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Por Luis Vidal González *

Uno de los conceptos que mayor relevancia han venido a tener en los últimos años, tanto en el debate académico como en espacios más informales, es, sin duda alguna, el de la posverdad. No en vano en 2016 fue nombrada la palabra del año por el Diccionario de Oxford (Cibaroglu, 2019; Vacura, 2020; Haack, 2019; McIntyre, 2018).

Debido a sus importantes implicaciones en ámbitos como el político, psicológico y sociológico, el fenómeno ha comenzado a recibir un tratamiento académico mucho más serio, pese a que en un comienzo el término fue empleado en contextos de sátira política (Fasce, 2020). El propósito del siguiente trabajo es examinar algunos de los factores que han favorecido la aparición de la posverdad.

¿Qué es la posverdad?

De acuerdo con el diccionario de Oxford (2016) podemos entender la posverdad como aquel estado de cosas en el que “(…) los hechos objetivos son menos influyentes en el moldeamiento de la opinión pública, que las apelaciones a las emociones y las creencias personales”.

Es importante enfatizar que la posverdad no es lo mismo que la mentira o la desinformación, pues la primera, cuando mejor logra su cometido, es en el momento en el que existe la creencia de que la reacción colectiva logra modificar el estatus de la mentira para convertirla en una verdad (Fasce, 2020; McIntyre, 2018; Haack, 2019).

En otras palabras, en la posverdad no importan los hechos, sino la posibilidad de convencer a alguien de creer en algo independientemente de si hay bases racionales o argumentos bien fundamentados que favorezcan dicha creencia.

Otras definiciones interesantes sobre la posverdad son aquellas según las cuales se trata de lo difuso que son los límites entre lo que es cierto y lo que es ficción, o aquellas en las que se sostiene que se trata de la situación en la que los políticos no solo mienten, sino que no les importa en absoluto si lo hacen o no, pues tienen detrás una agenda bien delimitada.

En la posverdad también se encuentran casos en los que se hace una selección especial de la información para posteriormente explotarla a conveniencia en los medios de comunicación y la opinión pública (Vacura, 2020). Todas estas condiciones han permitido que la posverdad se instale como una especie de supremacía ideológica, en la que resultan más importantes los relatos sobre la realidad que la realidad misma (Fasce, 2020).

En el ámbito político el concepto ha adquirido un papel sumamente importante para la explicación de determinadas prácticas. Durante mucho tiempo la idea de que el ser humano era completamente racional y de que sus preferencias y decisiones se fundamentan en argumentos sólidos, dominó gran parte de los trabajos teóricos desarrollados en diferentes disciplinas, incluida la ciencia política.

Sin embargo, hoy día sabemos, gracias a diversas investigaciones, que esto no es así, pues solo unas cuantas de nuestras decisiones, preferencias y actitudes son racionales, mientras que el resto tienen un gran soporte en aspectos emocionales y afectivos (Boler, Davis, 2018).

Esto último nos proporciona bases para entender los peligros que conlleva la posverdad y la dificultad para enfrentar este problema. Si la evidencia, los hechos y la realidad misma se contraponen con las creencias, las emociones y los relatos de determinados sectores sociales, podemos hablar entonces del surgimiento de una rivalidad entre lo que se han entendido como epistemologías alternativas.

Podríamos considerar que dicha rivalidad es necesaria y natural, pues la confrontación de opiniones y argumentos ha sido durante mucho tiempo parte de la vida pública del ser humano y ha permitido el desarrollo de las ciencias. Sin embargo, cuando consideramos la idea de que algunas creencias se sostienen sin argumentos o evidencia, nos acercamos a los peligros de hacer prácticas negligentes que en algunos casos ponen en riesgo la integridad de las personas (Lewandowsky, Ecker, Cook, 2017).

Perfecto ejemplo de ello son algunas prácticas pseudocientíficas en campos como la medicina o la psicología.

La posverdad es hoy una realidad innegable (Haack, 2019). Diversas figuras políticas han aprovechado este fenómeno para obtener el respaldo de determinados sectores de la población a través de aquella estrategia denominada polarización, la cual consiste esencialmente en acentuar las diferencias ideológicas entre uno u otro grupo.

Este proceso es fácil de ver en situaciones como las campañas electorales que tuvieron lugar en México durante el 2018. En ellas, los candidatos presidenciales aprovecharon sus espacios mediáticos para difundir información (no siempre confiable) cuyo único objetivo era poner en duda la integridad moral y las capacidades y aptitudes de sus rivales.

La aparición de frases e imágenes en las redes sociales y los ataques mediáticos a los candidatos y sus simpatizantes por parte de la población, son un perfecto ejemplo del éxito en el uso de estas estrategias de la posverdad.

El constructivismo social

El constructivismo social es una corriente epistemológica que ha figurado desde hace algunas décadas en los discursos de las ciencias sociales y las humanidades. Una de sus características más esenciales es la consideración de que todo nuestro conocimiento es construido como una convención que parte de la experiencia social humana y que no refleja necesariamente la existencia de alguna realidad externa (Guzón, 2018).

Así, por ejemplo, el hecho de que la suma de determinados números sea otro número es simplemente una convención social. Sin embargo, hay por lo menos tres sentidos aún más fuertes en los que se puede ser constructivista.

El primero es la consideración de que los hechos son socialmente construidos (Boghossian, 2009). El ejemplo por antonomasia es la existencia del dinero, pues solo puede aceptarse como tal una vez que se haya establecido la convención de cómo utilizarlo y para qué utilizarlo.

El segundo sentido tiene que ver con el interés en ciertos hechos que únicamente pueden surgir a partir de la intencionalidad de determinadas personas y no por otras causas como las naturales o ambientales. De nuevo el dinero es un excelente ejemplo, pues es probable que no haya nada en la naturaleza que permitiera la aparición espontánea de la moneda y el billete.

Por último, la consideración de que los hechos están construidos a partir de las necesidades de ciertos grupos y sectores sociales es una de las principales tesis que han venido defendiendo los constructivistas (Boghossian, 2009).

No es difícil imaginar que estos argumentos han permitido el surgimiento de ideas según las cuales la realidad social es impuesta en muchos sentidos por quienes detentan determinado poder.

Pocas personas negarían que es una perogrullada decir que existen cosas que son construidas socialmente, pues ejemplos claros de construcción social son las instituciones, las organizaciones políticas, los contratos, el matrimonio, entre otros. Por tal razón el constructivista genera interés en el lector a partir de denotar que existe una construcción social donde uno no se imaginaría que puede existir.

En el debate epistemológico es muy famoso el ejemplo en el que Bruno Latour, un sociólogo y filósofo, aseguró que era imposible que el antiguo faraón egipcio, Ramsés II, muriera a causa de tuberculosis dado que el bacilo de dicha enfermedad no fue descubierto hasta 1882 por Robert Koch.

Afirmaciones similares han realizado otros académicos; algunos aseguraban, por ejemplo, que la infancia no existía hasta que el concepto fue desarrollado. Para el constructivista, la realidad no es independiente del ser humano y del contexto social, sino que por el contrario es esto lo que determina su totalidad (Boghossian, 2009).

Pese a que el constructivismo gozó de buena reputación en las ciencias sociales, e incluso hoy en día se le puede encontrar en muchos espacios académicos en países latinoamericanos, también ha recibido fuertes críticas por parte de otras posturas filosóficas que consideran que algunos de sus supuestos y consecuencias son un terrible error que nos conduce a posturas relativistas insostenibles (Moulines, 1991).

Retomemos como ejemplo lo dicho por Latour. Para muchos fue claro que la tuberculosis ya existía, solo que no había sido descubierta, lo cual no modifica en absoluto la causa de la muerte del faraón (un hecho natural). Para salir al paso, el constructivista argumentó que lo que no existía en aquel momento era la idea de la tuberculosis por lo que Latour hablaba en realidad del conocimiento sobre la enfermedad.

Sin embargo, dado que muchos pensadores reconocen que los conceptos son construcciones que pueden o no ser sociales, el argumento no tuvo mayor relevancia para otro tipo de constructivismo social que no fuera en su sentido más débil.

John Searle (1997) propone una distinción muy útil entre lo que podríamos denominar un constructivismo epistemológico y uno ontológico.

Searle sostiene entonces que hay cosas en el mundo que son epistemológicamente objetivas, dado que todos las conocemos y ontológicamente subjetivas, dado que solo existen por intervención del ser humano. Así mismo, hay cosas que son ontológicamente objetivas pues su existencia es independiente de la actividad humana y epistemológicamente subjetivas, dado que solo son accesibles a un sujeto.

Para Searle los hechos ontológicamente subjetivos (construcciones sociales) parten de los hechos ontológicamente objetivos (objetos físicos). Así, por ejemplo, solamente existe el dinero a través de la transformación del billete en papel y a partir de la posibilidad de intercambiar bienes y servicios, o bien, únicamente existe nuestra conceptualización sobre las enfermedades a partir de la relación entre el cuerpo y ciertos agentes patológicos.

De esta manera es posible diferenciar entre ciertos hechos y nuestras descripciones e interpretaciones de ellos, algo que se ha reprochado a los constructivistas no habían logrado hacer.

Otra distinción igualmente útil es aquella que realiza Ian Hacking (1999). Este autor propone que existen dos clases de hechos diferentes en el mundo, la clase indiferente y la clase interactiva. Los hechos de la clase indiferente son todos aquellos que vienen dados por la naturaleza con independencia de la intervención humana.

Son ejemplo de ello la constitución del agua, la estructura de los planetas, y la gravedad, entre otros. En la segunda clase podemos encontrar aquellos hechos sociales en los que sí que intervienen los seres humanos. Algunos ejemplos podrían ser las guerras, los movimientos políticos, el abuso de poder y todo aquello que sea producto de la interacción humana.

Estas distinciones esenciales, además de otros argumentos bastante sólidos, nos permiten eludir la posibilidad de caer en una especie de constructivismo social fuerte que inevitablemente nos llevaría al relativismo y al determinismo sociológico.

Dado que no es objetivo de este trabajo hacer una revisión exhaustiva del constructivismo diremos por el momento que basta con lo aquí expuesto para entender lo problemático de aceptar las tesis constructivistas, tal como parecen haberlo hecho aquellos quienes han permitido que la posverdad modele sus discursos respecto a la realidad.

Por último, vale la pena mencionar que la posverdad se ha permitido descansar también en una tesis bastante poderosa que surge de quienes han defendido el constructivismo social, a saber, la tesis de la evitabilidad.

Hacking (1999) plantea que la consideración de que los hechos han sido construidos por determinados sectores de la sociedad ha resultado bastante liberadora, pues no hay razones suficientes para que aceptemos que las cosas no podrían ser de manera diferente a como de hecho lo son.

Problemas como la discriminación, el racismo y el machismo existen porque se han construido a partir de determinados intereses, pero esto no tiene porqué ser así. No resulta sorprendente entonces que se comenzara a pensar que toda la realidad es transformable.

Factores políticos y sociales en el conocimiento (científico)

Los debates entre quienes defienden las tesis del constructivismo y relativismo sociológico y aquellos cuya postura epistemológica se encuentra en consonancia con lo que podríamos llamar una postura racionalista con respecto al conocimiento, han sido muy frecuentes y prolíferos en campos como la filosofía de la ciencia.

Para los primeros, es evidente que los aspectos sociales y políticos tienen gran influencia en la manera en la que se construye el conocimiento para legitimar determinadas posturas frente a la organización del mundo en un sentido amplio. Los segundos, por su parte, argumentan que estas cuestiones son secundarias y que poco o nada tienen que decir frente algunos hechos en los que el ser humano carece de importancia (Giere, 1988).

Sin embargo, a través de los años han ido surgiendo diferentes autores para quienes la cuestión es un tanto más compleja.

La necesidad de reconocer que hay aspectos sociales y políticos en la producción de conocimiento científico[1], argumentan, podría ayudarnos a entender la manera en la que de hecho se construye dicho conocimiento. Mientras que, por otra parte, evidenciar que algunos hechos sociales poco o nada influyen sobre determinados aspectos de la realidad, nos ayudaría a escapar de las arbitrariedades y las consecuencias poco deseables de un relativismo y determinismo sociológico (Haack, 1999).

Una buena manera de comenzar a inspeccionar los factores sociopolíticos detrás de la producción de conocimiento ha sido la de cuestionar las aplicaciones que este ha tenido en la sociedad (Kitcher, 2001).

A la ciencia debemos un sinfín de avances tecnológicos gracias a los cuales hemos prolongado la esperanza de vida, acabado con enfermedades, llevado electricidad a casi todos los hogares y diseñado herramientas que nos permiten mantenernos comunicados con otras personas alrededor del mundo. Sin embargo, no todo avance científico-tecnológico supone beneficios, pues ejemplos en los que los perjuicios han sido mayores que los beneficios sobran.

Basta decir que muchos de los dispositivos que empleamos hoy en nuestra vida cotidiana se deben a investigaciones y a herramientas desarrolladas para ámbitos como el militar. La contaminación y el cambio climático a partir del uso tecnológico en nuestros días también es muestra de los latentes peligros que conlleva el mal manejo del conocimiento.

La idea de que la ciencia puede asociarse con el poder ha sido también una de las cuestiones más denunciadas por quienes sostienen ideas anticientíficas (Hanson, 2020). Es muy frecuente escuchar, por ejemplo, que los laboratorios y las farmacéuticas en todo el mundo se encuentran desarrollando nuevos virus y bacterias para enfermar a la población y generar ganancias a partir de la venta de medicamentos.

De hecho, en varias partes del mundo se ha encontrado que algunas personas consideran que los científicos son peligrosos (Aldana, 2012), una idea que se ha venido reforzando con la estereotípica imagen que promueven algunos medios de comunicación.

Pero no solo las tendencias ideológicas de quienes construyen conocimiento han sido objeto de estudio, sino que otras cuestiones sociales han sido puestas a discusión con justa razón. Recordemos, por ejemplo, que la construcción de conocimiento no es una actividad aislada e individual, sino que, por el contrario, en ella participan una inmensa cantidad de personas y equipos de investigación a los que se ha dado en llamar comunidad científica (Merton, 1973).

En dicha comunidad a veces existe cooperación y en otras hay competencia por establecer nuevos modelos o por descubrir los mecanismos que subyacen determinados fenómenos.

La complejidad del mundo nos permite entender que no hay un solo método para llegar al conocimiento (tal como sostuvieran algunos racionalistas). Por el contrario, existen diversos caminos, todos los cuales tienen diferentes consecuencias (Diéguez, 2020).

Otra cuestión interesante desde la perspectiva sociológica para el desarrollo del conocimiento es el consenso, que no es otra cosa que el arribo a un acuerdo por parte de la mayoría de la comunidad.

Sin embargo, es importante reconocer, que, contrario a lo que algunos constructivistas sostuvieron, el consenso no se da únicamente por una convención social, sino que hay detrás aspectos del mundo que nos obligan a tomar ciertas determinaciones (Haack, 1995).

El conocimiento no es infalible y eso es algo en lo que han acertado en señalar los críticos de la ciencia, pero tampoco se construye a capricho. Su virtud reside en el hecho de que toda aseveración que propone es sometida al escrutinio público.

El hecho de que el conocimiento científico no nos provee de respuestas definitivas, sino únicamente de modelos que explican aproximadamente el mundo (Giere, 2006) ha sido bastante utilizado por aquellos que han suscitado el actual clima de posverdad en el que vivimos.

La incertidumbre sobre las posibles soluciones a ciertos problemas urgentes está directamente ligada a la confianza que se deposita en la ciencia (Hendriks y Jucks, 2020), por lo que resulta lógico pensar que hay bastante escepticismo frente a los beneficios de la actividad científica cuando los resultados no son los esperados.

La idea de una práctica en la que hay debate constante, retractaciones, refutaciones y descubrimientos que parecieran orientar nuevas líneas de investigación puede resultar bastante contraintuitiva para aquellos que desean tener respuestas definitivas. No sorprende entonces que el pensamiento sistemático y aproximativo sea sustituido por creencias que solo en apariencia proporcionan certidumbre.

El ser humano cuenta con bastantes limitaciones que ha intentado sortear con el desarrollo de las disciplinas científicas y con el uso crítico que caracteriza a la filosofía.

Dado que se reconoce la posibilidad de estar equivocado, pues se antoja complicado que alguien cuente con todas las condiciones para sostener que posee la verdad absoluta, debería resultar cuando menos sospechoso que determinadas organizaciones, ideológicamente comprometidas, actúen como si de hecho contaran con ella.

Conspiracionismo

Hasta el momento hemos tratado las cuestiones filosóficas, sociológicas y políticas que podemos encontrar cuando se habla de conocimiento, pero también vale la pena reconocer lo que otros campos como la ciencia cognitiva o la psicología social pueden aportar a la comprensión de la posverdad.

Diversas investigaciones han arrojado luz respecto a los fenómenos que favorecen su posicionamiento en los discursos actuales, algunos de ellos son la formación de creencias y actitudes, el conflicto intergrupal, la desconfianza hacia las instituciones, la desinformación y el conspiracionismo.

Analizaremos aquí únicamente al conspiracionismo y al conflicto intergrupal, pero no es difícil advertir que de hecho todos estos fenómenos se encuentran interconectados y no es posible la existencia de uno sin el otro.

Las explicaciones alternativas a los eventos en los que nos vemos envueltos en la cotidianidad son una necesidad y una cuestión que podríamos considerar como natural. Sin embargo, es esencial diferenciar entre las mejores explicaciones, es decir, aquellas basadas en evidencia y en las que los argumentos son coherentes y aquellas en las que, o no hay evidencia o resultan incongruentes consigo mismas.

Por increíble que parezca, las explicaciones más frecuentes o las que mayor impacto tienen en la opinión pública son las segundas, ya que por lo general resultan más atractivas tanto por sus componentes afectivos y emocionales como por sus bases en el pensamiento mágico.

Como vimos, la idea de que el conocimiento y los hechos se construyen a partir de las necesidades de ciertos sectores de la sociedad permitió el surgimiento de la creencia según la cual estos grupos terminan por imponer una nueva realidad a través del ejercicio del poder.

Esta idea se ha visto reforzada gracias a la atención que se ha prestado a diversos acontecimientos históricos en los que el abuso de poder, el autoritarismo y otras prácticas nocivas permitieron un sinfín de complacencias de unos pocos individuos a expensas de muchos otros que tuvieron que soportar unas pésimas condiciones de vida.

Lo anterior cobra relevancia una vez que identificamos que, en efecto, en algunos momentos de la historia, sucedieron eventos en los que determinados personajes conspiraron en contra de otros para primero obtener ciertos beneficios y después conservarlos.

Algunos ejemplos recientes sobre conspiraciones reales son: el engaño de Volkswagen en las pruebas de emisiones de sus motores de diésel, el espionaje de usuarios civiles en internet por parte de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos y el encubrimiento de los daños que produce el tabaquismo por parte de la industria tabacalera.

Lo notable en todos estos casos es que existió evidencia contundente que permitiera confirmar la idea de que se estaba gestando una conspiración (Lewandowsky y Cook, 2020).

Sin embargo, esto no siempre sucede, pues en muchas ocasiones se apunta a supuestas conspiraciones ahí donde incluso la evidencia parece refutar esa idea. Se han denominado teorías conspirativas a estas explicaciones alternativas en las que se está completamente convencido de que detrás de algún fenómeno están inmiscuidos los intereses de un determinado grupo social.

En la actualidad dichas teorías gozan de un importante respaldo popular y esto se debe cuando menos a cuatro factores: el sentimiento de vulnerabilidad que las personas experimentan frente a grupos de poder, la posibilidad de lidiar con ciertas amenazas a través de culpabilizar a los supuestos conspiradores, la explicación de eventos improbables (eventos increíbles suponen explicaciones increíbles) y la disputa entre políticas dominantes (Lewandowsky y Cook, 2020).

De acuerdo con el manual sobre teorías conspirativas desarrollado por Stephan Lewandowsky y John Cook (2020) hay siete rasgos característicos que nos permiten identificar el pensamiento conspirativo:

  1. Las teorías conspirativas son contradictorias, pues se puede dar el caso de que existan simultáneamente dos creencias mutuamente excluyentes intentando explicar un fenómeno. El ejemplo que los autores nos proporcionan es la creencia de que la princesa Diana fue asesinada y la creencia de que fingió su propia muerte. Lo relevante es entonces la desacreditación de la versión oficial.
  2. La sospecha excesiva. En otras palabras, es el hecho de que se fomenta un escepticismo casi radical hacia la historia oficial proporcionada por las instituciones.
  3. La creencia de que detrás de toda supuesta conspiración existen motivaciones malintencionadas y despreciables.
  4. La persistencia en la creencia de que “algo está mal” a pesar de que se han refutado y en consecuencia abandonado determinadas ideas conspirativas.
  5. Los defensores de las teorías conspirativas suelen autopercibirse como víctimas perseguidas por los conspiradores. Al mismo tiempo se entienden como antagonistas de los grupos de poder.
  6. Las teorías conspirativas suelen ser inmunes a la evidencia, pues de hecho suelen interpretarla en sus propios términos para convencer a la gente de que ellos cuentan con la verdad.
  7. La reinterpretación de eventos aleatorios en favor de sus propias explicaciones es también una característica típica del conspirativista. Por ejemplo, imaginemos que un video donde se expone una teoría conspirativa es accidentalmente eliminado de la web por algún problema en la plataforma donde se encontraba, seguramente el autor tomará esto como evidencia de que quieren callarlo.

Una vez expuestas las particularidades de las teorías conspirativas (similares a las de otras prácticas como las pseudociencias) podemos advertir que no resulta para nada sencillo combatirlas.

Estrategias como la censura podrían resultar contraproducentes, pues como ya vimos, es posible que esta sea interpretada como una medida para silenciar a “quienes conocen toda la verdad”. Presentar evidencia y contraargumentos no tiene ningún impacto si atendemos al hecho de que existe inmunidad y la idea de desacreditar a las teorías y a quienes las proponen sólo puede favorecer la percepción del conspiranoico.

Otro factor que ha permitido la proliferación y dispersión de las teorías conspirativas es el uso de las redes sociales digitales y los medios de comunicación. La facilidad con la que hoy en día una persona puede crear una página web, un medio independiente de comunicación o simplemente hacer pública su opinión, ha permitido el crecimiento de ciertos grupos que comparten intereses ideológicos.

Sabemos, además, que por su carácter inverosímil estas teorías resultan mucho más atractivas que los artículos y noticias confiables, por lo que se propagan con mucha mayor facilidad (Vasoughi, Roy y Aral, 2018).

Conflicto intergrupal

La selección deliberada de ciertos hechos y evidencia permite a ciertos grupos fundamentar y defender sus creencias frente a las de otros que por lo general sostienen opiniones diferentes.

Por supuesto, la contraposición de intereses también desempeña un importante papel, pues si tomamos en cuenta que en la posverdad no importan los hechos, sino nuestras apreciaciones y emociones respecto a ellos, no tenemos razones suficientes para considerar que el grupo que no comparte nuestras opiniones se encuentra en lo correcto.

Así, la ilusión de una supremacía ideológica (McIntyre, 2018) favorece el surgimiento de lo que se ha considerado como conflicto intergrupal a partir de la polarización doxástica (Fasce, 2020).

En consonancia con la información extraída de las investigaciones sobre la manera de confrontar la desinformación y el pensamiento conspirativo, se ha encontrado que, sorprendentemente, el pensamiento analítico o mayores conocimientos respecto a un tema, no solo no contribuyen a combatir el problema, sino que también fomentan la polarización y en consecuencia la aparición del conflicto intergrupal (Fasce, 2020).

Se sabe, además, que las personas suelen aceptar la evidencia científica únicamente cuando esta favorece sus creencias y actitudes.

La identidad y más propiamente la identidad social ha sido durante mucho tiempo objeto de interés de diversos psicólogos sociales, algunos de los cuales la consideran como la autodefinición de una persona a partir de su pertenencia a determinado grupo social y la comparación con otros grupos a los que no se pertenece (Morales, et. al. 2007).

Así, es posible considerar al grupo como un conjunto de personas que comparten una cantidad determinada de actitudes y creencias respecto del mundo, de sí mismos y de aquellos que no pertenecen a él. Por esta razón una de las estrategias más exitosas en la persecución de ciertos objetivos políticos ha sido la acentuación de las diferencias identitarias de algunos sectores sociales.

Como resultado tenemos a un conjunto de personas que sostienen creencias injustificadas con alto contenido emocional e identitario asumiendo que su interpretación del mundo es más adecuada que la presentada por instituciones, investigadores y otros grupos externos.

A este fenómeno se le conoce formalmente como el sesgo intergrupal y se sabe que se origina a partir de prejuicios y estereotipos y que, lamentablemente, en condiciones en las que las diferencias son mucho más marcadas y los intereses más irreconciliables, puede conducirnos a problemas serios como la discriminación, el racismo, la xenofobia, la injusticia, la opresión y la desigualdad (Hewstone, Rubin y Willis, 2002).

Cuando las condiciones son menos severas es posible identificar otra clase de problemas tales como la desconfianza hacia quienes no pertenecen al endogrupo (el grupo al que se pertenece) y lo que hoy conocemos como ansiedad intergrupal (Stephan, 2014), que no es otra cosa que aquellos sentimientos de aprensión originados a partir de la anticipación a las consecuencias negativas de entrar en contacto con lo que se ha dado en llamar exogrupo (el grupo al que no se pertenece y con el cual no se logra identificar).

Se sabe, de hecho, que cuando hay un mayor nivel de ansiedad intergrupal los individuos valoran menos la posibilidad de intercambiar opiniones con el exogrupo y tienden a limitar la propagación y la libertad de expresión de estos últimos (Fasce, 2020).

Pese a que el sesgo intergrupal es un fenómeno difícil de tratar dado que es un muy complicado anticipar los momentos en que habrá contacto intercultural, diversas investigaciones han desarrollado modelos que permiten mermar los efectos de la ansiedad, algunos de ellos, por ejemplo, promueven la familiarización entre grupos con la finalidad de reducir la percepción de amenaza que representa la interacción con un conjunto de personas con las que la gente no se siente identificada (Stephan y Stephan, 2017).

Otras posibles formas de lidiar con este problema podrían ser la prevención respecto a determinados prejuicios y estereotipos o bien, el fomento en la cooperación y la identificación de similitudes. Por supuesto, sería igualmente útil dejar de emplear la polarización para propósitos políticos.

La formación de estereotipos, creencias y actitudes no es un proceso del que seamos plenamente conscientes, pues vale la pena recordar que mucho de ello se debe al contexto social en el que nos encontramos, por tal razón el papel de la educación tendría que orientarse de tal modo que se permita al individuo desarrollar herramientas que le ayuden a prevenir los riesgos latentes del sesgo intergrupal y de la exacerbación de la identidad social.

Si bien todo esto se antoja complicado, es necesario señalar que las líneas de investigación son alentadoras y que la psicología social en conjunto con otras disciplinas puede aportar una valiosa comprensión de los fenómenos que subyacen a una gran cantidad de problemas sociales.

Conclusiones

En este trabajo hemos abordado lo que a nuestro parecer son las principales causas del ambiente de posverdad en el que nos vemos sumidos hoy en día. Vimos también que las cuestiones que la fundamentan son muy complejas pues en ella convergen desde fenómenos sociológicos, psicológicos y políticos hasta aspectos epistemológicos y filosóficos del conocimiento.

Esto, por supuesto, sugiere la necesidad de una interdisciplinariedad que nos permita más y mejores aproximaciones sobre nuestras creencias y actitudes y su impacto en nuestras prácticas sociales y políticas.

No queda duda de que los peligros a los que nos enfrentamos a consecuencia de la posverdad son alarmantes dado que se ha delegado el ejercicio político a un determinado grupo de personas cuyo reparo en la evidencia y los hechos para el diseño de políticas públicas es casi inexistente.

Los desarrollos tecnológicos y la facilidad con la que circula la información en estos días han permitido el posicionamiento y el apoyo a nuevas figuras públicas cuya única estrategia es la polarización social y cuyos únicos objetivos resultan cuestionables.

 

* Luis Vidal González es estudiante de psicología social por la Universidad Autónoma Metropolitana y estudiante de filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Editor en la revista Nota al Pie, periodo 2019, por la Universidad Autónoma Metropolitana,
unidad Iztapalapa.

Referencias

-Aldana, M. (2012) ¿Qué le falta a la ciencia en México? Temas, 69, 26-30.

-Boghossian, P. (2009). El miedo al conocimiento: contra el relativismo y el consturctivismo. Alianza.

-Boler, M. & Davis, E. (2018). The affective politics of the “post-truth” era: Feeling rules and networked subjectiviy. Emotion, Space and Society, 27, pp. 75-85.

-Cibaroglu, M. (2019). Post-truth in social media. The archival world. 6(2), pp. 87-99.

-Diéguez, A. (2020). ¿Existe ‘El Método Científico’? Filosofía y ciencia en el siglo XXI. El confidencial.

-Fasce, A. (2020). El recrudecimiento de la irracionalidad: políticas de la posverdad para un mundo polarizado. Disputatuio, Philosophical Research Bulletin, 9(13).

-Giere, R. (1988). Explaining Science: A Cognitive Approach. University of Chicago Press.

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-Haack, S. (2019). Post “Post-Truth”: Are We here Yet? Theoria 85. 258-275.

-Hanson, S. (2020). How not to defend science. A Decalougue for science defenders. Disputatio, Philosophical Research Bulletin, 9(13).

-Hendriks, F. & Jucks, R. (2020). Does Scientific Uncertainty in News Articles Affect Readers’ Trust and Decision-Making? Media and Communication. 8(2).

-Hewstone, M., Rubin, M., & Willis, H. (2002). Intergroup bias. Annual Review of Psychology, 53, 575, 604.

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-McIntyre, L. (2018). Post-truth. Cambridge: MIT Press.

-Merton, K. (1973). The Sociology of Science: Theoretical and Empirical Investigations. The University of Chicago Press.

-Morales, J., Moya., M, Gaviria, E. y Cuadrado, I. (2007). Psicología Social. McGrawHill.

-Moulines, U. (1991). La incoherencia dialógica del relativismo sociológico. Agora, 10, pp. 35-46.

-Searle, J. (1997). La construcción de la realidad social. Paidós.

-Stephan, W, & Stephan, C. (2014). Intergruoup anxiety: Theory, research, and practice. Personality and Social Psychology Review, 18 (3), 239-255.

-Vacura, M. (2020).  Emergence of the Post-truth situation – Its sources and contexts. Disputatio. Philosophical Research Bulletin, 9 (13).

-Vasoughi, S., Roy, D., & Aral, S. (2018). The spread of true and false news online. Science, 359.

[1]  Hablamos de conocimiento científico debido a que se ha dado en reconocer que es el mejor tipo de conocimiento (no el único) al que podemos acceder. En adelante seguiremos tomando a la ciencia como la base que nos permite contraponer a la posverdad con el conocimiento más confiable sobre los hechos del mundo.

 

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