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Los problemas relativos a las ciencias y las tecnologías, su uso ético o bioético, y en general todas aquellas cuestiones que abarcan el epígrafe «Ciencia, Tecnología y Sociedad», son sin duda un tema muy importante en la actualidad.

El crecimiento en el siglo XX de las disciplinas científicas y las tecnologías asociadas a ellas, en todo tipo de artefactos no solo industriales sino bélicos, como la bomba atómica o las tecnologías de manipulación genética, las tecnologías de la información (internet, teléfonos móviles, etc.), ha supuesto una verdadera explosión de la ciencia y de sus usos en nuestros días.

Tecnologías que no hubieran sido posible desde una óptica tradicional de la ciencia como actividad privada o de una élite ociosa, en la línea de la vida contemplativa de un Aristóteles. Para poder desarrollar toda esta explosión tecnológica es necesario un programa dirigido por poderosos grupos, ligados a las naciones políticas resultantes de la liquidación del Antiguo Régimen y la sociedad industrial.

Es lo que se denomina desde determinados círculos como el tránsito de la little science (pequeña ciencia) a la big science (gran ciencia), que influirá sin duda en el estudio filosófico de la ciencia.

Los estudios específicos de la ciencia moderna más destacados en el siglo XX fueron los relativos al positivismo lógico y el denominado Círculo de Viena, donde autores como Carnap o Schlick plantearon la posibilidad de una ciencia unificada en base a  proposiciones lógicas que describieran determinados estados del mundo correspondientes a las ciencias.

Esta posición verificacionista en la que habría un progreso lineal partía de una supuesta evidencia que distinguía, según Hans Reichenbach, entre un contexto de descubrimiento y un contexto de justificación, siendo el primero segregable y el segundo el central en el estudio de la ciencia, entendida como proceso inductivista. Esta sería la denominada «concepción heredada» de la ciencia.

Sin embargo, Karl Popper cambió tal concepción empirista lógica por otra en la que las teorías no eran verificadas por la experiencia, sino «falsadas» por los datos empíricos negativos (el falsacionismo).

De esta concepción popperiana surgirá la teoría de las revoluciones científicas de T. S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas (1962), donde se postularía que la ciencia avanza a saltos, mediante los cambios de paradigmas, con Hanson y su carga teórica de la observación, Toulmin, el anarquismo epistemológico de Feyerabend y la sociología relativista del conocimiento, tal como el programa fuerte de David Bloor o Barry Barnes, EPOR, etnometodologías, estudios de laboratorio, enfoques de género, teoría de redes-actores, y otras muchas líneas diferentes. Todo ello englobado bajo la rúbrica de movimiento CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad), que plantea, en base a este enfoque darwiniano de la ciencia, que unos paradigmas son rechazados por otros sin que haya un progreso lineal en el proceso.

El problema de esta nueva forma pluralista de analizar la ciencia, en relación a condicionamientos sociales, es que en realidad tales enfoques no pueden ser imparciales pese a sus pretensiones. Su relativismo acabaría siendo una conversión de la ciencia en una actividad más. De hecho, los historiadores de la ciencia inspirados por Popper y Kuhn (quien distinguía entre historia de la ciencia y filosofía de la ciencia como distintos gremios sin conexiones entre sí), convierten la actividad científica en mera teoría: Joseph Needham llegó a decir que las pirámides de Egipto se han edificado sin ciencia como prueba de ello.

Este relativismo distingue dos posturas con respecto a la tecnología: el tecnooptimismo propio de la filosofía de los ingenieros y el tecnopesimismo que caracteriza a los humanistas (Ortega, Heidegger, Marcuse, etc.). Pero ambas posturas suponen bien que existe una naturaleza humana imperfecta a la que, desde un punto de vista «tecnooptimista», se le añade la técnica como ortopedia (inspirada en el famoso mito de Prometeo), o bien que se produciría un extrañamiento del «Hombre» respecto a la «Naturaleza» por intercalación de la «técnica».

En esta segunda rúbrica, destaca el «tecnopesimismo» de Martín Heidegger, que consideraba el dominio de la técnica como una suerte de Ser «inauténtico» que oculta la verdadera naturaleza de las cosas. Ambas posturas siguen manteniendo la artificiosa dicotomía entre ciencia y tecnología.

Sin embargo, esta idea de técnica como algo práctico y contingente y la ciencia como algo teórico, pese a que se mantuvo durante siglos, es realmente artificiosa. Y es que ya con los filósofos presocráticos, que eran reconocidos geómetras, las técnicas estuvieron ligadas a las ciencias efectivas.

Anaximandro fue el primero en dibujar un mapamundi en base a la teoría de la esfera, que corroboraría Eratóstenes en sus mediciones del siglo III a.C., e incluso Alejandro Magno, con su proyecto de expandir la polis fundado en rodear el mapamundi de Anaximandro, o posteriormente el viaje de Cristóbal Colón o la primera «globalización» de Juan Sebastián Elcano, inconcebibles sin los mapamundis de Pomponio Mela o Ptolomeo, señalaban que la ciencia, la Geometría en este caso, no era algo ajeno a la práctica.

Y es que en realidad estas cuestiones técnicas ya son cuestiones tecnológicas. La tecnología, a diferencia de la técnica, implica la ciencia. Un canto rodado pulimentado, tal como el hacha de sílex, es resultado de una técnica que implica una normatividad institucional, pero un misil atómico necesita de teoremas y principios científicos, tales como la Ley de la Gravedad de la Física.

La ciencia, por lo tanto, se relaciona con la tecnología como respuesta a determinados conflictos producidos en el orden tecnológico. Como ejemplo ajustado al período clásico hemos de citar el problema de la inconmensurabilidad de la diagonal del cuadrado. Planteado por los pitagóricos a nivel de mensurabilidad práctica (su proyecto de aritmetizar el universo quedaba así varado), solo puede resolverse a partir de la ampliación del campo de los números, de los naturales a los reales, en el contexto de la ciencia matemática.

Las relaciones entre ciencia y tecnología son indisolubles: la tecnología se transforma con el desarrollo de las ciencias, y las propias tecnologías influyen en la formación de nuevas ciencias y la transformación del mundo.

Así, la concepción de la tecnología como elemento transformador del mundo empezará a gestarse con la concepción medieval de un mundo creado por Dios, que pondrá las bases para lo que conocemos como «inversión teológica», de tal modo que no será Dios «aquello de lo que se habla», sino que pasará a ser «aquello desde lo que se habla», asumiendo el hombre su papel como transformador del mundo que le rodea.

Así, la «inversión teológica» condujo al descubrimiento de América en 1492 a cargo de Cristóbal Colón, pues ya en el siglo XV la proliferación de mapamundis inspirados en Ptolomeo y Pomponio Mela indicaban la posibilidad de acortar el trayecto desde Europa hasta Asia avanzando de frente y no rodeando la costa africana, especulaciones que encontraron base práctica en un instrumento tecnológico ya diseñado por Eratóstenes, la esfera armilar, cuyo diseño se basa en la esfericidad terrestre y su representación a pequeña escala.

De esta manera se producirá el descubrimiento de un nuevo continente, América, que no era un mero desvelamiento, sino que alteraba por completo el conocimiento del mundo que hasta entonces se había sostenido.

En resumen, el problema de los estudios denominados bajo la rúbrica «Ciencia, Tecnología y Sociedad» es que, desde esa artificiosa distinción entre una «tradición humanista» y una «tradición ingenieril» ocultan en realidad una posición tecnocrática en la que la tecnología es el único conocimiento válido realmente.

Se trata, en definitiva, de una versión remozada del fundamentalismo científico, es decir, aquella visión que considera a la ciencia el único motor del desarrollo de una humanidad no menos metafísica que sus propias concepciones sobre la tecnología.

 

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