4 min. de lectura

 

Para nuestra fortuna, la profesión de investigador científico ha dejado de ser rara. Tal vez no aún en todos los países en vías de desarrollo, pero ciertamente sí en los desarrollados. En los lugares que han apostado a la ciencia, es normal que una fracción de los profesionales universitarios graduados cada año siga el camino de la academia o la investigación industrial.

Entonces, cualquiera sea el área de la ciencia que elijamos, es probable que haya cientos -o miles- de investigadores esparcidos por el mundo que trabajan en ella.

Con los grandes números, vienen los grandes desvíos

Sin importar el área considerada, por una simple cuestión de chances y de cantidades, es casi seguro que en ella habrá gente que no entiende o no practica plenamente los principios de la ciencia.

Es natural que algún compromiso entre calidad y cantidad de investigadores sea lo que nos permita avanzar más rápido en términos tecnológicos y como sociedad global. La existencia de algunos investigadores que son traidores a los principios científicos es un costo que pagamos a cambio del beneficio de una mayor cantidad de científicos.

Algunos de esos traidores tendrán habilidades que les permitirán escalar hasta niveles de influencia. Así que no debemos extrañarnos del todo cuando alguien que ocupó en algún momento un cargo de importancia en investigación científica revela su faceta conspiranoica, anticientífica o irresponsable.

De hecho, otra consecuencia de la universalización de la profesión del investigador en ciencias es el relativo anonimato. La mecánica actual de la ciencia se parece más a la labor de una colonia de hormigas (en la que cada científico aporta un grano de arena como una obrera más de la colonia) que a una colección de hazañas épicas de descubrimiento por parte de algunos héroes.

Tal vez sea solo mi impresión, pero el tipo de traición que estamos considerando parece ocurrir con mayor frecuencia en los ególatras, quienes son -además- los que más resienten trabajar en el cuasianonimato de la mecánica moderna de la ciencia.

La combinación explosiva de egolatría y traición a los principios científicos parece terminar indefectiblemente en la búsqueda de algún tipo de gloria personal, económica o al menos en términos de fama.

No debe sorprendernos entonces que veamos a profesionales de la investigación -en ciencias afines a la salud- aprovechar en esta pandemia su chance de tener 15 minutos de fama haciendo declaraciones temerarias, desinformando o recomendando tratamientos que no constan con el aval que la aplicación escrupulosa de los principios de la ciencia demanda.

Recae, entonces, en todos nosotros, pero especialmente en los formadores de opinión, la responsabilidad de identificar el comportamiento peligroso de los ególatras traidores. Y de exigir las verificaciones necesarias cuando nos encontramos con afirmaciones que parecen “excéntricas”, temerarias, o que simplemente no hemos escuchado en ningún otro lugar serio.

Señales de alerta

Para identificar a estos traidores, dos señales de alerta serán de vital importancia. Primero, van a apelar a la autoridad. Se presentarán como las grandes eminencias y exigirán que les creamos porque ellos entienden del tema y ellos nos lo dicen, y no porque haya toda una comunidad de científicos que ha construido y constatado las afirmaciones que nos presentan.

Cualquier científico serio sabe que él es uno más de los muchos que aportan a su área y que el conocimiento no se respalda en la supuesta excepcionalidad de su persona sino en la fortaleza de la comunidad científica y en el afán de sus integrantes por verificar los trabajos propios y los de los otros. Además, distinguirá muy escrupulosamente entre los hechos constatados y sus especulaciones personales.

Como segunda señal de alerta, veremos que harán sus declaraciones “excéntricas” en foros que no están repletos de especialistas de su mismo o mayor nivel. Harán grandes afirmaciones en la prensa, ante el Senado de la Nación o grabarán videos para su consumo en las redes sociales.

Es común que, en estos espacios, quieran validar su opinión como la que importa porque ellos son los que atendieron pacientes, o los que dirigieron un hospital o un proyecto. Cualquier cosa menos el respaldo de una comunidad que hace rigurosos controles cruzados de las conclusiones, como se espera de los científicos serios.

Es sumamente importante que los profesionales de la información pública sepan reconocer estas señales de alerta y sepan cómo cuestionar a los científicos que las presentan, de manera a confirmar si están frente a un traidor de la ciencia. Además, que, habiendo constatado las limitaciones de su interlocutor, sepan cómo dejarlas en claro ante la opinión pública.

La mecánica actual de la ciencia se parece más a la labor de una colonia de hormigas que a una colección de hazañas épicas de algunos héroes o heroínas. (Foto de Daniel Charbonneau/Universidad de Arizona)

Algunas reglas simples pueden ayudarnos

Ante declaraciones sorprendentes, distintas a todas las orientaciones oficiales de organismos competentes, debe siempre exigirse la evidencia. Si no se nos cita un estudio concreto, hay que pedir que se provean las referencias.

Si no se tiene un estudio que apoye sus afirmaciones, hay que exigir que se aclare que se trata de una especulación personal. Además, si se tienen estudios sobre el tema hay que consultar si la comunidad científica ha considerado a ese estudio (o esos estudios) como evidencia suficiente.

Si se plantean medidas específicas para la salud pública que no están avaladas por entes reguladores o agencias de vigilancia, hay que preguntar por qué no es ese el caso. Al fin de cuentas, si la persona realmente tiene la evidencia que justifica un cambio de políticas públicas, pues nada debería impedirle que se presente ante el foro de especialistas correspondiente y luego de exponer sus argumentos, si estos realmente tienen la fuerza que ellos dicen que tienen, recibir el aplauso de sus colegas por haber salvado el día con su brillante intelecto.

Aquí llegamos al punto clave. Si la persona dice tener evidencia contundente, al punto de arriesgarse a dar recomendaciones públicas sobre el tema y si, además, no tiene una buena explicación para no presentarla ante los expertos en vez de presentársela al público general, usualmente solo le queda alguna excusa poco creíble como argumentar “falta de tiempo” (tanta falta que no puede salvar al mundo pero sí puede desperdiciarlo hablando con el público general), o esgrimir alguna teoría conspiranoica. Cuando esto ocurre, confirmamos que estamos frente a un ególatra traidor.

Confrontados con la exigencia de que presenten sus afirmaciones a sus pares, solo pueden decir que no quieren hacerlo o que, si lo hacen, sus pares no les escucharán porque están todos confabulados en un maligno complot del cual solo podemos escapar escuchándole a él o ella, quien humildemente se autoproclamó mesías de la TV de media mañana, o del video viral, portador/a de la única verdad y único/a profesional de ese nivel no complotado/a con las mafias malvadas que gobiernan el mundo.

Los conspiranoicos y desinformantes juegan con ventaja

Ellos apelan a nuestro deseo de sentirnos especiales al contarnos un cuento que, si nos lo creemos, nos hará sentir parte de un selecto grupo de iluminados que supuestamente saben más que todos los expertos reunidos en las agencias reguladoras. En ocasiones incluso nos quieren convencer de que los grandes problemas de nuestro tiempo no existen, y que podemos ignorarlos tranquilamente.

En ese terreno desnivelado por la emoción humana, se juega un partido entre información y desinformación. Jugando con tal desventaja, no podemos darnos el lujo de que los profesionales de la información sean deslumbrados por traidores de la ciencia.

 

¿Qué te pareció este artículo?

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (44 votos, promedio: 4,68 de 5)
Compartir artículo:

3 Comentarios

  1. «Si se plantean medidas específicas para la salud pública que no están avaladas por entes reguladores o agencias de vigilancia, hay que preguntar por qué no es ese el caso.»
    Te apoyo en todo solo que hoy los supuestos verdaderos científicos están apoyando una vacuna que tiene el mismo problema que la cita anterior

  2. En la ciencia que conozco, que es la física, los avances teóricos en general son realizados en forma individual, por el o los genios de la época. Esto fue la tónica en el pasado y lo sigue siendo en la actualidad. Los avances experimentales, que en muchos casos implican el uso de equipos y máquinas muy complicadas los avances son casi colectivos, pero en general sus trabajos son más conocidos cuando verifican las ideas de un físico teórico.

  3. Opino que esta cultura de trabajo científico es más compatible con un desarrollo humano integral de quienes hacen investigación. Abre a la posibilidad de tener una calidad de vida más allá del oficio. Hacen de las investigaciones emprendimientos que integran capacidades diversas. Una de las ventajas es que reducen el tiempo de aprendizaje requerido para lograr los objetivos ya que el tiempo de vida requerido para cubrir el conocimiento exigido para ciertos problemas exceden el tiempo de vida de un individuo. Además, explota una de las cualidades humanas que se supone esta bien desarrollada, la cooperación.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here