Técnicos desinfectan uno de los vagones del Metro de Teherán. Irán es uno de los países más afectados por la pandemia. (Wikicommons)
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Para el Dr. José Manuel Silvero, filósofo e investigador de la Universidad Nacional de Asunción, la filosofía tiene la tarea de revisar certezas y formular ideas realizables en plena pandemia por COVID-19. El también bioeticista asegura que como todo el sistema está en crisis se necesitan replanteamientos.

Constitucionalismo planetario, libertad individual, solidaridad en la emergencia y la importancia de la investigación y de los adelantos tecnológicos figuran en la agenda de la filosofía, según el profesor. Silvero es docente investigador de la UNA e investigador categorizado en el PRONII del Conacyt.

Hasta 2019 lideró la Dirección General de Postgrado y Relaciones Internacionales de la UNA. Fue Delegado Asesor de la UNA ante la Asociación de Universidades del Grupo Montevideo (AUGM). Es docente de posgrado de la UNA y de la Universidad Nacional del Este. Tiene varios libros, artículos y capítulos de libros. Sus líneas de investigación incluyen, entre otras, bioética, estudios culturales, educación y filosofía en el Paraguay.

El también divulgador conversó con Ciencia del Sur acerca del desplazamiento que sufrieron otras enfermedades desde que la COVID-19 acaparó la atención y los recursos y de cómo el Estado se puede replantear su rol, recurriendo incluso a la propia Constitución.

-¿Cuál es el papel de la filosofía en medio de la pandemia?

Hacer preguntas, revisar certezas, dudar y formular ideas realizables (o en parte realizables) e instalar el debate. Hoy más que nunca la humanidad precisa del concurso de las ideas, de las buenas ideas. Desde el rol de la OMS y el paradigma de salud pública que se venía defendiendo; el FMI y su política de financiamiento; la idea de solidaridad internacional.

Todas, absolutamente todas las instituciones y los valores que las sustentan están en crisis. Por ello, se están formulando muchas preguntas que necesariamente deberán ser contestadas ante una realidad y un mundo que cambia semana tras semana.

Por ejemplo, una pregunta que podría enunciarse en el contexto de esta pandemia guarda relación con el valor que le otorgamos a aquellos términos que sustentan filosóficamente nuestra república.

Y me estoy refiriendo a un enunciado cuasi axiomático, principio de justificación que coloca a la política “más allá” de la fría legalidad y que sin embargo, aparece soportando todo el peso de la arquitectura jurídica de nuestro Estado Social de Derecho. En el Art. 1°, segundo párrafo, de la Constitución Nacional (1992) dice claramente:

(…) La República del Paraguay adopta para su gobierno la democracia representativa, participativa y pluralista, fundada en el reconocimiento de la dignidad humana.

¿Dignidad humana como fundamento político? Si esto fuere cierto, ¿hubiésemos permitido décadas de abandono de la salud pública? Si en su momento nos hubiésemos fijado en ese segundo párrafo, las ollas populares no se apurarían en los cientos de asentamientos ni en lugares olvidados que pululan en nuestro país desde hace décadas.

Entonces, hoy vale cuestionarnos con ímpetu si el reconocimiento de la dignidad humana ¿es un deseo y nada más que eso? ¿Es retórica altisonante para adornar un documento o por el contrario es una clara apuesta que garantiza una vida mejor?

Si los valores que sustentan nuestras instituciones no tienen un “correlato fáctico” que garantice el sentido de los mismos, entonces lo más probable es que estamos convocándolos para negarlos.

-¿Están escribiendo los filósofos en este contexto?

Mucho. El asombro es fundamental para los pensadores y al parecer, esta pandemia, sumado al aislamiento, está propiciando el surgimiento de un montón de escritos muy valiosos.

En ese sentido, es interesante el trabajo del profesor argentino Pablo Amadeo, cuyo libro compilatorio; Sopa de Wuhan. Pensamiento Contemporáneo en tiempos de pandemia. ASPO: 2020, recoge los textos de Giorgio Agamben, Slavoj Zizek, Jean Luc Nancy, Byung-Chul Han, Santiago López Petit, María Galindo, Judith Butler, Alain Badiou, Markus Gabriel, Patricia Manrique, Gustavo Yañez González, Franco Bifo Berardi, Paul B. Preciado, Raúl Zibechi y David Harvey.

También está disponible en línea otro trabajo compilatorio Dossier: Filosofía y Coronavirus – Los poderes del Gobierno y la libertad individual, en el mismo se destaca una discusión muy enriquecedora entre Jean-Luc Nancy, Roberto Espósito y Giorgio Agamben.

Por su parte, la prestigiosa revista española El Catoblepas, de la escuela del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, dedica íntegramente el número 191 a la pandemia.

Sin embargo, hay una gran variedad de textos y voces dispersas como los escritos de Yuval Harari, las predicciones de Boaventura de Sousa Santos, las reflexiones de Adela cortina, Néstor García Canclini, Jhon Gray, entre otros y una cantidad importante de entrevistas; Enrique Dusell, Eric Sadin, Javier Gomá, Nuccio Ordine, Alain Touraine, José Ignacio Latorre, Amin Maalouf, Fernando Savater por citar algunos. Hay muchos más.

Así también, la circunstancia ha hecho posible que sobresalgan iniciativas filosóficas muy esperanzadoras como la del “constitucionalismo planetario” defendido por el filósofo italiano Luigi Ferrajoli.

Si bien el filósofo ya venía trabajando desde hace un tiempo, la pandemia colocó sus planteamientos en un escaparate. Alrededor de los mismos se están discutiendo conceptos y categorías que al parecer tienen la vocación de ayudar a sustituir, reformular o revisar a profundidad ciertas certezas que según el pensador italiano y, la circunstancia en que nos ha instalado la pandemia, estarían perimidas.

Lo cierto es que temas tan sensibles y diversos como la restricción de la libertad individual, el valor de la solidaridad, la importancia de la tecnología (IA, I+D), el futuro de la hiperglobalización, el retorno a los rigores de los estados nacionales o la apertura a una conciencia planetaria, la importancia del equilibrio medioambiental, entre otros, están al orden día en la agenda filosófica de este tiempo de crisis.

Sopa de Wuhan ASPO

 

-¿Trabajó o estudió usted algunas ideas en torno a las pandemias o situaciones de emergencia?

En mi libro Suciedad, cuerpo y civilización. (Asunción: UNA, 2014) de manera muy sumaria abordé el arribo de la peste bubónica en 1899. Curiosamente, nuestro país, a pesar de no contarse con pruebas fehacientes, se convirtió en aquel entonces en el principal sospechoso de la región.

Corrieron varias versiones acerca del origen de la peste, pero nuestro país, recién salido de una terrible guerra, fue el blanco perfecto de las críticas y todo tipo de prejuicios que a su vez dio paso a un estricto control y vigilancia absoluta.

Lo cierto es que la epidemia de la peste bubónica se habría iniciado en Hong Kong en 1894 y se diseminó a través de las rutas marítimas. Según se ha comprobado luego, su ingreso al continente sudamericano se dio en abril de 1899 con la llegada a Montevideo (Uruguay) del velero holandés Zeir, proveniente de Rotterdam, que llevaba un cargamento de arroz de la India.

Durante el viaje y al paso por las Islas Canarias se encontraron ratas muertas en el velero y, posteriormente, dos marineros murieron infectados, probablemente por peste. En Montevideo, el cargamento fue transferido al barco de vapor argentino Centauro, el cual partió el 19 de abril del mismo año, atravesando el puerto de Buenos Aires, La Plata y el río Paraguay (viaje durante el cual, también se advirtió la presencia de ratas muertas a bordo), para llegar finalmente a Asunción el 26 de abril.

Dos días después y el 1° y el 4 de mayo, se documentó la muerte de tres marineros del barco argentino con diagnóstico presuntivo de neumonía aguda, fiebre tifoidea y pleuritis, respectivamente.

Un dato importante que evidencia la “mancha” instalada sobre el país es el comportamiento de Léon Charles Albert Calmette. Este afamado científico francés, quien participó en el desarrollo del primer suero inmunizante contra la peste bubónica, recurrió en aquel entonces a un grosero eufemismo a la hora de enfrentarse a alguna pestilencia desconocida utilizando el nombre de “plaga paraguaya”.

Lo cierto es que el Paraguay en aquellos años sufrió una importante reducción comercial a raíz de la rigurosa cuarentena a la que fue sometido. En aquel entonces, la epidemia mató alrededor de 15 millones de personas en todo el mundo.

Imagen que muestra a guardas sanitarios en la ciudad de Villarrica, incluida en el Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana, en 1955. (Archivo Dr. Manuel Silvero)

-¿El lenguaje belicista que predomina en el contexto de esta pandemia le sorprende? ¿Es algo nuevo o le parece necesario?

No es algo nuevo. Mirando la historia de la salud pública de la región, podemos ver que se ha recurrido a un lenguaje análogo en varios momentos. Por ejemplo, bajo el auspicio de la poderosa Fundación Rockefeller se animó en varios momentos la lucha contra la anquilostomiasis aquí en nuestro país.

Así fue que allá por 1917 se creó el Consejo Nacional de Higiene e inmediatamente se preparó una campaña a nivel nacional con el propósito de contrarrestar el mal de la uncinaria. Ante un nuevo fracaso en la lucha contra el enemigo, en este caso el py sevo‛i, se formaron entonces los primeros guardas sanitarios, quienes procedieron a la medicación casa por casa.

Estos guardas vestían traje kaki de montar, gorras con cruz verde, montados (caballo) y arreos completos. Se les instruyó y comenzaron a pegar carteles a fin de despertar el interés de la población y también sostener y animar la lucha contra el enemigo. En el marco de las actuaciones de estos guardas sanitarios, era muy usual la utilización de conceptos propios de la milicia como; “intervención”, “campañas”, “lucha frontal”, “combate”, etc.

Estas campañas se han centrado exclusivamente en la medicalización, descuidando por completo el aspecto más importante para lograr resultados satisfactorios, esto es, el saneamiento de las viviendas.

Llamativamente, la idea de que el mal endémico fuese producto de condiciones de pobreza ligadas a factores varios como la ausencia de políticas públicas que ayuden a consolidar criterios como la gestión responsable de aguas negras y de excretas y así fortalecer las condiciones sanitarias de los más humildes, se encontraba totalmente ausente del “discurso belicista” de aquel entonces.

-¿El rol de la Policía Nacional en esta pandemia se está adecuando a derecho?

Es en el siglo XVIII, probablemente, que la Policía como institución se define y fortalece en función al crecimiento de las grandes urbes europeas, especialmente, y todo lo que ella llegó significar en términos prácticos operativos. Entonces, había en aquel entonces, tres acepciones para definir el rol de la Policía; Una cuestión política consistente en mantener el buen orden en las ciudades, haciendo que se obedezcan las leyes y los decretos.

La cuestión moral, que se traducía en la vigilancia de las costumbres asegurando que la cortesía y la urbanidad sean las constantes en el trato y por último, la cuestión sanitaria, velar por el cuidado y aseo de los espacios y los objetos. Pero a partir de mediados del siglo XVIII, en pleno auge del higienismo, la policía llegó a tener un rol muy ligado a las políticas sanitarias, así, surge la figura de la policía médica donde la vigilancia de cuerpos, lugares y focos de infección, eran la constante.

El objetivo de la policía médica era por un lado, evitar la propagación de alguna enfermedad de sectores periféricos hacia otros espacios y al mismo tiempo, transformar los cuerpos de los pobres en obreros más aptos para el trabajo y finalmente evitar que los mismos representen algún tipo de peligro para los ricos. Sin embargo, el tránsito del higienismo al sanitarismo cambió toda esta visión y acción programática.

Hoy día es inconcebible y repugnante que la Policía, en pleno siglo XXI, actúe persiguiendo, torturando y humillando a un estrato específico de la sociedad, tal como lo hacían los higienistas en el siglo XVIII. Esos actos no forman parte de una estrategia válida para asegurar una lucha contra un “enemigo invisible”. Esas inconductas revisten de tal gravedad que las consecuencias jurídicas son importantes.

Dr. José Manuel Silvero, investigador de la Universidad Nacional de Asunción. (Foto Diego Peralbo)

-El control de los cuerpos es fundamental en este contexto.

Correcto. Foucault ha demostrado que Occidente no tuvo más que dos grandes modelos de control de cuerpos; por un lado, la exclusión del leproso; y por el otro, el modelo de inclusión del apestado. Al leproso se le expulsa (exclusión) hacia la periferia a fin de purificarse. Pero al apestado, se le “atrapa” (inclusión), “sujeta”, “confina”, se le fija en un lugar y se le asigna y marca un espacio.

¿Cómo se está dando el debate bioético en torno a la COVID-19?

Más que debate creo que los bioeticistas -desde las comisiones nacionales de bioética y los comités de ética y bioética de los hospitales de todo del mundo- están abocados a la tarea de alistar las herramientas que pudieran ayudar en estos momentos críticos.

Por ejemplo, la Redbioética/UNESCO aglutina a bioeticistas de América Latina y del Caribe, ante esta pandemia, pone a disposición en su web una serie de documentos, reflexiones y hasta un curso donde el COVID-19 es el tema central.

Ahora bien, es verdad que los casos dilemáticos abundan en estas circunstancias y muy especialmente ante una sanidad pública (a nivel mundial) desmantelada y precarizada durante décadas.

Ante la escasez de respiradores (o la puja por adquirirlos) o unidades de terapia intensiva, se debe deliberar y establecer criterios racionales para así justificar la priorización (atender y/o salvar) de una vida. Decidir a quién salvar no es poca cosa. ¿Se salvarán los más jóvenes y no así los ancianos, los discapacitados o los más débiles?

Asimismo, utilizar tratamientos que aún no han sido probados puede tener consecuencias no deseadas y por supuesto, generar una crisis política sin precedentes. ¿Ocurrirá en los países donde sus líderes llegaron a anunciar la efectividad de alguna droga?

La urgencia por encontrar un tratamiento eficiente o en el mejor de los casos, una vacuna, eventualmente podría hacer que se relajen ciertos controles y se opte por simplificar los procedimientos y pruebas en menoscabo de ciertas pautas éticas imprescindibles.

Por otro lado, los profesionales de blanco que deben cuidar su salud ante la evidencia y certeza de que los equipos de bioseguridad escasean se enfrentan al drama de curar exponiéndose al contagio. Por su parte, administrativamente hablando, los hospitales se enfrentan ante el dilema de distribuir equitativamente recursos que históricamente fueron escasos. Y ni hablemos de los casos de necesidad que el sistema de salud cotidianamente presenta.

Una preocupación bioética es cómo el nuevo coronavirus ha acaparado la atención y los recursos en detrimento de otras patologías y enfermedades comunes que aquejan a miles de compatriotas. Son tan variadas las cuestiones bioéticas que la COVID-19 plantea, que desborda el catálogo más amplio o el manual más extenso.

-Si bien es cierto que la ciudadanía tiene una muy buena percepción acerca de la labor de algunas autoridades, sin embargo, también están saltando supuestos casos de corrupción, abusos de poder, legisladores que no respetaron la cuarentena, etc. ¿Qué opinión le merece esto?

Esta pandemia está reformulando rápidamente un sinnúmero de cuestiones políticas, jurídicas y administrativas. Al parecer la presión ciudadana es tal que todo aquel que desvirtuase el verdadero sentido de un Estado Social de Derecho, tendrá que dar cuentas de sus actos o decisiones. Es la hora de los servidores públicos honrados y virtuosos.

Y es que, si los casos de corrupción aumentasen y los sistemas de control se relajasen, la indignación ciudadana podría dar paso a una conmoción social sin precedentes.

Este es el momento en que el Estado, a través de los órganos de gobierno, debe expresar su verdadera razón de ser, en todos los órdenes, y especialmente controlar, cuidar y ennoblecer la labor de sus administradores. El nuevo coronavirus, además de dejar víctimas y recuperados, también está suministrándonos una lección de civismo como nunca antes habíamos recibido.

La tapa del libro del historiador Myron Echenberg sobre la peste bubónica en el periodo 1894-1901. (NYU Press)

-En cuanto a la recuperación económica y la reforma del Estado. ¿Qué futuro inmediato nos aguarda y cuál es el rol de las universidades públicas en este escenario?

Hay tantas versiones de lo podría acontecer dentro de poco, mediano y largo plazo. Y es que esta circunstancia de estar confinados azuza nuestro miedo y legítimamente comenzamos a elucubrar “mundos posibles”. Y lastimosamente, todos esos “mundos posibles” no son muy alentadores.

La realidad de por sí ya es muy dura, en muchos lugares la escasez es la constante y las ayudas estatales están demorando en llegar. Considero que la recuperación económica lo será en la medida en que el diálogo con todos los sectores productivos de paso a estrategias y políticas bien pensadas y con gente honesta haciendo que las mismas se hagan realidad lo antes posible.

Asimismo, es transcendental la participación de los sindicatos, los medianos y pequeños productores, los obreros, los agricultores, campesinos, en fin, un sinnúmero de gente trabajadora que está esperando una salida ante tanta preocupación.

Y las universidades públicas están aportando mucho en este momento crítico y en la pos pandemia también lo deberá hacer. Por un lado, los investigadores, los científicos, técnicos y por supuesto, los profesionales de blanco, grandes y legítimos protagonistas, están trabajando sin descanso.

La mayoría de ellos proceden de la academia, ya sea de gestión pública o privada, entonces, el servicio de las universidades es vital y lo seguirá siendo. Por otro lado, hay miles de estudiantes tanto de grado como de posgrado que siguen estudiando en línea. Es verdad que hay mil detalles por ajustar pero, la educación no puede ni debe parar, hay que seguir recurriendo a todos los medios habidos y por haber.

En otro orden de cosas, el rol de los investigadores de las diferentes áreas es clave, asimismo de aquellos que trabajan en desarrollos tecnológicos inherentes a las necesidades que esta pandemia ha instalado. Todos ellos están y estarán ofreciendo lo mejor de sus trabajos y más que nunca el Estado debe hacer el esfuerzo de brindarles todo el apoyo necesario.

En ese sentido, las iniciativas de los investigadores y las decisiones que el Conacyt ha tomado en el marco de esta pandemia son dignas de mencionar.

Las fake news también están siendo protagonistas. ¿Por qué?

La libertad para expresarnos nunca ha sido tan fácil como estos tiempos de internet y las redes sociales. Millones de noticias se propagan por todo el planeta y algunas alcanzan audiencias tan enormes en cuestión de segundos.

Paradójicamente, en tiempos de nuevos virus también se están viralizando falsedades, mentiras y todo tipo de desvaríos que a veces es hasta difícil de catalogar. ¿Cómo es posible que profesionales universitarios estén compartiendo en sus redes sociales una supuesta cura milagrosa del coronavirus?

Contrastar la información, rastrear y revisar las fuentes, dudar y volver a leer y luego, una vez asegurada su relevancia, autenticidad y pertinencia, entonces, compartir. Este ejercicio escasea. Lo más cómodo es compartir sin revisar fehacientemente el contenido en cuestión. Las palabras, los conceptos y los datos necesitan ser sometidos a una revisión responsable, hacer que franqueen el cedazo de la racionalidad y así garantizar su veracidad.

Falta crítica y sobra velocidad.

El Ministerio de Salud Pública de Paraguay instalará nuevos puestos de testeo rápido para aumentar el número de diagnósticos. Estas pruebas se hacen desde el auto y deben seguir un protocolo especial. (Ministerio de Salud)

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Director de Ciencia del Sur y fundador de la ASINCYT. Estudió filosofía en la Universidad Nacional de Asunción, UNA. Pasó por el programa de Jóvenes Investigadores de la UNA. Tiene diplomados en filosofía medieval y en relaciones internacionales. Condujo los programas de radio El Laboratorio, con temática científica (Ñandutí) y ÁgoraRadio, de filosofía (Ondas Ayvu). Fue periodista, columnista y editor de Ciencia y Tecnología en el diario ABC Color y colaboró con algunas publicaciones internacionales. Fue presidente de la Asociación Paraguaya Racionalista (APRA), secretario del Centro de Difusión e Investigación Astronómica (Cedia) y encargado de cultura científica de la Universidad Iberoamericana (Unibe). Periodista de Ciencia del Año, por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Conacyt -2017. Tiene cinco libros publicados.

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