12 min. de lectura

 

los ingenieros de franco

Contrarréplica a la respuesta de Lino Camprubí a la reseña sobre su libro Los ingenieros de Franco (Crítica, Barcelona 2017).

Hay que comenzar esta contrarréplica felicitándose, pues un investigador del prestigioso Instituto Max Planck ha tenido la deferencia de escribir en Ciencia del Sur, publicación modesta en medios pero que ha aglutinado en pocos meses no solo a lo más granado de la ciencia en Hispanoamérica, sino ampliando su influencia a los más prestigiosos centros de Europa.

Esta publicación se ha convertido sin duda en un referente a tener en cuenta, y la réplica de Lino Camprubí a mi reseña sobre su libro es una muestra clara de lo que afirmo.

En segundo lugar, antes de analizar in recto su réplica, he de comenzar expresando mi sorpresa, justo al leer el final de su escrito, cuando señala la manifestación literal de su seguidismo de las tesis del materialismo filosófico de Gustavo Bueno a la hora de vehicular sus tesis sobre la ciencia y la tecnología en el franquismo:

«Reivindico que al margen de sus posibles exageraciones y deformaciones (que habría que corregir en cada caso), esta perspectiva es materialista. Y lo es en el sentido del análisis de las sociedades políticas del filósofo español Gustavo Bueno, que corrige el formalismo de la teoría de los poderes políticos añadiendo otros poderes (18 en lugar de los 3 usuales) que se dan en la capa cortical (relaciones internacionales) y en la basal (economía y territorio). Mi libro se centra en estas dos como compensación al peso de la primera en la historia del franquismo y en la historia en general (aunque, como el mismo libro demuestra, las tres capas del poder político no se dan por separado; solo podemos disociarlas en el análisis)».

Es de agradecer que el autor del libro realice estas pertinentes aclaraciones, porque de lo contrario cualquiera que lea el texto, incluyéndome a mí mismo, difícilmente podría reconocer esta influencia. Y si bien es cierto que Los ingenieros de Franco cita en varias ocasiones a Gustavo Bueno y alguna obra suya, se le sitúa en la bibliografía del libro entre las «Fuentes secundarias», y su presencia se hace efectiva con una asepsia tal que nadie, salvo que estuviera en el secreto, podría sospechar siquiera que detrás de fuentes aparentemente secundarias se ocultase nada menos que el verdadero hilo conductor del libro.

Releyendo con atención las citas al final del mismo, se encuentra, sí que es cierto, la pretensión de reconstruir la sociedad política española durante el franquismo según esa misma idea, tal y como señala en la página 239, Nota 33 del Capítulo 1: «Como tendremos ocasión de ver a lo largo del libro, estos poderes además tienen componentes ascendentes y descendentes, por lo que Gustavo Bueno distingue dieciocho poderes en toda sociedad política»…. pero dicha pretensión, pese a ser explícitamente asumida a través de esta nota, después no vuelve a aparecer por ningún lado, ni explícita ni implícitamente.

Por eso mismo, una referencia tan lábil no la consideré relevante a la hora de reseñar el libro. Al fin y al cabo, citar a un autor cualquiera, ya sea Gustavo Bueno u otro, como fuente secundaria no implica asumirlo. ¡Cuántos autores habrán citado a Bueno para mostrar su disconformidad con él, o simplemente para cubrir un expediente que les resultaba especialmente pesado!

Entrando en harina, señala Camprubí que «Parece claro que Rodríguez Pardo no me achaca un progresismo político, que es como la mayoría de lectores tal vez interpreten el término». Dice que hay «dos momentos de duda»: el problema de la represión y el continuismo respecto a la dictadura de Primo de Rivera en lo referente a energías alternativas, como el petróleo respecto al carbón, por ejemplo.

Respecto a la primera, señalo en mi reseña que «Camprubí no escamotea la censura que merecen a su juicio los comportamientos represores que arrastra toda contienda civil de parte de los vencedores para con los vencidos», y con ello me refiero a algo obvio: que hubo represión tras la Guerra Civil Española, como la hubo en los países ocupados por los nazis contra los colaboracionistas al ser liberados por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, muy cercana en el tiempo a la Guerra Civil de 1936; y qué decir en Alemania tras la anexión de la parte oriental caído el Muro de Berlín, con la consiguiente «purga» de «intelectuales orgánicos» afectos al viejo comunismo prosoviético.

Otorgar mayor o menor peso a la represión dependerá de la propia perspectiva del historiador que, como su referencia al materialismo filosófico, queda un tanto ambigua: no se sabe muy bien qué es lo que aporta tal referencia a un libro notable por sus hallazgos historiográficos, recalcar el hecho de que hubo represión tras la consiguiente guerra civil, cosa como digo que nadie, salvo desde presupuestos exageradamente partidistas, puede convertir en algo esencial al asunto.

Respecto a la segunda, señalo en mi recensión que «no parece que se abandone del todo la perspectiva progresista, puesto que esa transformación del paisaje, que el libro investiga en los aspectos más insospechados, ya sea en las técnicas de prensado de hormigón, de los arrozales del Levante y el Sur español, la vigilancia en Gibraltar o los fosfatos del Sahara español, ya venían de muy atrás».

Esto es, que el peso parece recaer sobre la ciencia y la tecnología en el franquismo (que tomaría sus precedentes de regímenes anteriores, estableciendo una continuidad entre ellos a través de la ciencia y la tecnología), haciendo subsidiarias a las ideologías respecto a los dos primeros factores con un recurso que sí aparece claramente reflejado: la apelación a la teoría del «intelectual orgánico» de Antonio Gramsci, que Camprubí ha reivindicado en un artículo muy reciente en la revista Contextos.

Este recurso también resulta un tanto forzado, ya no solo porque Gramsci nunca habló de los ingenieros como «intelectuales orgánicos», sino porque todo ello no encaja a la luz de la confesión del autor del libro sobre su coordinación con el materialismo filosófico. ¿Cómo hacer encajar la visión de Gramsci, que cae muchas veces en un psicologismo muy habitual en el marxismo, con la propia visión de las relaciones entre base y superestructura del materialismo filosófico?

Pondremos un ejemplo para comprenderlo mejor, extraído de Los ingenieros de Franco. Cuando Camprubí explica retrospectivamente las relaciones entre ciencia y tecnología, en términos de lo que luego los tecnócratas del Opus Dei y Gonzalo Fernández de la Mora denominarán como «crepúsculo de las ideologías», en lo referente a los investigadores del naciente CSIC en el contexto del nacionalcatolicismo, señala algo muy interesante:

«Cuando los historiadores han querido dar cuenta de las numerosas ocasiones en las que las estructuras de educación e investigación franquistas toparon con la Iglesia, han ofrecido dos tipos generales de explicaciones: o bien han dado por supuesto que las relaciones entre ciencia y religión imposibilitaron cualquier tipo de investigación seria en la España de Franco, o bien han creído entender que la retórica católica era una simple cubierta superestructural absolutamente incapaz de afectar a la investigación científica que de hecho se estaba produciendo. De forma similar, los pocos historiadores que han percibido la conexión entre nacionalcatolicismo e industrialización, han tendido a centrarse en la historia de las ideas, y esto les ha llevado a interpretar el catolicismo como un recubrimiento ideológico posterior a ciertos desarrollos propios del capitalismo español.

No niego esas funciones ideológicas. La defensa de una ciencia católica era, en parte, un modo de despojar a las ciencias de las asociaciones materialista o krausistas. De poder seguir trabajando sin ser sospechoso de impío. Sin embargo, sostengo que esa «superestructura» tuvo un papel importante en dar forma a las instituciones y prácticas científicas, técnicas e industrializadoras del primer franquismo» (pág. 37).

Desde esta perspectiva, sin duda el mejor ejemplo es el de las conexiones entre los edificios más emblemáticos de las dos instituciones fundamentales del Capítulo 2: laboratorios e iglesias.

Así, cuando se edificó el complejo de instalaciones de la «Ciudad de Dios» del CSIC, el arquitecto Miguel Fisac, intentando conciliar la sobriedad a lo Le Corbusier y la sacralidad en la Iglesia del Espíritu Santo del CSIC, optó por:

«la instalación de una «residencia para señoritas» cerca de la iglesia. Las mujeres investigadoras llenarían la iglesia con su devoción sin caer en la superstición vulgar. Los números crecientes de féminas en las universidades españolas y de investigadoras extranjeras visitantes aconsejaban una residencia, y ésta debía estar separada de la de los varones. Esta residencia, además, debía tener sus propios pequeños laboratorios de biología, física y química» (pág. 47).

Asimismo, más adelante dice que:

«El capítulo que aquí acaba empezó con iglesias construidas dentro de laboratorios, siguió analizando ideólogos y líderes políticos que promovieron el desarrollo conjunto de iglesias y laboratorios, y ha terminado con agrónomos y arquitectos que concebían las iglesias como laboratorios sociales y estéticos. Estas involucraciones entre laboratorios e iglesias señalan la ligazón entre nacionalcatolicismo y tecnología y permiten entender el ideal franquista de una ciencia y tecnología cristianas en términos de economía política, es decir, de proyectos para la industrialización, la autarquía, la «cuestión social» y el «interés nacional»» (pág. 69).

No podría darse entonces mayor conexión entre la «superestructura» que representan los ingenieros y la transformación del territorio, de la «base», marcada por los «intelectuales orgánicos» del régimen, esto es, los ingenieros. Sin embargo, ¿es esto realmente lo que defiende Gramsci? Leyendo al propio Gustavo Bueno en sus comentarios sobre la teoría gramsciana del intelectual, reproducibles en la revista digital El Catoblepas, encontramos serias contradicciones:

Gramsci recurre a las categorías políticas: el intelectual es, ante todo, un dirigente, un representante, un organizador de su grupo ante otro grupo o grupos.

Pero este genial planteamiento de Gramsci es, ante todo, un semillero de problemas nuevos. Las sombras se hacen más intensas con la nueva luz y en este sentido Gramsci colabora a oscurecer el terreno. Porque su concepto de «intelectual orgánico» arrastra también las connotaciones del «trabajador intelectual» (como parte del «obrero colectivo») y resulta opuesto al llamado «intelectual tradicional» («intelectual creador», se dice a veces, con fórmula absolutamente incorrecta para designar a los pintores, músicos, escritores, poetas, filósofos, &c., &c.). Así, el concepto de «intelectual orgánico» urbano –frente al intelectual rural de tipo «tradicional»: médico, maestro, clérigo– se reduce prácticamente al «intelectual tecnológico» («los técnicos de fábrica no ejercen ninguna función política sobre su masa instrumental») pese a que Gramsci insiste en considerar esencial el momento de «dirigente» en el intelectual orgánico (especialista + político). De aquí la consecuencia (fundada un una correspondencia superficial) que muchos extraen según la cual el intelectual orgánico pertenece a la esfera de la supraestructura (puesta en correspondencia con la «cultura» y el ocio» en las expresiones: «Industrias de la cultura», «Industrias del ocio», porque efectivamente, el concierto, la novela o el cine se consumen fuera de la jornada de trabajo). Gramsci se refiere alguna vez a los intelectuales como «funcionarios de las supraestructuras»; como empleados del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social. Sin embargo estas correspondencias se fundan en las gratuitas suposiciones de la oposición Base / Supraestructura como una dicotomía –y esta dicotomía a su vez, suele estar prisionera de la dicotomía metafísica «Naturaleza» (necesidades naturales, básicas) / «Espíritu» (necesidades culturales)–. (Gustavo Bueno, «El materialismo histórico de Gramsci como teoría del Espíritu Objetivo», El Catoblepas, 136 [junio 2013], página 2)

Es decir, que Gramsci no rompió con la dicotomía entre base y superestructura, otorgando asimismo a los intelectuales ocasionalmente el papel de «funcionarios de las supraestructuras», pero que parece chirriar a la luz de lo que señala Bueno. Y es que el propio Bueno prosigue con la cita, señalando la verdadera clave del asunto, la madre del cordero:

Esta dicotomía no es, en todo caso, compatible con la idea marxista de las necesidades históricas. Pero entonces, el concepto de «Base» no debe ser entendido en un contexto naturalista (alimentos, viviendas) porque los propios alimentos o viviendas se dan en sus determinaciones históricas. «Base» tampoco se reduce fácilmente a términos físico-económicos (los que inspiran expresiones tales como «transformación de la realidad»), en cuanto incluye el trabajo manual y –en el modo de producción capitalista– la explotación del trabajador. Una fábrica de cirios pascuales es, para un marxista, parte de la supraestructura. Recíprocamente, el «intelectual creador» que trabaja en las «industrias del ocio» es acaso una parte del «obrero colectivo» de esa industria (lo que es ocio para unos es trabajo para otros) y, por tanto, como un diseñador, músico, &c., ni siquiera es, por si, «intelectual orgánico», en el sentido de Gramsci.

Siguiendo lo que dice Gustavo Bueno en este texto, ¿dónde situaría Camprubí los «laboratorios en las iglesias» que cita en su libro? ¿En la base o en la superestructura? Los laboratorios en las iglesias, lejos de ser una muestra de las operaciones de la superestructura en la base, son un ejemplo un tanto traído por los pelos para intentar llevar las tesis del libro a un determinismo tecnológico, en este caso, para utilizar la terminología del materialismo filosófico, hacia un determinismo basal, donde aparece con toda lucidez el «progresismo», cuya definición le trae ciertos quebraderos de cabeza: la concepción según la cual la tecnología y la ciencia son el factor transformador de la sociedad y del Estado, esto es, que la mera dinámica interna del desarrollo y despliegue de las fuerzas productivas son el factor decisivo en la sociedad política, de tal modo que la capa basal determina a la conjuntiva (a la sociedad política en su conjunto, diríamos) y a la cortical (a la defensa del territorio).

Estas ideas pasan por diversas modulaciones, desde las teorías del socialismo utópico del Conde de Saint Simon y su secretario Augusto Comte, pasando por el evolucionismo reformista socialdemócrata y llegando, precisamente a Daniel Bell y su versión autóctona en la época del desarrollismo español del Opus Dei y la tecnocracia, Gonzalo Fernández de la Mora, que yo destaqué de la página 225 del libro de Camprubí (sin olvidar, claro está, al reciente movimiento CTS al que aludí en otro texto mío en Ciencia del Sur). A esto me refiero con el «progresismo», que no es algo unívoco como parece dar a entender, y que como digo se cuela entre los recovecos de la obra que reseñé la vez pasada.

Camprubí yerra al señalar que los laboratorios en las iglesias son una muestra de cómo los ingenerios anegaban todo. Al contrario: los ingenieros, siguiendo el dualismo entre base y superestructura, serían en este caso la base económica, por su alteración de la capa basal. Es en este contexto donde situar ese «otorgar demasiado peso a los ingenieros» a la hora de valorar el «consenso ideológico» del franquismo; esto es, que los ingenieros fueron el «bloque hegemónico» del franquismo durante sus cuatro décadas.

Al respecto, afirma Camprubí que «Este punto lo concedo, pero a la vez lo reivindico como resultado de la perspectiva materialista que anunciaba al principio de esta respuesta. Lo concedo porque, dado que el objetivo del libro es reinterpretar la historia política del franquismo a través de la historia de ciencias y técnicas, inevitablemente tiende a exagerar el peso de científicos e ingenieros en la sociedad política franquista».

Pero lo que no se puede hacer, al menos no desde una perspectiva que desborde la mera historiografía positiva, como parece ya claro a tenor de las manifestaciones del autor que constituye Los ingenieros de Franco, es atribuir un peso tal que anegue las otras capas del poder. Si en el análisis de los recursos minerales o agrícolas y en las fronteras, lo que prima es la determinación tecnológica, entonces el materialismo se diluye. Sería en todo caso un determinismo basal, producto de no haber desarrollado la «promesa» de una de las citas.

Asimismo, las propias instituciones como los laboratorios e iglesias no son en efecto neutros, pues como señaló Gustavo Bueno en El fundamentalismo democrático (2010), en toda «figura del hacer humano» hay dos momentos disociables para su estudio pero no separables ni reductibles el uno al otro: el momento tecnológico y el momento nematológico o ideológico.

Así, se entiende lo que afirma sobre mi juicio acerca de la Ley 52/2007:

«Sin embargo, lo que yo digo explícitamente es que la interpretación por parte de los redactores de la ley de lo que sea un “símbolo” es formalista puesto que, como el libro discute a lo largo de muchas páginas, los pantanos, las obras arquitectónicas, las arcas conteniendo arroz, y otros muchos “bultos” no lingüísticos tuvieron componentes ideológicos y simbólicos sin los cuales no se entiende su funcionamiento e implantación tecnológicas. Separar “lo simbólico” de “lo material”, en la tradición de Ernst Cassirer, es propio del idealismo del que adolece la mayor parte de la discusión política actual en España y otros países».

Es obvio que no se puede despegar el franquismo de todas estas obras que aparecen en Los ingenieros de Franco; la cuestión es por qué hacer tanto hincapié en que lo verdaderamente «franquista» sea solamente lo tecnológico, cuando Gustavo Bueno nos enseñó que toda institución posee dos momentos: el tecnológico y el nematológico o ideológico, disociables pero no separables. Es innegable que el materialismo histórico estableció un determinismo e irreversibilidad de la Historia; no podemos volver a una España republicana como si los 40 años de franquismo no hubieran existido; esa sin duda es la pretensión nematológica o ideológica de la Ley 52/2007, un jalón más dentro del eclipse que ha sufrido el franquismo desde la proclamación de nuestra democracia coronada en 1978.

Sin embargo, lo cierto es que la Ley de Memoria Histórica sí que es totalmente diáfana en lo que a su momento tecnológico se refiere: eliminación de todos los elementos que supongan exaltación del régimen franquista, esto es, loa y admiración de la etapa de gobierno que se implantó en España desde 1936 hasta 1975 (por más que la exaltación haya sido un concepto muy mal interpretado por las alcaldías podemitas que desgobiernan importantes localidades españolas).

Un pantano del Plan Badajoz, aunque para quienes «estén en el secreto» (cada vez menos) de lo que constituyó simbolice sin duda alguna parte de lo que fue el franquismo (para muestra un botón), no supone exaltación de nada: nadie podrá ver en la tecnología de canalización de un río algo «franquista», del mismo modo que las estructuras edificadas durante el comunismo soviético en la hoy Rusia solo son «comunistas» desde la perspectiva ideológica de los «planes quinquenales».

Por poner un ejemplo reciente, la Autopista AP 66 en la que quedaron varados miles de conductores por el temporal de nieve que tuvo lugar el Día de la Epifanía de Nuestro Señor de 2018 es sin duda un símbolo de nuestro régimen democrático, y podría achacarse a un mero «déficit de gestión» (tecnológico) lo sucedido en esa fecha; sin embargo, cuando se piden «responsabilidades políticas» al gobierno de «la derecha» por la gestión de la concesionaria privada, ya no hablamos de una mera cuestión de gestión sino que involucra cuestiones nematológicas.

Acercar o alejar el buque Prestige de las costas gallegas, como efectuó el gobierno de Aznar en 2002, de por sí podría ser un acierto o un error, dependiendo de los resultados; sin embargo, la oposición política y los «intelectuales» inorgánicos de nuestra democracia coronada atribuyeron a tales decisiones, en lugar del calificativo de erróneas o acertadas, el de «derechistas» o «izquierdistas». El momento ideológico devoró al tecnológico…

En el caso del libro de Camprubí asistimos, no obstante, a la operación inversa: es lo tecnológico de una institución lo que anega a lo ideológico, esto es, en la trama del franquismo lo sustantivo fueron sus aportes en ciencia y tecnología, y el resto  simplemente una superestructura o revestimiento nacionalcatólico, tecnocrático o democrático, según los casos. La significación de Gramsci es la que permite sostener todo ello.

Como colofón, decir que no encontramos argumentos de peso para rectificar nuestro juicio sobre el libro Los ingenieros de Franco. Si acaso, podríamos rectificar nuestro diagnóstico en las formas, de un determinismo tecnológico o fundamentalismo científico a un determinismo basal, pero en el fondo seguiría siendo lo mismo: un libro progresista, donde el determinismo científico y tecnológico es el que determina las formas de organización política y social.

 

¿Qué te pareció este artículo?

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (7 votos, promedio: 4,00 de 5)
Compartir artículo:

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here