un artículo publicado en la Journal of the American Medical Association, Nada L. Stotland (1992) sostuvo que “[l]as secuelas psiquiátricas significativas tras el aborto son raras, tal como se documenta en numerosos estudios prospectivos metodológicamente sólidos” (p. 2079). Por su falta de evidencia, algunos consideran al “síndrome post-aborto” como un “invento de fanáticos religiosos” (Iglesias y Roffo, 2018).

Aunque algunos estudios cataloguen al “síndrome post-aborto” como un trastorno de estrés postraumático (Gómez y Zapata, 2005), lo cierto es que, para la comunidad científica, dicho “síndrome” no existe (Babbel, 2010). Como tal, no ha sido aceptado por la Asociación Americana de Psicología ni por la Asociación Americana de Psiquiatría.

Pese a ello, el activismo provida logró que dicho síndrome fuera incluido en los sistemas de salud. Para Kimberly Kelly (2014), esto genera que las mujeres reciban “información inexacta sobre los riesgos psicológicos del aborto, eludiendo su derecho y su capacidad de tomar sus propias decisiones reproductivas informadas” (p. 24). Hoy, el carácter inocuo del aborto legal está bien reconocido (Jacobs, 2018; King, 2018).

Para Kelly (2014), la nocividad de dicho síndrome “no se deriva de evidencia científica o confiable, sino del fervor moral y religioso” (p. 24). Aunque los provida deseen prohibir el aborto (incluso donde ya es legal), solo podrán hacerlo mediante “pseudociencia engañosa” (Kelly, 2014). Y es que los estudios que reportan daños psicológicos postaborto muestran graves errores metodológicos.

Un estudio publicado en la revista Contraception reveló que “los estudios de más alta calidad obtuvieron hallazgos que en su mayoría fueron neutrales, lo que sugiere pocas diferencias […] entre quienes abortaron y sus respectivos grupos de comparación” (Charles et al., 2008, p. 448). En cambio, “los estudios con metodologías más defectuosas encontraron secuelas negativas consistentemente” (Ibíd., p. 449).

El uso inapropiado de grupos de comparación o el control inadecuado de factores de riesgo (depresión, pobreza o violencia doméstica) son algunos de los vicios de tales estudios (Major et al., 2009). De hecho, “la afirmación de que las asociaciones observadas entre historial de aborto y problemas de salud mental son causadas por el aborto per se, en oposición a otros factores, no está sostenida por evidencia existente” (Ibíd., p. 885).

¿Qué dicen los estudios sobre la inocuidad del aborto legal?

  • El 2014, un estudio comparó a 259 mujeres que abortaron con 677 mujeres que tuvieron un parto y concluyó que el aborto no es un predictor significativo de ansiedad, trastornos alimentarios o conducta suicida (Steinberg, McCulloch y Adler, 2014). En realidad, “la salud mental previa al embarazo fue un fuerte predictor de la salud mental posterior al embarazo” (Ibíd., p. 267).
  • El 2015, un estudio evaluó a 956 mujeres y halló que quienes abortaron presentaban niveles de depresión y ansiedad similares o menores que quienes no abortaron (Foster et al., 2015). Es decir, el estudio no halló que la ansiedad o la depresión fuera más común en las mujeres que abortaron. Para los autores, estos resultados “no respaldan la noción de que el aborto sea una causa de problemas de salud mental” (Ibíd., p. 2073).
  • El 2017, un estudio halló que las tasas de depresión entre mujeres que abortaron y mujeres con abortos negados no diferían significativamente (Horvath y Schreiber, 2017). Asimismo, los estudios que mostraban que las mujeres que abortaron tenían mayor ansiedad, depresión o estrés postraumático estaban “plagados de errores metodológicos” (Ibíd., p. 76).
  • El 2018, un estudio examinó la relación entre abortos y prescripción de antidepresivos en 396.397 mujeres, y halló que quienes abortaron tenían mayor probabilidad de usar antidepresivos (Steinberg et al., 2018). No obstante, los autores aclararon que “el mayor uso de antidepresivos no es atribuible a haber tenido un aborto, sino a las diferencias en los factores de riesgo de depresión” (Ibíd., p. 833).
  • El mismo año, empleando data del National Longitudinal Study of Adolescent Health, Alicia M. Gomez (2018) concluyó que no hay evidencia de que las mujeres que abortaron presenten mayor riesgo de depresión, en relación a quienes tuvieron partos luego de un primer embarazo no deseado.

Según David Reardon (2018), podemos identificar dos tendencias: los “proponentes” que enfatizan en los riesgos asociados al aborto y los “minimalistas” que enfatizan en los factores preexistentes. Aunque ambas posturas difieren en diversas cuestiones (conceptos mal definidos o prenociones ideológicas), concuerdan en que es imposible identificar hasta qué punto cualquier síntoma es atribuible al aborto.

Mejor aún, el aborto legal es hasta más seguro que el propio parto. Hace algunos años, un estudio halló que la tasa de mortalidad por parto es de 8,8 muertes por cada 100 mil nacidos vivos, mientras la tasa de mortalidad por aborto inducido es solo de 0,6 muertes por 100 mil abortos (Raymond y Grimes, 2012). En otras palabras, el riesgo de morir en un parto es 14 veces mayor al riesgo de morir por un aborto.

Evidencia 6: El aborto legal contribuye a la salud de la mujer

En relación al punto anterior, diversos estudios muestran que cuando un aborto es solicitado, contribuye a la salud de la mujer. Mabel Lie, Stephen Robson y Carl May (2008) revisaron diversos estudios que analizaron las experiencias de mujeres tras abortar y concluyeron que las mujeres mejor informadas y respaldadas en su elección mostraban resultados psicosociales favorables. Pero esto no es todo.

  • El año 2000, un estudio evaluó la salud mental de 800 mujeres y concluyó que, tras abortar, 301 de 418 (72 %) quedaron satisfechas, 306 de 441 (69 %) volverían a abortar, 315 de 440 (72 %) reportaron mayores beneficios y 308 de 386 (80%) no presentaron depresión (Major et al., 2000). Para los autores, “el aborto electivo de un embarazo no deseado no representa un riesgo para la salud mental” (Ibíd., p. 783).
  • El 2013, un estudio examinó a 843 mujeres y halló que el 95 % de las que abortaron sintió que tomó la decisión correcta y lo mismo sintió incluso el 89 % de mujeres que tuvieron emociones negativas (Rocca et al., 2013). Según el estudio, es importante distinguir las emociones sobre el embarazo y la intención de alumbrar, porque las mujeres que mostraron ira y tristeza por su embarazo también sintieron alivio y felicidad tras abortar. Para las autoras, “si las emociones negativas sobre un embarazo no deseado […] se atribuyen erróneamente a la experiencia de abortar, las emociones negativas se sobreestimarán” (Ibíd., p. 128).
  • El 2014, un estudio analizó los efectos que produjeron obtener y no obtener un aborto en 956 mujeres y hallaron que las mujeres que abortaron reportaron mayor autoestima y satisfacción de vida que aquellas con abortos negados (Biggs et al., 2014). En consecuencia, no hay evidencia para sostener que el aborto perjudique la autoestima o la satisfacción de vida de las mujeres en el corto o largo plazo.
  • El 2015, un estudio evaluó la concurrencia de depresión y ansiedad en 956 mujeres (que abortaron debajo del límite de edad gestacional, que les negaron abortar y dieron a luz, que les negaron abortar y no dieron a luz, y que abortaron en el primer trimestre) 3 años después y halló que quienes abortaron tenían menor probabilidad de sufrir ansiedad y depresión (Biggs, Neuhaus y Foster, 2015).
  • Ese mismo año, otro estudio examinó la valoración que 667 mujeres tenían sobre su decisión de abortar y halló que el 95 % de las mujeres que participaron en el estudio afirmaron que haber abortado fue una decisión correcta (Rocca et al., 2015). Para los autores, “las mujeres sintieron abrumadoramente que el aborto fue la decisión correcta tanto a corto plazo como a lo largo de tres años” (Ibíd., p. 14).
  • El 2019, un estudio examinó durante 5 años la salud física de 874 mujeres con abortos realizados (711) y abortos negados (163), y halló que la salud física de las mujeres que abortaron era mejor que la salud de aquellas que alumbraron (Ralph et al., 2019).

La evidencia científica que muestra cómo el aborto legal contribuye a la salud de la mujer es contundente. Aunque muchas de las emociones experimentadas por las mujeres son normales en eventos significativos, los sentimientos de tristeza o angustia experimentados tras abortar no producen un daño mental serio (Black, 2018).

Evidencia 7: Negar el aborto legal afecta la salud de la mujer

Desde hace mucho se sabe que negar el aborto afecta negativamente la salud de la mujer (Watters, 1980). Los estudios señalados en la evidencia 6 mostraron, por un lado, que el aborto legal contribuye a la salud de la mujer. No obstante, por otro lado, tales estudios muestran que negar el aborto legal afecta la salud de la mujer.

  • Por un lado, Rocca y colegas (2013) mostraron que el 95 % de mujeres que abortaron sintieron que fue la decisión correcta. No obstante, por otro lado, también evidenciaron que las mujeres con abortos negados sintieron mayor arrepentimiento e ira, así como menor alivio y felicidad.
  • Por un lado, Biggs y colegas (2014) mostraron que las mujeres que abortaron reportaron mayor autoestima y satisfacción de vida. No obstante, por otro lado, también evidenciaron que negar un aborto es perjudicial para la autoestima y el bienestar de las mujeres.
  • Por un lado, Biggs, Neuhaus y Foster (2015) demostraron que las mujeres que abortaron tenían menor probabilidad de sufrir problemas de salud mental. No obstante, por otro lado, también evidenciaron que las mujeres con abortos negados tenían mayor probabilidad de sufrir problemas de salud mental.
  • Por un lado, Ralph y colegas (2019) comprobaron que las mujeres que abortaron mostraban mejor salud física que las mujeres que alumbraron. No obstante, por otro lado, también evidenciaron que las mujeres que no abortaron y alumbraron sufrían de intensas migrañas y dolores crónicos de articulaciones.

El año 2017, un estudio examinó durante 5 años la salud de mujeres con abortos negados y reportó una fuerte presencia de ansiedad, baja autoestima, baja satisfacción de vida y depresión (Biggs et al., 2017). Según los propios autores: “[e]stos hallazgos sugieren que los efectos de negar un aborto pueden ser más perjudiciales para el bienestar psicológico de las mujeres” (Ibíd., p. 177).

Actualmente, distintos medios difunden activamente lo que diversos estudios muestran: negar un aborto legal solicitado afecta la salud de la mujer (Ducharme, 2019; Healy, 2019; Pearson, 2019). Si quienes pretenden “salvar las dos vidas” conocieran la evidencia científica, quizá podrían notar que negar un aborto hace más daño que bien.

Evidencia 8: Las creencias religiosas afectan a la mujer que recurre a un aborto

En un estudio realizado en diversas sociedades, Larissa Remennick y Rosie Segal (2001) demostraron que la angustia posaborto puede ser inducida por proveedores de salud o medios de comunicación, incluso en países con aborto legal. Para las autoras, “el contexto social en el que las mujeres buscan interrumpir su embarazo tiene un grave impacto, tanto en su percepción del aborto, como en sus consecuencias emocionales” (Ibíd., p. 63).

Medios como Aciprensa o Religión en Libertad difunden los peligros del “síndrome post-aborto” y hasta citan un estudio que expondría los malestares psicológicos que causa el aborto (Coleman et al., 2017). Sin embargo, dicha investigación no solo no empleó el término “síndrome post-aborto”, sino que además señaló que profesar una religión afecta a la mujer que recurre a un aborto.

De hecho, el estudio de Gómez y Zapata (2005) mostró que las 10 mujeres que reportaron síndrome de estrés postraumático tras abortar eran, paradójicamente, católicas:

– “Muestra un gran sentimiento de culpa: «pienso que Dios me ha castigado»” (Ibíd., p. 269);

– “Cree que Dios la está castigando por ese problema” (Ibíd., p. 270);

– “Familiarmente educada en valores religiosos, quiere confesarse, aunque teme porque piensa que Dios no la puede perdonar” (Ibíd.);

– “Procede de un ambiente muy religioso y se ha confesado varias veces, pero sigue muy culpabilizada psicológicamente” (Ibíd.).

El año 2018, un estudio entrevistó a 78 mujeres religiosas que habían abortado y halló que las creencias religiosas impregnan las manifestaciones de estigma sobre el aborto (Frohwirth, Coleman y Moore, 2018). Dicho efecto se apreció tanto en mujeres afiliadas a organizaciones religiosas como en aquellas sin filiación.

“[S]abes, es algo que te persigue a ti y solo a ti –es decir, todos tienen diferentes creencias, algunas personas son ateas, algunas personas son protestantes, católicas, lo que sea. Quiero decir, yo personalmente soy espiritual y siento que, si sigo con esto de nuevo, ¿cómo me va a castigar Dios más adelante? Sabes, si, cuando estamos listos y decimos que tenemos nuestras finanzas en su lugar, finalmente tenemos nuestra propia casa, todo es perfecto, ¿verdad? —2015, cristiana, caucásica e hispana” (Ibíd., p. 388)

“Fui a una escuela católica y básicamente [dicen que el aborto es] como la cosa más horrible que podrías hacer, que estás quitando las vidas de Dios y bla, bla, bla, simplemente exagerado hasta el punto de locura. En sí realmente no me afectó, pero esas cosas siempre están en tu cabeza, a pesar de que dices: «No creo en eso», pero esa pequeña voz sigue apareciendo, como: «Estás matando a tu hijo» —2008, católica, caucásica, no hispana” (Ibíd., p. 389)

“Hablé con mi madre al respecto y le dije que quería abortar. Ella me odia. Ella no me habla. Ella me echó de la casa. Me estaba quedando con ella. Ahora mismo me quedo aquí y allá, donde sea que pueda, con mi hijo, y ella dice que soy una mala madre, que soy la peor persona que he tenido, que si estoy teniendo un aborto entonces tampoco quiero a mi hijo, que Dios nunca debería haberme dado el regalo de ser madre. Eso es muy difícil, porque toda mi familia me odia. No entienden lo que es estar en mis zapatos o por qué no quiero estar embarazada. —2015, católica, caucásica e hispana” (Ibíd., p. 390)

Si bien ciertos grupos religiosos norteamericanos muestren actitudes moderadas hacia el aborto (Dozier et al., 2020), la Iglesia católica es histórica opositora especialmente en América Latina (Ramos, 2016). No obstante, el problema no es el aborto en sí, sino sus acompañantes: depresión, bajo nivel educativo, pobreza, violencia y, desde luego, las creencias religiosas.

Finalmente

Aunque algunos activistas provida afirmen que la postura proaborto es anticientífica (Laje, 2018), lo cierto es que los estudios citados en este ensayo fueron publicados en prestigiosas revistas científicas. De hecho, un amplio corpus de estudios cualitativos y cuantitativos, transversales y longitudinales, experimentales y no-experimentales demuestra que la anticientífica es la postura provida.

Si evaluamos ambos sectores, veremos que el sector proaborto está respaldado por diversas evidencias científicas, mientras el sector provida está avalado por una sola evidencia: criminalizar el aborto produce más abortos, más clandestinidad y más muertes (Castedo, 2012; Boseley, 2016; Sedgh et al., 2016; Oberman, 2018).

Los estudios aquí citados deben ser conocidos incluso si se han realizado en contextos angloparlantes pues muestran con suficiencia que la pobreza, la violencia y las creencias religiosas –muy presentes por estos lares– son los verdaderos determinantes del daño que sufre una mujer tras abortar.

En América Latina, el conservadurismo religioso se opone al aborto y a la evidencia científica. No obstante, cada vez más gobiernos se adhieren a la postura contraria. Recientemente, gracias a un incansable activismo social, el aborto ha sido legalizado en la Argentina. En lo que a derechos refiere, la historia sigue demostrando que su obtención, le pese a quien le pese, solo es cuestión de tiempo.

Referencias

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3 Comentarios

  1. Para no enzarzarnos en una guerra sobre el estatus moral del embrión le invito a reflexionar que usted se basa principalmente en dos fuentes (el médico abortista chileno Aníbal Faundes y el think thank de Planned Parenthood, el Guttmacher Institute) para hacer las siguientes afirmaciones : la tasa de aborto se reduce tras su legalización y que «está absolutamente comprobado que legalizar el aborto disminuye la mortalidad materna al lograr que los abortos clandestinos desaparezcan y sean reemplazados por abortos en entornos seguros.» En primer lugar correlación no es causalidad, además ya se estaba observando una drástica caída de la mortalidad materna antes de legalizar el aborto. El estado de Nueva York legalizó el aborto en 1970 justificándolo en las miles de muertes de mujeres en abortos clandestinos, pues bien en la ciudad de Nueva York murieron 144 mujeres por aborto clandestino en 1921, 30 años después en 1951 murieron 15 mujeres por esa causa. / Lo interesante, es que ambos países cuentan con las legislaciones menos permisivas de aborto electivo en el mundo y poseen casi nula mortalidad por aborto, desafiando el mito según el cual, la restricción del aborto conduce a cientos o incluso miles de muertes por aborto: falso.https://c-fam.org/friday_fax/datos-de-salud-de-las-naciones-unidas-muestran-que-leyes-liberales-del-aborto-conducen-a-una-mayor-mortalidad-materna/

    Las muertes por aborto en Chile disminuyeron 99% en 50 años. Más aún, desde la prohibición del “aborto terapéutico” en 1989, la disminución continuó, confirmando que esta ley era absolutamente fútil para reducir la mortalidad materna o para afrontar casos excepcionales en los que pueda existir un riesgo inminente para la vida de la madre. Este punto no es menor, pues es un argumento recurrente para promover la legalización del aborto en Irlanda, Chile y Latinoamérica en general.

    En los años 60, cerca de 45% de las hospitalizaciones por aborto estaban relacionadas con abortos provocados. La reducción continua en la tasa de hospitalizaciones por cualquier tipo de aborto en Chile desde 1967, indica que la práctica del aborto inducido se redujo en paralelo con la caída de la mortalidad por aborto. De hecho, estimaciones publicadas hace pocos meses, muestran que sólo entre 10% y 19% de todas las hospitalizaciones por aborto en Chile se pueden asociar a complicaciones de abortos provocados en la última década.» https://www.informandoyformando.org/chile-irlanda-y-el-aborto-elard-koch/ Dicho todo esto me queda analizar la asombrosa afirmación de que legalizar el aborto no aumentará el aborto; en realidad la propia proabortista American Civil Liberties Union reconoció implícitamente que restringir la financiación del aborto disminuye el aborto : Studies have shown that from 18 to 35 percent of Medicaid-eligible women who want abortions, but who live in states that do not provide funding for abortion, have been forced to carry their pregnancies to term.5 https://www.aclu.org/other/public-funding-abortion LOS DATOS DEL MINITERIO DE SALUD CONFIRMAN ESTE HECHO
    Los abortos se duplican en la provincia de «Anne of Green Gables» dos años después de estar disponibles
    El número de abortos en la Isla del Príncipe Eduardo se ha duplicado en los dos años desde que el gobierno federal del Primer Ministro Justin Trudeau presionó a la provincia para permitir el asesinato de niños no nacidos en la isla. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=38350&utm_medium=ic&utm_source=blog&utm_campaign=noticia El aborto fue despenalizado en Holanda en 1970 y legalizado en 1984. Según en 1970 hubo 16.485 abortos en los Países Bajos; en 2015 fueron 30.803. En España (cómo el propio Aníbal Faundes reconoce) ocurrió algo parecido con la despenalización de la matanza de hijos por nacer: de 16.206 abortos en 1987 pasamos a 113.031 en 2010. Tras la legalización en este último año, ciertamente, ha habido un leve descenso del número de abortos, pero eso se debe a causas demográficas (entre 2009 y 2014 el número de mujeres en edad fértil residentes en España se redujo en más de 630.000, según datos del INE) y al aumento del número de abortos químicos, que no se notifican. 14 marzo, 2018
    ¿Hay relación entre aborto libre y tasas de mortalidad materna? https://maternidadvulnerable.com.ar/2018/03/14/aborto-libre-y-tasas-de-mortalidad-materna/

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