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La lactosa es un tipo de azúcar que se encuentra en la leche y en sus productos derivados. La intolerancia a la lactosa es la incapacidad del organismo para digerir este azúcar. Para lograrlo, el organismo necesita una enzima denominada lactasa. Por medio de la lactasa, el organismo rompe la lactosa en dos segmentos, uno de glucosa y otro de galactosa, que pueden ser aprovechados por el cuerpo.

Cuando la lactasa no está presente en cantidades suficientes, el organismo no consigue digerir la lactosa y el individuo es intolerante a ella, lo que ocasiona problemas gástricos característicos: gases, distensión abdominal, diarrea y/o náuseas.

Los bebés producen normalmente la lactasa de manera abundante, por lo que no tienen problemas para digerir la lactosa. Sin embargo, con el tiempo, pueden perder la capacidad de producir esta enzima, y es ahí donde se presenta la intolerancia a la lactosa.

El consumo de la leche en la historia humana

Por mucho tiempo en la historia de nuestra especie, la digestión de la leche fue imposible para los humanos adultos debido a la ausencia de la lactasa en el organismo adulto.

Una teoría postula que la evolución favoreció la pérdida de la capacidad de producir lactasa para que los niños (una vez independientes) abandonaran el pecho para comer como el resto de la tribu y dejarlo libre para nuevos bebés.

Sabemos que hace unos pocos milenios los europeos empezaron a consumir productos lácteos. Además, en un momento de la historia humana, se produjo una mutación genética denominada persistencia de la lactasa, que permitió la producción de la lactasa incluso después del destete.

Debido a esos dos acontecimientos, surgió la idea de que el consumo de leche y la persistencia de la lactasa iban de la mano. De hecho, se consideraba a este acontecimiento como uno de los mayores ejemplos de convergencia evolutiva.

Un hallazgo pone en duda la teoría

historia del consumo humano de la leche
Los humanos consumimos leche ampliamente desde hace unos 9.000 años (Foto: Wikimedia).

Sin embargo, un estudio reciente publicado en la revista Nature, el mayor en el tema realizado hasta la fecha, muestra que, en realidad, no hubo tal convergencia, y que los humanos consumieron leche mucho antes de que pudieran digerirla.

El hallazgo se produjo mediante el trabajo conjunto de un gran número de investigadores de distintas áreas que se abocaron a esa tarea. La investigación hizo posible la elaboración de un mapa de la leche de Europa. Para esto, se analizaron las cerámicas con restos de lácteos y el ADN antiguo de centenares de humanos prehistóricos.

Un gran equipo de investigadores analizó unos 7.000 residuos de grasa animal orgánica procedentes de 13.181 fragmentos de cerámica de 554 yacimientos arqueológicos. Con esto, el objetivo era averiguar dónde y cuándo se consumía leche.

El resultado del análisis evidenció que, en la prehistoria europea, la leche se utilizó ampliamente desde hace unos 9.000 años.

Estos resultados se compararon con los de los estudios de la evolución de la persistencia de la lactasa. Para esto, el equipo de investigadores reunió una base de datos de la presencia o ausencia de la variante genética de la persistencia de la lactasa, utilizando secuencias publicadas de ADN antiguo de más de 1.700 individuos prehistóricos europeos y asiáticos. La expectiva era que el rasgo genético de la persistencia de la lactasa haya aparecido también hace 9.000 años o aproximadamente. Sin embargo, para sorpresa de los investigadores, no fue así.

La presencia de estos alelos fue detectada por primera vez hace unos 5.000 años y, según Richard Evershed, director del estudio de la Facultad de Química de Bristol, hace 3.000 años ya era apreciable la frecuencia con la que el gen se encontraba en la población (frecuencia alélica apreciable). Esto significa que estos antepasados ya consumían leche 6.000 años antes de que pudieran digerirla (es decir, de que tengan el gen que produce la lactasa).

Según el profesor Davey Smith, uno de los colaboradores del gran proyecto, la investigación mostró que no había relación alguna entre la persistencia de la lactasa y el inicio del consumo de leche, lo que pone en duda la idea manejada durante mucho tiempo, de que “la extensión del uso de la leche impulsaba la evolución de la persistencia de la lactasa”.

¿Qué, entonces, impulsó la persistencia de la lactasa?

Los autores proponen una hipótesis que podría ser un tanto aventurada al analizar distintos asentamientos humanos.

Las personas consumían la lactosa pese a que no podían digerirla y a que probablemente les generaba molestias digestivas, pero cuando las condiciones no eran favorables para la población, como hambrunas o la presencia de patógenos en la población, la ausencia de la lactasa en los individuos adultos era una desventaja evolutiva.

Esto debido a que, además de no estar bien nutridos o tal vez afectados por patógenos, eran susceptibles a la diarrea. Los intolerantes a la lactosa estaban más predispuestos a la muerte, y se seleccionaba entonces (genéticamente) poco a poco la tolerancia a la lactosa. Esto impulsó la persistencia de la lactasa en la Europa prehistórica, según los investigadores.

Estos observaron que “las fluctuaciones de la población, la densidad de los asentamientos y la explotación de animales salvajes brindan mejores explicaciones de la selección de persistencia de la lactasa que el alcance de la explotación de la leche”.

Los hallazgos de este trabajo y las conjeturas que resultaron de los mismos invitan a explorar más profundamente este tópico paradigmático en la comprensión de la evolución humana.

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Columnista y editora científica de Ciencia del Sur. MSc y PhD en Biología Parasitaria con énfasis en Biología Molecular aplicada a microorganismos por el Instituto Osvaldo Cruz (Fiocruz) de Río de Janeiro, Brasil. Fabiola obtuvo su licenciatura en Biología de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas de la Universidad Nacional de Asunción.

Realizó un posdoctorado en la Universidad de Bath (Inglaterra) y es colaboradora externa del Centro para el Desarrollo de la Investigación Cientifica.

Actualmente es Research Assistant en el Instituto Sanger de Cambridge, Reino Unido.

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