Cuatro corrientes en filosofía de la ciencia

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corrientes filosofia de la ciencia
Otto Neurath, Karl Popper, Jaako Hintikka y Gustavo Bueno. (Fotomontaje CdS)
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En un artículo anterior hablamos acerca de los orígenes y desarrollo de la disciplina denominada «Filosofía de la Ciencia». En esta ocasión señalaremos cuatro opciones principales dentro de esta disciplina y su historia, según la clasificación que presenta Gustavo Bueno en su Teoría del Cierre Categorial (5 volúmenes, 1992-93).

Explica Bueno que, desde sus orígenes, la forma canónica del problema filosófico de la ciencia es la de las relaciones entre la teoría y la experiencia, entre la forma y la materia que componen todas las ciencias. Dependiendo del peso que se le conceda a cualquiera de los dos componentes de este dualismo, caben cuatro alternativas principales: descripcionismo, teoreticismo, adecuacionismo y circularismo dialéctico.

1. Descripcionismo

Considera que las ciencias son una mera descripción o reflejo de la experiencia, de los hechos, que obtiene el verdadero valor. Ya desde la primigenia teoría de la ciencia de Aristóteles, la que señala que lo empírico es la base de todo conocimiento (Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu), pasando por el problema de la inducción planteado por David Hume en su Tratado de la Naturaleza Humana (1739).

La experiencia es considerada como base principal de las ciencias, y este acervo será recogido por el denominado Positivismo Lógico o Neopositivismo, principalmente el del denominado Círculo de Viena.

Desde esta perspectiva, se reduce el conocimiento a la base de las experiencias elementales del sujeto, utilizando de un lenguaje observacional para recoger dichas experiencias y finalmente un lenguaje teórico, del que a partir de magnitudes elementales pueden deducirse magnitudes derivadas.

El Círculo de Viena, siguiendo las pretensiones de Frege y Russell, escogió como lenguaje teórico la flamante lógica formal. Así, la ciencia se analiza como conjunto de proposiciones dotadas de sentido, esto es, proposiciones que sean verificables en la experiencia, mientras que las proposiciones carentes de sentido serían metafísicas.

Las leyes científicas serían por lo tanto leyes verificables a través de las frases protocolares o enunciados de comprobación (que poseen contenidos inmediatos de la experiencia) y con capacidad de predicción para nuevos dominios empíricos.

Serían por lo tanto leyes de validez intersubjetiva, aunque solo temporalmente, puesto que la experiencia inductiva puede encontrar fenómenos nuevos que las anulen y las excluyan de la ciencia, como señaló Neurath (aunque en este caso el problema de la inducción de Hume se plantea como un problema de probabilidad estadística). Leyes que, en todo caso, como señala Neurath, confluirán a la formación de una ciencia unificada, en la más perfeccionada expresión de un fundamentalismo científico que resuma a través de las páginas de las obras del Círculo.

2. Teoreticismo

Frente al camino emprendido por el Círculo de Viena, surgirá la figura de Karl Popper, crítico frente a sus postulados. Si los descripcionistas apelan a la materia, la experiencia, el teoreticismo sitúa el peso de la ciencia en las teorías científicas. Como bien supo expresar Popper en su temprana obra La lógica de la investigación científica (1934), la inducción no permite formular una verificación positiva, sino negativa: una proposición es científica cuando resiste a la falsación de la experiencia, aunque pueda ser refutada por ésta; si las proposiciones no fueran falsables, nada dirían sobre el mundo.

Todos los términos científicos, incluso los descriptivos, están impregnados de teoría para Popper: las leyes de la ciencia formuladas como proposiciones universales no pueden llegar a ser verificadas de manera concluyente mediante un número finito de pasos, por lo que la lógica inductiva presenta dificultades insuperables. En la medida en que las hipótesis científicas están expresadas en proposiciones universalmente cuantificadas, son en el mejor de los casos falsables, esto es, refutables.

De aquí dedujo Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas (1962) la existencia de una discontinuidad de la ciencia a través del concepto de revolución científica, donde se insiste sobre los mecanismos institucionales y psicológicos mediante los que se reproducen distintos paradigmas en competencia. Distintas teorías promocionan aplicaciones diferentes, a veces inconmensurables entre sí.

Y de todo ello extrajo Paul Feyerabend las conclusiones más oportunas: como existe una inconmensurabilidad entre los diferentes dominios empíricos de las ciencias, no existe un método general para todas ellas y como todas las metodologías tienen sus límites, la única que queda en pie es la de que anything goes, todo vale.

Por su parte, Imre Lakatos se mantuvo a caballo entre la ciencia convulsa de Kuhn y el falsacionismo ingenuo de Popper: para Lakatos, la forma en la que se organizan las ciencias es la de los «programas de investigación» desde los que se reconstruye racionalmente la actividad científica.

La falsación no implica el rechazo inmediato de una teoría, sino que cualquier resultado de una experimentación debe situarse en la perspectiva más amplia y general de un «programa de investigación», en cuanto que éstos constituyen «la guía más importante de la continuidad del desarrollo científico».

En todo caso, la refutación repercute en la teoría sin afectar a su núcleo central, donde se encuentran los supuestos básicos del programa, protegido por un «cinturón protector» de hipótesis auxiliares, condiciones iniciales, etc. Su desarrollo prevé posibles falsaciones parciales y es capaz de predecir fenómenos nuevos, no solo los ya conocidos.

En definitiva, según la interpretación de Lakatos, la sustitución de una teoría científica no vendrá determinada por la comprobación aislada de su mera falsabilidad, sino por la existencia de otra que tenga una mayor capacidad predictiva y explicativa y un contenido empírico superior.

3. Adecuacionismo

Esta perspectiva es enunciada por Aristóteles en el Libro IV de su Metafísica: «Decir de lo que no es que es, o de lo que es que no es, es falso; y decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero; de suerte que el que dice que algo es o que no es, dirá verdad o mentira». Es decir, que existe un isomorfismo entre la estructura o forma de la teoría y la materia real positiva.

Esta idea de la verdad como adecuación pervive en el denominado «enfoque semántico» de las ciencias, en auge ante la carencia de criterios de Kuhn y Lakatos para demarcar las teorías científicas. El adecuacionismo considera que la verdad está siempre dada y su estrategia de la duplicación solo avanza cuando logra probar que las conclusiones científicas describen la realidad de la materia porque encajan con los principios de la demostración que se aceptan como necesarios y verdaderos.

En 1971 Joseph Sneed planteó, en su obra La estructura lógica de la Física Matemática, axiomatizar los dominios empíricos de las ciencias, lo que usaría Wolfgang Stegmüller para afirmar que una teoría no es una frase o enunciado solamente, sino parte de una estructura teóricamente dependiente (T-dependiente) y un conjunto intencionalmente descriptivo de sus aplicaciones.

La teoría es así una red de núcleos que conduce a un enunciado único y con dependencia de los descubrimientos empíricos que son aproximaciones a la estructura teórica previa.

Sin embargo, esta perspectiva estructuralista de un progreso ramificado de la evolución teórica postula las ciencias como aproximaciones a una estructural ideal, segregando su componente histórico-genético; para los estructuralistas, las leyes de Kepler son una deducción de las leyes de Newton, aunque como bien sabemos Kepler precedió históricamente a Newton.

Su versión más reciente es la que el lógico finlandés Jaakko Hintikka ha postulado con su lógica inductiva, donde la probabilidad lógica es compatible con la evidencia. Su realismo epistemológico habla ya no de verdad sino de verosimilitud: la probabilidad de un conjunto de generalizaciones tiende a 1 cuando el número de las mismas es infinito.

Mario Bunge, crítico respecto al estructuralismo, practica una suerte de adecuacionismo naturalista, donde el peso recaería más sobre la forma teórica de las ciencias, sin perjuicio de la importancia de la materia como fundamento de la correspondencia; recae así en un claro dualismo entre hechos y teorías que se van correspondiendo según ciertas circunstancias. Así,  la teoría de la causalidad de Bunge señala que en el mundo existe una multicausalidad y la correspondencia causa-efecto es una abstracción formal que realiza el científico para comprender un fenómeno, aislándolo de otros.

El propio Bunge en Pseudociencia e ideología (1985) define la ciencia por una serie de propiedades: ser una comunidad de investigadores, estar en una sociedad que tolera sus investigaciones, un dominio o universo de discurso compuesto por entes reales, una concepción filosófica basada en una gnoseología realista que incluya la noción de verdad como adecuación de las ideas a los hechos, etc.

4. Circularismo dialéctico

Aquí situaremos la Teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno. La perspectiva del circularismo consiste en afirmar que ni la teoría ni la experiencia constituyen la base de las ciencias.

Una versión de este circularismo, aunque inconsistente, es la de ciertas doctrinas de Paul Feyerabend. Su epistemología anarquista sigue la senda circularista dialéctica, al negar que ni los hechos ni las teorías suponen la base para explicar las ciencias, y al negar que pueda haber un método general o un lenguaje observacional común a todas las ciencias.

Feyerabend acierta plenamente cuando afirma en Contra el método (1975) que la inconmensurabilidad entre las ciencias impide la existencia de un método científico general. Sin embargo, sus resultados finales son disolventes, sin proporcionar alternativas, produciendo contradicciones notables y disolviendo cualquier concepción de ciencia que podamos poseer.

Frente a ello, Gustavo Bueno señala que las ciencias constituyen una realidad efectiva, que transforma el mundo. No brotan ni de la observación, ni de la especulación teórica ni tampoco de la correspondencia entre ambas, sino de una transformación efectiva del mundo.

Las ciencias están así ligadas a las técnicas y a su vez generan tecnologías. Así, es imposible concebir la Geometría sin la agrimensura, o la Química sin los experimentos de laboratorio. Esta concepción gnoseológica hace residir la racionalidad (la justificación) en el contexto mismo práctico y material del «descubrimiento» al entender la racionalidad como la organización que cobran los materiales mismos estéticos de la experiencia operatoria, parte de los cuales materiales precisamente serían ahora estos materiales, no menos estéticos y no menos susceptibles de ser operados corpóreamente, que son los símbolos del lenguaje. (materiales estéticos corpóreos, perceptuales).

Las ciencias conforman así categorías. El «cierre categorial» o constitución efectiva de una ciencia denota el momento histórico en el que se constituye completamente una teoría científica, al cerrarse el sistema de categorías que utiliza, cierre que expresa también el sistema de operaciones que, en cuanto actividad humana, han dado origen a la ciencia en cuestión.

Para esta teoría la materia es algo que está presente en el interior mismo del proceso formal constructivo científico, y la teoría del cierre categorial hace depender la forma de una ciencia y su verdad de los nexos que resultan del entrelazamiento interno de las partes u objetos materiales producidos por la actividad humana, lo que comúnmente se denominan como teoremas científicos.

 

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  1. Feyerabend acierta plenamente cuando afirma en Contra el método (1975) que la inconmensurabilidad entre las ciencias impide la existencia de un método científico general… la transformaciòn efectiva del mundo implica correspondentismo.

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