El ateísmo humanista de Ludwig Feuerbach

2
2683
7 min. de lectura


Por Pelagio Pérez Notario * 

El pensamiento filosófico alemán tuvo su notable preponderancia en el siglo XIX. Todas las corrientes filosóficas heredadas en aquella época (1) desembocaron en el pensamiento de Hegel, epígono de todo el movimiento filosófico cultural, cuya pretensión enunciaba la unidad del saber absoluto con el mundo finito, a través del movimiento triádico del espíritu.

Hegel, durante su larga estancia como rector en la Universidad de Berlín, al servicio del Estado y del Rey Federico Guillermo III de Prusia, en apego a las doctrinas del cristianismo protestante ortodoxo y en connivencia con la burguesía política conservadora, erigió un sistema filosófico al cual denominaría “idealismo absoluto”.

Los hegelianos «de izquierda»

Este sistema de pensamiento fundaría una reacción adversa en uno de sus alumnos, Ludwig Feuerbach, que, durante el periodo 1824–25, se trasladó hasta Berlín para escuchar sus lecciones. De testigo y discípulo pasó a la rebeldía epistémica, cuestionando seriamente la trascendentalidad de las ideas en detrimento de la realidad espontánea o sensible.

Esto derivó, a su vez, en el acercamiento a otros hegelianos que compartían una preocupación similar a la suya instaurando la unidad de los denominados jóvenes hegelianos o hegelianos de izquierda. El grupo tenía como finalidad demoler las contradicciones de la filosofía del gran maestro.

No obstante, en la Universidad de Berlín, Feuerbach rescató de su maestro Hegel como aspecto interesante las lecciones inclinadas hacia la filosofía de la naturaleza; pero se alejó del mismo por no encontrar el punto de unidad entre las ideas y los objetos, además de la atiborrada afinidad entre teología y filosofía.

Asimismo, otro motivo que responde a su abandono guarda relación con la teoría hegeliana del Estado racional, en cuya configuración el hombre es en potencia un ser libre y su desarrollo como ser racional sólo puede lograr cuando desarrolla su libertad, que significa la capacidad de autodeterminarse por lo universal (estar determinado por algo impersonal, cuya validez es para cualquier persona dentro de un mismo Estado).

De modo que, cada individuo obtiene su plena libertad solo en el Estado racional, donde se llega a la identidad entre la voluntad de cada individuo y la voluntad del Estado.

En consecuencia, Ilustración, Romanticismo e Idealismo hegeliano se convertirán en los antecedentes inmediatos de la filosofía crítica de Ludwig Feuerbach, que, en su lucha tenaz contra la religión y la teología especulativa, actualiza el mandato kantiano de “emancipación racional de la sociedad humana”.

La alienación del hombre

Por ello, el pensamiento de Feuerbach se destaca -especialmente- por la crítica de la religión y de la filosofía, cuya preeminencia se centró en una problemática concreta: la alienación del hombre.

Este problema filosófico coloca al posthegeliano como un pensador insurrecto frente al sistema de pensamiento que idealizaba un mundo trascendente a la sensibilidad, la materia y las relaciones humanas, y lo convierte en un humanista que trata de rescatar los atributos humanos, todavía inmersos en el cielo de la religión cristiana y en los conceptos metafísicos de la filosofía especulativa.

Feuerbach aborda la problemática del hombre desde la crítica analítica como método para encontrar la verdad, por cuyo camino descubre que la filosofía y la teología guardaban un serio trasfondo a destrabar: el encubrimiento de la esencia humana en el discurso filosófico, teológico y religioso.

Este tema lo desarrolla ampliamente en su obra fundamental La esencia del cristianismo (1841), que, tal como se lee el título, significa, entre otras cosas, el desvelamiento de las falsedades del cristianismo moderno.

Según Feuerbach, el hombre es un ser de conciencia ilimitada, con capacidades y cualidades propias, dotado de razón, cuya forma de vida social se caracteriza por la condición gregaria (comunitaria) y, ontológicamente, determinada por la naturaleza. Es decir, la propia naturaleza determina al ser humano como un ser atravesado por impulsos naturales y lo hace libre en la medida en que posibilita un progresivo desarrollo de las potencialidades naturalmente intrínsecas a su esencia, tendiente a la superación de necesidades y constricciones temporalmente definidas.

Sin embargo, en la historia del cristianismo se ha desarrollado el despojo de la esencia humana. Es decir, la tesis de Feuerbach sostiene que el hombre no siempre es consciente del origen y de la continua fecundación de su propio ser y de sus cualidades por el género humano, en el que vive inmerso. El olvido de este origen obstaculiza su proyección hacia la infinitud del género humano o realización unitaria de las cualidades humanas, al tiempo que objetiva (proyecta) su esencia en la figura de un ser superior extraño (Dios, el Absoluto, etc.).

En consecuencia, la religión aprovecha esta situación para nutrirse de la conciencia no reconocida (o invertida) del hombre que adjudica su origen a un ser trascendente, dejando fuera de sí su propia esencia proyectada en otro ser.

De modo que la religión, al tomar los atributos esenciales del ser humano y al someterlos a una proyección fuera de su esencia, se convierte en la causa de la alienación humana, en la cual se proyecta como infinita una idea puramente imaginada y, a la vez, se reduce a lo finito la realidad que sería su causa, desposeyendo así al hombre de lo que le hace ser hombre, es decir, de su esencia infinita.

Esta condición alienante del hombre le vuelve dependiente de un Ser Superior y, por ende, su conciencia proyectada y postergada fuera de sí, provocan en su conducta contradicciones y falsedades que él mismo imagina como un ente real. Es decir, el Dios conceptual, abstracto que el hombre configura en su mente –con sus categorías de infinito, absoluto, omnipotente y suprasensible– no sería sino un producto de su propio pensamiento, subvertido y convertido en objeto de adoración.

Entonces, Dios no es más que la inteligencia que se piensa a sí misma, el entendimiento que busca la causa primera, la razón que se objetiva como fin de sí mismo, o la autoconciencia. En otras palabras, Dios es el entendimiento, concepto supremo y la facultad suprema del pensamiento del hombre.

El hombre encuentra de manera falsa y contradictoria la perfección moral, conceptual, real, temporal, espacial en el Dios que imagina y configura de acuerdo a su situación, problemas o necesidades.

De modo que su Dios es rico en atributos porque todas las perfecciones o esencia humana se las lleva él y es lo que sostiene su existencia imaginaria en el cielo de las abstracciones; mientras que el hombre queda con la miseria, la angustia, la desesperación, la pobreza y, ante las adversidades que se puedan presentar, debe clamar a su Dios para que venga en su ayuda.

Esto explica el proyecto de salvación para el hombre que la teología cristiana sostiene: el hombre debe vivir como un humilde, penitente, miserable, despojado de todo valor para enfrentar por sus propios medios la vida y desafiar los obstáculos, para que el Dios salvador acuda en su ayuda.

Por lo tanto, mientras más rico sea Dios, más pobre y miserable deberá ser el hombre.

Feuerbach cuestiona estas grandes contradicciones, y encuentra el origen de este mal social en los discursos filosóficos de la época, en la teología protestante y la práctica religiosa misma. La razón, según el autor, estriba en que la filosofía, teología y religión encubren desde sus discursos la trascendentalidad y las proyecciones humanas en un mundo imaginario, de contradicciones, que escinde el ser del hombre, porque vive en la tierra pero su esperanza y su futuro hipoteca en un Dios fuera de la realidad cotidiana.

La filosofía, la teología y la religión misma se vuelven fundamentalistas al reforzar con sus argumentos la condición alienante del hombre, en lugar de liberarlo.

Monumento al filósofo Feuerbach, en la ciudad de Núremberg. (Wikicommons)

Un ateísmo humanista

Por consiguiente, para la disolución de la alienación, Feuerbach sostiene la siguiente tesis: existen tres esencias, cualidades o capacidades infinitas en el ser humano, que le son propias y que forman una unidad ontológica: la razón, el sentimiento y la voluntad.

Esta unidad triádico–ontológica sustituye la figura de la trinidad divina del cristianismo; reduce el discurso hegeliano de que en el Estado el hombre se realiza como ser libre, y desplaza la figura de Dios –porque en dicha esencia triádica se recupera la esencia proyectada y postergada del hombre–, siendo ahora el hombre el centro de toda la realidad, que desemboca en un antropocentrismo. De modo que Homo homini Deus est, es decir, “El hombre es Dios para el hombre”.

De ahí en adelante, su apuesta se centrará en un humanismo sin Dios, un humanismo ateo.

El Dios que fundamentaba la existencia y, al mismo tiempo, garantizaba las proyecciones u objetivaciones de la esencia humana, se reduce a esencia humana, el hombre consciente de sus cualidades y atributos infinitos, en común con los demás que le rodean.

El problema de fondo no es la discusión “Dios existe o no existe”; al contrario, no tiene ningún sentido que Dios exista si el hombre tiene plena conciencia de sus atributos humanos, cuyas dimensiones se desarrollan y progresan en la medida en que el hombre se integra en la sociedad secular de una comunidad de iguales, dado que todos los seres humanos comparten la unidad triádica de la voluntad, razón y sentimiento.

Por último, el humanismo ateo de Feuerbach no es una pelea con la teología ni con la religión; más bien, es la superación de un estado alienante (del cielo de las abstracciones) a un estado terrenal (a la naturaleza, sociedad, cultura, historia, etc.) en busca del bien humano y del sentido genuino de la existencia.

Una filosofía para la sociedad moderna

La importancia de su propuesta (secularización humanista arreligiosa) no quedó en el siglo XIX, porque de aquel siglo a la fecha, sus ideas se fusionan con las perspectivas de una política democrática, concuerdan plenamente con una educación liberadora, se ajustan con las necesidades sociales y económicas, expresa apertura hacia la diversidad y se relaciona cabalmente con los principios y fines de la humanidad global: la libertad, la justicia, la igualdad y el bien.

La razón es que en su propuesta de “hombre secular” persiste la teleología del hombre libre, autónomo, que ha recuperado su esencia (su vitalidad) y se presta a convivir con sus iguales, en una comunidad de similar pensamiento para el desarrollo, el progreso, confraternidad y responsabilidad sensible.

Referencias y bibliografía

1 De entre las más destacadas, podrían citarse las siguientes: el racionalismo de Descartes, Spinoza y Leibniz; el empirismo del Locke y Hume, el criticismo de Kant –uno de los distinguidos referentes de la ilustración filosófica–, el romanticismo –Goethe a la cabeza–, y el idealismo.

  • FEUERBACH, Ludwig. Pensamiento sobre muerte e inmortalidad. Madrid: Alianza, 1993, 263 p.
  • ___________________. Aportes para la crítica de Hegel. Buenos Aires: La Pléyade, 1974, 173 p.
  • ___________________. Tesis provisorias para la reforma de la filosofía. pp. 45–69. En Textos Escogidos. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1964.
  • ___________________. “Sobre La esencia del cristianismo en relación a El único y su propiedad”. pp. 143–160. En Textos Escogidos. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1964.
  • ___________________. La esencia de la religión. Madrid: Páginas de Espuma, 2008, 107 p.
  • ___________________. Escritos en torno a “La esencia del cristianismo”. Madrid: Tecno, 1993, 124 p.
  • _________________________. Feuerbach y Kant: dos actitudes antropológicas. Madrid: Universidad Pontificia Comillas, 1980, 205 p.
  • GARCÍA RÚA, José Luis. Estudio Preliminar. pp. 7–47. En Pensamientos sobre muerte e inmortalidad. Ludwig Feuerbach. Madrid: Alianza, 1993.
  • KOJÈVE, Alexandre. La dialéctica de lo real y de la idea de la muerte en Hegel. Buenos Aires: La Pléyade, 1972, 190 p.
  • KUNG, Hans. ¿Existe Dios? 2da. Ed. Madrid: Cristiandad, 1979, 972 p.
  • MOOG, Willy. Hegel y la escuela hegeliana. Madrid: Revista de Occidente, 1932, 438 p.
  • XHAUFFLAIRE, Marcel. Introducción a la edición castellana. pp. 9–27. En La esencia del cristianismo. Ludwig Feuerbach. Salamanca: Sígueme, 1975.
  • ZECCA, Alfredo Horacio. Religión y cultura sin contradicción: El pensamiento de Ludwig Feuerbach. Buenos Aires: UCA, 1990, 348 p.
* Pelagio Pérez Notario (1985) es profesor de ciencias sociales. Tiene una licenciatura en antropología cultural por el Ateneo de Lengua y Cultura Guaraní y una licenciatura en filosofía por el Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos. Es maestrando en ciencias de la educación y docente de tiempo completo de historia y teoría del conocimiento para el Programa de Diploma del Bachillerato Internacional en el Centro Educativo Arambaré.

¿Qué te pareció este artículo?

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (7 votos, promedio: 4,29 de 5)
Compartir artículo:

2 Comentarios

  1. Yo veo una contradicción en el texto. Me parece contradictorio reconocer que Feuberbach declara que «Homo homini Deus est, es decir, “El hombre es Dios para el hombre” y luego calificar su pensamiento de ateísmo. Feuerbach argumenta que Dios es una hipóstasis imaginaria de la propia Humanidad y, por tanto, lo que debemos hacer al reconocer este hecho no es abandonar la religión sino cambiarla —debemos adorar religiosamente a la Humanidad. Así pues, llamar «ateísmo» al pensamiento de Feuerbach me parece bastante desacertado. También es desacertado calificarlo de humanismo. Su propuesta excede los límites del humanismo. Lo que Feuerbach defiende es el *antropocentrismo*; el culto a la Humanidad.

  2. Muy buenas.
    Lo de Feuerbach hay que entenderlo un poco en su contexto. En el Siglo XXI puede sonar desacertado el «humanismo» de este autor; pero, después de haber absorbido el panlogismo y teología hartamente racional de Hegel (fue alumno de Hegel entre 1824-25), entendió que, en gran medida, la alienación humana es producto de un imaginario proyectado, empujado por la religión y las ideas filosóficas. Descubre que los predicados de la teología y de la filosofía son traspuestas o están invertidos, cuando que simplemente se tratan de esencias humanas: razón, voluntad, sentimientos. Por ello, aboga por recuperar esas esencias perdidas en el imaginario trasncendental. Ahora, algunos intérpretes de Feuerbach (Cabada Castro y otros) afirman que su propuesta es un «humanismo secular» por negar la religión (alienadora). Y el hecho de que el hombre sea dios para el hombre, no significa la adoración religiosa o contemplativa del hombre, porque Feuerbach tienen en cuenta el diálogo, la naturaleza, la comunitariedad y una ética de la responsabilidad, donde el hombre debe vivir valiéndose de su propios atributos humanos con los demás. Pero, su humanismo no es del estilo renacentista, sino el que proviene de la influencia Niethammer (en 1808 acuñó el término humanismo), que a su vez estaba influenciada por la teología y otros saberes del momento.
    Ahora bien, está la alternativa de decir que la propuesta de Feuerbach es un «antropocentrismo» religioso, donde se destaca todos los valores y las condiciones humanas como centro o medida de todas las cosas. Y hasta resulta atractiva, sobre todo cuando se le reprocha a Feuerbach el hecho de haber descuidado la Historia como motor de los grandes cambios. Pero, su objetivo fue desmitificar la religión cristiana (como bien lo aclara en sus dos prólogos a «La esencia del cristianismo») y hacer saber que todos los atributos humanos ensalzados en las dimensiones trascendentales, no son más que quimeras, cuyas razones y resultados fueron elogiados por Marx y los jóvenes hegelianos (conocidos también como hegelianos de izquierda). Aunque, el propio Marx, Stirner y otros más eclipsaron la labor filosófica de Feuerbach.
    Gracias por las observaciones.
    Y qué siga el debate!!!

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here