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Por César Zapata Cerezo*

La frase “Dios ha muerto” suele ser la carta de presentación del filósofo Friedrich Nietzsche. Sin embargo, en muchas oportunidades aquellos que la citan no comprenden lo que quiere decir esta sentencia, pues no conocen a cabalidad el pensamiento del filósofo y recomponen esta falencia imaginando su significado a partir de sus creencias y prejuicios (cosa que por lo demás no nos parece tan tachable, pues es un buen comienzo para filosofar).

En lo que sigue intentaremos transitar la siguiente ruta:

  • Explicar el sentido de la frase desde el contexto de la obra de su autor, apegándonos estrictamente a su filosofía, por supuesto en la medida de lo posible, pues toda lectura es justamente eso, una lectura.
  • Problematizar o escenificar esta frase en el contexto actual de un país latinoamericano, Paraguay, bastante apegado a la religión católica y a sus múltiples reflejos autodenominados cristianos y o evangélicos.

Para abordar el primer punto, nos resulta imprescindible revisar el pensamiento de un filósofo que “conquistó a los mejores de su tiempo”: el señor Arthur Schopenhauer. Este a veces ácido alemán, opositor ferviente de lo que él solía identificar como el repugnante trío de mentirosos —Fichte, Scheling y Hegel— se autodenominaba el verdadero intérprete de Kant, su legítimo continuador y el único capaz de superarlo.

Arthur, ante todo heredero del más riguroso academicismo germano, fue un brillante profesor de filosofía y como tal estudió concienzudamente el problema de la teoría del conocimiento discutido fervientemente en la llamada modernidad Occidental.

La pregunta «¿qué es lo que conocemos en el acto del conocer?» básicamente navegaba entre dos opciones y sus múltiples bemoles. La primera era asumir que lo que conocemos es simplemente nuestra percepción, mientras que la otra, por el contrario, señalaba que lo conocido es la realidad misma. En este contexto Arthur experimentó la emoción de que dicho problema había terminado con la genial distinción de Kant entre el “objeto” y la “cosa en sí”.

Pero si es verdad que no podemos conocer qué son «las cosas en sí mismas”, sino que en estricto rigor conocemos la percepción que tenemos de las cosas. Es decir, las conocemos en cuanto somos nosotros quien conocemos, contaminadas totalmente por nuestra forma de conocer, y en consecuencia las cosas dejan de ser cosas y se convierten en algo mediatizado por el sujeto, o dicho de otro modo se convierten en objetos, entonces las cosas son completamente pasivas en el acto de conocer.

Esta conclusión era algo incómoda para Arthur, pues la realidad, lo que está fuera del sujeto queda con una consistencia débil, y la realidad es la realidad. Peor aún, Kant influenciado por Locke piensa que el principio de causalidad no existe, sino tan solo como una invención del intelecto humano, lo que implica que la cosa entonces ni siquiera es causa pasiva del conocimiento.

La cosa es nada, ergo la realidad es nada, o más bien puede ser un conjuntos de objetos que no tienen nada que ver con la cosa en sí o con la verdadera realidad.

Esto es grave incluso para Kant, quien se reposiciona, según Arthur, en algo así como el segundo Kant, y se ve obligado a admitir el principio de causalidad como otra categoría a priori que hace posible el conocimiento. Pero Schopenhauer no queda contento con esto e intenta hacer un ajuste crucial.

El humano en el acto del conocer aplica de manera instintiva, si se quiere subconsciente, una voluntad. La voluntad es lo que subyace en el acto de conocer. Si esto es así, si el humano conoce por voluntad y el conocimiento opera por semejanza, entonces lo primero que conocemos de las cosas es su «voluntad».

¿Cuál o qué es la voluntad de las cosas? Nada menos y nada más que su presencia. Las cosas no se desintegran sino que permanecen por su voluntad de presencia.

Si miras a tu alrededor, todas las cosas que ves las puedes ver porque tienen presencia, y aquello que no tiene presencia es imposible de percibir, acaso simplemente no existe. Lo primero conocido en las cosas y a la vez lo último es su voluntad, su presencia.

Entonces, ¿qué es lo que conocemos? La presencia de las cosas, pero en tanto somos nosotros quienes conocemos esto quiere decir que simplemente conocemos una re-presentación de ellas. Dicho de otro modo, tenemos nuestra representación de la presencia de las cosas.

En este horizonte la realidad vuelve a brillar, pues es ella la que origina el conocimiento a través de su voluntad o presencia. El ser humano solo es el reflejo inteligente de una fuerza que gobierna y desgobierna el Universo, una fuerza imposible de racionalizar o de entender, una fuerza azarosa que se llama voluntad.

Pues bien, ahora que sí existe la realidad podemos estar tranquilos y darle las gracias a este notable envidioso de Hegel. Bueno, no tan tranquilos, pues nosotros solo somos capaces de tener una representación de ella. Nuestro mundo es una representación.

Ahora vamos por el joven Fritz, quien asume esto y lo internaliza hasta tal punto de que ni siquiera la verdad existe, sino nada más como una representación. Más exactamente, como una representación construida por una cultura determinada.

Para Nietzsche, si el mundo es representación y las representaciones son construidas culturalmente, entonces éstas van cambiando según el tiempo y el espacio.

El filósofo Friedrich Nietzsche, pintura de 1906, del artista Edvard Munch. (Flickr)

Los dioses entonces son representaciones, pero, ¿donde está su presencia? Esto es difícil de responder, pero estamos en la aventura de hacerlo.

  • Están en el interior del espíritu de un sujeto inculturado. Son fuerzas, instintos, pulsiones.
  • Al estar en el interior del espíritu de una cultura determinada, tendríamos que aceptar que están ahí de manera casi innata y que se van construyendo en el devenir histórico, o que vienen de afuera, del mundo de la realidad o de las presencias.

Aceptar que los dioses son representaciones del espíritu de una cultura, es decir, de un espíritu construido colectivamente en el devenir de su historia, es mucho más cautelosamente apegado al pensamiento de Nietzsche y sus infinitos comentadores.

Pero como llevamos mucho tiempo leyendo y bailando Así Habló Zaratustra, peligrosamente optaremos por dialogar de otro modo. Esto significa que aceptaremos que la representación de los dioses es a partir de la presencia del gran misterio que el humano percibe cuando mira la realidad en tanto totalidad.

Todo esto es realmente aventurado, sobretodo en un pensador como Nietzsche que demuele los absolutos. ¿Pero realmente los demuele? Creemos que sí, pero lo hace parcialmente. Es decir, no existe un Dios absoluto, pero sí existen los dioses que en cada cultura se constituyen como representaciones objetivadas, construidas a partir de algo así como la mencionada presencia del misterio que encierra la realidad en tanto un sistema  angustiantemente inexplicable.

Apolo fue tan real como Thor en sus respectivas culturas, y el dios judeocristiano es tan real como las palabras que usamos en la cultura judeocristiana. Pero esa realidad es como representación de la presencia del infinito.

La lectura de este último punto es arriesgada, pero sorprendentemente alinearse o no con ella no tiene mayor influencia en lo que sigue.

¿Importa la existencia de un dios?

Por fin entramos en territorio y podemos decir que no se trata de que Dios exista o no. Esa discusión es de pensadores medievales que intentan convencer al insensato ateo o al musulmán engañado con una falsa religión, discusión que en la modernidad deviene en positivista de la mano de la ciencia que reduce “ingenuamente” el problema a una comprobación empírica.

Por otra parte, el marxismo toma cartas en el asunto desde el paradigma de las lucha de clases, donde Dios es un mecanismo de explotación con un fundamento metafísico, y que por lo demás no existe. Los pragmáticos señalan que es una discusión inútil, pues ni su existencia o no existencia se pueden demostrar y con esto hacen un guiño al positivismo.

Pero el martillo alemán realiza un desplazamiento epistémico del problema. No se discute si Dios no existe, sino que se afirma que Dios ha muerto. Es decir, su representación tal y como se había concebido murió, fue asesinada. Pero, ¿por qué y por quién?

En primer lugar, porque si todo es representación construida culturalmente, no existen absolutos como el viejo dios judeocristiano, que es el único, el creador y no deja lugar para ningún otro dios. Los españoles y portugueses dejaron esto bien claro en el proceso de colonización de América. Ese esquema de pensar está agonizante; su padre no fue solo el pensamiento judeocristiano, sino que además alguien ya atacó a los dioses de su tiempo, el “horrible” Sócrates (claro que para él el absoluto es la razón).

Murieron los absolutos, ya no se puede seguir pensando de ese modo. ¿Pero murieron realmente? Fritz quiere que así sea y ojo: «Dios ha muerto» es una frase sumamente afirmativa, llena de vida y esperanza, pues significa el principio de un cambio en la humanidad. De esta lectura sabía mucho el santo chileno Alberto Hurtado.

En segundo lugar, el dios judeocristiano fue matrimoniado con la moral y la promesa de otro mundo. Ambas cosas generan un nihilismo —un agotamiento en la capacidad para valorar— en el devenir del tiempo, pues el mundo se desvaloriza, pierde realidad frente a otro mundo metafísico y perfecto.

Esto tiene su analogía en la moral, que se presenta como fruto de una debilidad, de un no soportar la vida tal y como es, de tratar de teñir de justicia a algo que no lo tiene, de un resentimiento por aquello que está pletórico de vitalidad. Si no eres capaz de soportar tu vida, si vives solo para sentir arrepentimiento y culpa, es mejor que te suicides. Esperar un milagro es desvalorizarte como un viviente que se enfrenta con su circunstancia. El dios judeocristiano estaba desde un principio condenado a ser asesinado por el nihilismo que él mismo genera.

En suma, «Dios ha muerto» significa: han muerto los absolutos, ha muerto la denigración de la Tierra en favor de un mundo ultraterreno, ha muerto una moral basada en el resentimiento, la culpa y el arrepentimiento.

Ahora estamos en posibilidad de discutir si Dios ha muerto en Paraguay, de la siguiente manera:

  1. ¿Ha muerto una manera de pensar codificada por la búsqueda de un absoluto en Paraguay?
  2. ¿Ha muerto la esperanza en otro mundo allende a éste en el Paraguay?
  3. ¿Ha muerto una moral judeocristiana en Paraguay que se presenta desde un resentimiento, culpa y arrepentimiento?

Siendo absolutamente sincero, sería mejor que cada paraguayo filosofara respecto a estas tres preguntas, pues ya existe, según todo el intento anterior, un topos más sólido que pisar. Tal vez esto sea lo más meritorio de este breve escrito.

Pero haremos en intento.

Respecto a la primera pregunta, pensamos que no ha muerto esa manera de pensar codificada por un absoluto en Paraguay. Esto se observa en:

  • La tozudez política en buscar un elegido o apuntar a que “la juventud” que vive en una suerte de paraíso que se llama “futuro” resuelva los problemas y desligarse de la responsabilidad colectiva de resolverlos en el presente. Por tanto apostar al futuro el presente pierde fuerza, tal y como la Tierra pierde potencia frente al paraíso ultraterreno.
  • Si no es una persona o una espacio temporal, es una ideología que no acepta interlocutores, pues se sabe verdad. Por lo tanto, solo busca la manera de imponerse arrojando sillas o inculpando inocentes, pues el objetivo principal es abortar el diálogo.
  • Aun así, las dos anteriores no son absolutas, pues hay varias líneas de fuga que hacen lo contrario. Por lo tanto y en el lenguaje de Nietzsche, Dios está siendo asesinado lentamente o está agónico, pero se resiste a morir.

La segunda pregunta es más compleja, pero diríamos que sí, que el nihilismo se ha generado con las siguientes figuraciones.

  • Una moral de la culpa que opta por la limosna, muchas veces resignificada como solidaridad para tranquilizarse, pero que en realidad sabe que es un intento perdido. Jamás he sentido, y esto lo digo en primera persona, tanta angustia al dar una moneda en los colectivos a un infante repartiendo tarjetitas de santos.
    No sé si negarme, si salir a protestar, si darle dos monedas o un billete, no sé cómo sentirme tranquilo. Peor aún, sé que lo único que me queda es el desencanto que o se cristaliza como comodidad, o que en el mejor de los casos busca otra líneas de fuga, alternativas más eficientes o menos asistencialistas. En este caso y bajo la misma lógica, Dios está agonizante.

Respecto a la última cuestión, pensamos que el resentimiento hoy en día se recanaliza no de la mano del judeocristianismo, sino de la mano del capitalismo liberal, cuya conversión al consumismo nos hace fabricar deseos incumplidos y resentimiento hacia aquellos que pueden adquirir más que nosotros. Desde este punto de vista y bajo la óptica nietzscheana, Dios está más vivo que nunca.

El tema en ningún caso está agotado, y volvemos a repetir que quizá eso sea lo más meritorio del presente ensayo: invitar a pensar.

¿Intento de ocultar la filosofía nieztscheana?

Por último, es necesario decir que para cualquier religioso enfrentar al gran crítico del judeocristianismo significa un acto de meditación. Muchos han encontrado en el pensamiento de Nietzsche las claves para un renacimiento del catolicismo.

Hemos nombrado a un notable como el padre Hurtado, y otros han desenmascarado sus verdaderos instintos. Los resultados son múltiples, pero algo es seguro: el intento por desacreditar u ocultar la filosofía nietzscheana en los centros de estudio es realmente una manifestación de ignorancia, y esto sucede en Paraguay, incluso en instituciones de nivel superior. La ignorancia es peligrosa porque a poco andar se convierte en agresión.

Hace poco en el programa de radio que conduzco, perteneciente al Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos (ISEHF), una de mis invitadas, la señorita Sara Ovelar, estudiante egresada de licenciatura en filosofía, señaló que la principal labor de los que se dedican a la filosofía debería ser difundir el conocimiento. Un oyente al teléfono agregó que esto debería ser dirigido hacia todo público, pues existe mucha ignorancia.

Pues bien, esa fue una de la motivaciones para realizar este breve texto, combatir la ignorancia respecto del pensamiento de uno de los filósofos más estudiados en nuestra época. Recalcamos que la ignorancia cuando se convierte en especulación imaginativa se encuentra en posición de ser un caldo de cultivo para la actividad filosofante; desde ese punto es más positiva que nociva.

 

Referencias básicas

  • Nietzsche, Friedrich: Así habló Zaratustra. Valdemar. Madrid 2005. Traducción, Introducción y notas de José Hernández Arias.
  • Nietzsche, Friedrich: El crepúsculo de los ídolos o como se filosofa a martillazos. Edaf. Madrid 1972.
  • Nietzsche, Friedrich: La gaya ciencia. Andrómeda. Buenos Aires 2004.
  • Schopenhauer, Arthur: Estudios de historia de la filosofía. Sarpe. Madrid 1984.
  • Cordero Morales, Francisco Javier: La creación díscola del mundo. Tesis para optar al grado de Magíster en filosofía, dirigida por el profesor Dr. Renato Ochoa. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Valparaíso, Chile 2005.
  • Klossowski, Pierre: De Nietzsche y el circulo vicioso. Caronte filosofía, Buenos Aires 1995. Traducción Roxana Paéz.
  • Deleuze, Gilles: Nietzsche. Arena Libros. Madrid 2000.

 

* César Zapata es magíster en Filosofía y profesor del Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos (ISEHF).

 

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