Una parte de la sede de la Asociación Nacional Republicana, el partido de gobierno, fue quemada durante las protestas. (Captura C9N)
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Paraguay experimenta en marzo de 2021 una serie de protestas ciudadanas que exigen la salida del presidente del país, Mario Abdo Benítez (ANR), en medio de uno de los peores momentos de la pandemia de la COVID-19. En este contexto, ¿pueden aportar la labor de intelectuales e investigadores paraguayos?

Definitivamente, los intelectuales (como cuerpo) del siglo XIX son muy diferentes con respecto a los de nuestro tiempo. Pero todavía se mantienen ciertas características. Parece una obviedad, pero tenemos que conceptualizar que el intelectual es la persona que se dedica a estudiar, reflexionar y criticar hechos, eventos, artículos o investigaciones de la sociedad y que tiene por fin difundir sus ideas.

Aquí entran escritores, poetas, ensayistas, dramaturgos, filósofos, literatos, periodistas y otras profesiones. Mientras que el investigador científico es el que desempeña su trabajo en la producción, descubrimiento, aportación o reformulación del conocimiento verificado y validado. Y puede ser de las ingenierías, ciencias naturales, ciencias médicas, ciencias sociales, humanidades, ciencias formales, etc.

Uno de los literatos que más interés le dio al estudio del trabajo del intelectual es el escritor y poeta Victorio Suárez, exprofesor de la carrera de letras, en la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Que además de tener una licenciatura en historia trabajó en el departamento de investigación de la Facultad de Filosofía de la UNA.

Entre sus decenas de libros, Proceso de la literatura paraguaya 2015 (ya en su cuarta edición), es el que ofrece no solo la visión analítica del autor, sino también la diversidad de posturas sobre el trabajo que hacen los intelectuales en general y los escritores en especial.

Una de las tesis de esa obra es que la mayoría de los escritores coincide en que la cultura stronista era básicamente la barbarie y que el Estado paraguayo tenía la política de ahogar, encarcelar y asesinar los deseos de liberación de la población paraguaya. El carácter totalitario no está en discusión.

Suárez reconoce que durante el inicio de la democracia, la institucionalidad y la participación ciudadana configuraron la época. Empero, que la cultura autoritaria continuó y se mantuvo firme tratando de ningunear a la sociedad. En el libro aparecen pensamientos de autoras y autores muy diferentes, desde Augusto Roa Bastos, pasando por Josefina Plá, Chiquita Barreto o Lita Pérez Cáceres hasta Rubén Bareiro Saguier, Guido Rodríguez Alcalá o Maribel Barreto.

Pero nos centraremos en dos. Según el escritor Sebastián Ocampos, que forma parte de las nuevas generaciones, “una de las muchas barbaridades de la dictadura stronista fue haber aniquilado la gravitación de los intelectuales en la sociedad paraguaya”. El autor propone, por ejemplo, que los escritores realmente se organicen para defender sus derechos y llevar “adelante sus proyectos de dignificación”.

Otro de los autores es Bernardo Neri Farina. Este escritor ve en general más acción que pensamiento en las revoluciones o levantamientos, lo que permitiría convivencias incivilizadas o carentes de valores humanos. “El trabajo intelectual sustenta la cultura, y la cultura, a su vez, hace sostenible el desarrollo de las sociedades. No puede haber sociedad, por más crecimiento económico que le brinde alguna coyuntura, que alcance el desarrollo pleno en medio de la ignorancia individual y colectiva”, según el periodista y también miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española.

En «Representaciones del intelectual», el escritor Edward W. Said alerta que el sometimiento mudo a la autoridad en el mundo de hoy es una de las mayores amenazas para una vida intelectual activa y moral. El ejercicio del pensamiento libre exige independencia.

Para este autor, es el o la intelectual la persona que debe elegir entre representar activamente la verdad de la mejor manera posible y permitir pasivamente que le dirijan un amo o una autoridad. Pero –aclara- para el intelectual laico estos últimos dioses siempre defraudan.

El trabajo de los y las intelectuales todavía exige autonomía, responsabilidad, rigurosidad, criterio y absoluta libertad.

La comunidad científica paraguaya

Científicos militantes
Marcha por la Ciencia tuvo su foco central en los Estados Unidos, en 2017. (March for Science)

En 2017, por primera vez se hacía en Estados Unidos y otros países “La marcha por la ciencia”. En respuesta a las políticas anticientíficas elaboradas por la presidencia de Donald Trump. En Asunción no hubo evento relacionado a este movimiento internacional.

Semanas después, en su artículo “¿Científicos militantes?”, el Dr. Antonio Cubilla, investigador y Premio Nacional de Ciencia 2002, describía el acontecimiento y aseguraba “que la comunidad científica ha trabajado en silencio en sus laboratorios, pretendiendo mínima interferencia para su actividad creativa o empírica que habitualmente requieren de alta concentración y silencio”. 

“Tradicionalmente, la comunidad científica ha trabajado en silencio en sus laboratorios, pretendiendo mínima interferencia para su actividad creativa o empírica que habitualmente requieren de alta concentración y silencio. Si bien los científicos han expresado de manera individual sus inclinaciones políticas, religiosas o deportivas, raras veces lo han hecho de manera colectiva y pública”, indicaba.

Pero en diciembre de 2019, la historia cambió en Paraguay. Los investigadores de varias áreas decidieron conglomerarse y manifestar su repudio a la terna propuesta para presidir el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Alrededor de 70 científicos exigieron que el CONACYT sea presidido por alguien proveniente del mundo de las ciencias. Aunque tuvo apoyo general esta convocatoria, finalmente el presidente Mario Abdo Benítez desoyó a los investigadores.

La ciencia en Paraguay todavía está en sus inicios y la inversión sigue siendo paupérrima. Además, hay investigadores locales que publican en revistas depredadoras, asisten a congresos depredadores y no aportan realmente al conocimiento. También existen profesores que roban trabajos a sus estudiantes en las universidades o investigadores que plagian tesis.

Hay impostores, impostoras y aprovechadores en la ciencia paraguaya. La propia comunidad debería apartar a este gente, que contribuye a tener una visión negativa de los que hacen investigación. Pero el problema principal es el propio CONACYT, que ejecuta las políticas científicas y se autoevalúa, porque no está conformado mayoritariamente por investigadores o gente del mundo científico.

Aún así, se ha avanzado, gracias a propuestas como el PRONII o ProCiencia, o a diferentes fondos, públicos y privados, que promueven investigaciones en universidades, institutos y centros de investigación.

En un contexto como el actual, los investigadores paraguayos podrían difundir más sus trabajos en los campos como la ciencia política, la sociología, la antropología, la economía y la filosofía, entre otros. Podrían también someter sus tesis al escrutinio crítico y objetivo de sus colegas o de otros investigadores, validar o refutar sus trabajos, en base a la evidencia disponible.

Los de los campos de las ciencias biomédicas e ingenierías pueden ponerse al servicio de la sociedad, comunicando mejor sus avances en las diferentes investigaciones que están haciendo sobre la COVID-19. Ciencia del Sur y otros medios intentan promover artículos y materiales basados en evidencia desde el año pasado. Pero todavía son insuficientes.

El poder de los actores

manifestación por la ciencia en paraguay
En diciembre de 2019, investigadores de varias áreas e instituciones se manifestaron por primera vez en Paraguay frente al Conacyt, exigiendo un Consejo con gente idónea. (Ciencia del Sur)

Como cuerpo, tanto los intelectuales como los científicos tienen muy poco poder en el Paraguay de los últimos años. Casi marginal, si se compara –por ejemplo- con personalidades de los medios de comunicación, la política, el deporte, el modelaje y las redes sociales.

Se han dado grandes pasos para mejorar la participación de intelectuales e investigadores, pero son mínimos y al ritmo actual no se podrá pujar para que Paraguay tenga una sociedad y economía del conocimiento para el 2030.

Uno de los ejemplos más claros -que ilustra la poca importancia que tienen los pensadores e investigadores en el Paraguay- fue el fallecimiento del escritor y sociólogo Ramiro Domínguez, a finales de enero de 2018. Ramiro fue un destacado escritor, antropólogo, poeta, abogado y literato, que pudo contribuir en todas esas áreas con rigurosidad, disciplina y mucha dedicación.

Este multifacético intelectual ganó el Premio Nacional de Literatura en 2009. Y no fue atendido en el Instituto de Previsión Social (IPS), evidenciando también las falencias del sistema de seguridad social.

Explicar la realidad no es un trabajo simple y unívoco que se logra con una sola receta o metodología. O con una sola ciencia o área del conocimiento. Exige compromiso, dedicación, minuciosidad y también curiosidad y pasión. Además de honestidad y cierto talento, ya sea en la escritura o en la investigación.

Por ello, no podemos pedir a nuestros intelectuales y científicos paraguayos que se pronuncien o militen todo el tiempo. En sus distintos ámbitos tienen mucho trabajo de antemano. Sin embargo, a veces pueden contribuir de otras maneras.

Por ejemplo, pronunciándose, promoviendo sus trabajos entre la gente que no es universitaria o no conoce el mundo científico o literario o, aunque a muchos les cueste, participar en las redes sociales. Es el momento de hablar y de demostrar que se puede apoyar a la sociedad de diferentes maneras.

En marzo de 2021, además de los procesos políticos, se cometieron torturas y terrorismo de Estado, que podrían repercutir en la vida democrática de los próximos años. No es tarea de la ciencia ni de la intelectualidad local decir cómo tiene que conformarse o establecerse esta sociedad.

No les corresponde ni a los intelectuales ni a los investigadores definir el rumbo del Paraguay, esa es una tarea colectiva y compleja, además de permanente. Pero sí pueden, a través de su escritura y aportes al conocimiento, propulsar debates, criterios, visiones y métodos que nos ayuden a entender qué está pasando y cómo podemos resolver esta crisis.

 

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